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Con «The Fin», Park Sye-young vuelve una Corea reunificada una distopía regida por el asco

Jun Satō

La última voluntad de un hombre pez moribundo echa a andar toda la sombría maquinaria del segundo largometraje de Park Sye-young. En «The Fin», el director coreano imagina una península por fin reunificada y enseguida envenenada: su litoral amurallado frente a un mar tóxico y sus trabajos más sucios endosados a una subclase mutante que el Estado prefiere no mirar.

Esa subclase tiene nombre, Omega, y una función: limpiar las aguas arruinadas que la gente común ya no toca. Cuando una funcionaria recién contratada empieza a sospechar de una empleada callada de un cochambroso pesquero de interior, su cacería se vuelve el motor de la cinta y su prueba moral. Park filma la persecución menos como un thriller que como el interrogatorio de la fe que le permite a una sociedad decidir quién cuenta como humano.

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El planteamiento se lee como alegoría porque está armado para eso. El director pone en escena el colapso ecológico y la consolidación política como un mismo acontecimiento y muestra después una burocracia de la exclusión que opera con la repulsión antes que con el argumento. Los Omega son visible, corporalmente otros, y la administración humana trata esa diferencia como una licencia. Los críticos que vieron la cinta en su paso por festivales describieron su motor como «el asco convertido en arma», una polarización impuesta por las vísceras y no por la ley.

La carga ecológica no es un adorno. El mar envenenado y amurallado entrega la imagen más poderosa de la película: una naturaleza vuelta a la vez basurero y cárcel, y los Omega son los cuerpos obligados a habitar esa herida. Park mantiene la metáfora lo bastante flexible como para sostener más de una lectura, desde el abandono climático hasta la forma en que cualquier Estado fabrica una población a la que puede darse el lujo de desgastar.

Llevar ese mundo a la pantalla exigió paciencia. «The Fin» pasó cerca de tres años en posproducción, un trayecto largo para una película que todos sus responsables admiten haber rodado con recursos mínimos. Es un objeto rotundamente internacional: una producción surcoreana de Seesaw Pictures, levantada con la alemana Essential Filmproduktion y el respaldo del Doha Film Institute de Catar, y vendida en el mundo por The Coproduction Office. El diseño de criaturas y las prótesis que convierten a los actores en Omega fueron la apuesta central del presupuesto, y la cinta se apoya en ellas antes que en el espectáculo.

Park no parte de cero. Su ópera prima, «The Fifth Thoracic Vertebra», lo perfiló como un cineasta atraído por los cuerpos en rebelión y por mundos que se pudren a su propio ritmo; «The Fin» lleva esa sensibilidad a un terreno abiertamente político. La reunificación que imagina no es una fantasía de reconciliación, sino una advertencia: una sola Corea que apenas reubicó su crueldad e inventó una nueva casta para que cargue con el costo de sobrevivir.

La imagen acompaña a la política. Park cambia el brillo de neón del cine de género coreano pensado para la exportación por algo más áspero e institucional: salas de espera grises, el amarillo enfermizo de los uniformes de una cuadrilla de trabajo, la penumbra húmeda de un pesquero que también sirve de escondite. La cámara observa en lugar de abalanzarse, y el terror se acumula menos por el sobresalto que por la lenta constatación de lo cotidiana que se volvió la crueldad del sistema.

Yeon Ye-ji interpreta a Mia, la empleada del pesquero cuyo secreto guía la trama, mientras que Kim Pureum es Su-jin, la funcionaria cuya certeza se agria hasta rozar la obsesión. Goh-Woo aparece entre los Omega, con Jeong Young-do, Maeng Joo-one, Moon Hye-in y Woo Seo-yeon para completar un reparto que mantiene la película a escala humana aun cuando su mundo se vuelve monstruoso.

Esa contención es también lo que divide. Los críticos han acercado la cinta a «Black Mirror» y a «Hijos de los hombres» antes que al cine de género coreano maximalista que mejor viaja, y elogiaron su control austero y su rechazo del espectáculo. La atmósfera por encima del dinero, el terror a fuego lento, y para muchos esa sobriedad es justo el punto.

Yeon Ye-ji in a still from The Fin, the 2025 dystopian film by Park Sye-young
Yeon Ye-ji in The Fin (2025)

Lo que esa contención cuesta es claridad. Park escamotea a propósito la iconografía coreana contemporánea que anclaría su mundo, y la abstracción corta en ambos sentidos. El pasado previo al colapso, el origen de los Omega y la geopolítica más allá del muro quedan fragmentarios de manera deliberada, y quien quiera que le expliquen sus distopías saldrá con preguntas que la película no piensa responder. Si esa opacidad es disciplina o evasión es el debate que «The Fin» plantea sin cerrarlo. La película pide ser sentida más que comprendida, una exigencia que no todos los públicos van a aceptar.

Desde su estreno mundial a concurso en la sección Cineasti del presente del Festival de Locarno, «The Fin» ha recorrido los festivales antes que las salas comerciales, con escalas en Sitges, Sarajevo, el Golden Horse de Taipéi, el Filmfest Hamburg alemán y el Hong Kong Asian Film Festival, donde sí llegó a cartelera. Un estreno comercial amplio en la mayoría de los territorios, México incluido, todavía no se confirma. Por ahora la película pertenece al calendario de festivales y a los espectadores dispuestos a salir al encuentro de una Corea que ahogó su propia conciencia y ahora busca a quién echarle la culpa.

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