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Olivia Wilde sienta a un matrimonio en crisis a la mesa en «La invitación»

Martha Lucas

Un matrimonio que dejó de funcionar hace tiempo invita a cenar a la pareja del piso de arriba, y la noche se convierte en la discusión que los anfitriones llevaban años evitando. Ese es todo el motor de «La invitación», el tercer largometraje de Olivia Wilde como directora: cuatro adultos, un solo departamento, una mesa puesta para la cortesía y armada para el colapso.

Wilde trabaja desde una adaptación y no desde un guion propio, y eso define su esqueleto. «La invitación» es la versión en inglés de «Los vecinos de arriba», la película que Cesc Gay armó a partir de su propia obra de teatro, y ese origen se ve en la construcción: casi en tiempo real, encerrada en un departamento, con casi todo cargado al diálogo y a lo que cuatro personas se niegan a decirse. Es una pieza de cámara antes que una comedia, y la comedia es de la que deja moretón.

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El elenco funciona como una tesis sobre el tono. Wilde y Seth Rogen son Angela y Joe, los anfitriones cuyo matrimonio cuelga de un hilo; Penélope Cruz y Edward Norton entran como Piña y Hawk, los vecinos cuya soltura es ya una provocación. Rogen, lejos de su calidez habitual, tiene que sostener la actitud defensiva de un hombre y no su simpatía, mientras Cruz y Norton aportan el desorden: dos actores capaces de hacer que la buena educación parezca un reto. El conjunto es la idea misma de la película.

Wilde pasó de la comedia juvenil de «Booksmart» a la inquietud de época de «No te preocupes, querida», y aquí vuelve a cerrar el encuadre, cambiando la escala por la proximidad. El guion es de Rashida Jones y Will McCormack, dueños de un oficio en la comedia adulta de relaciones, y su oído para el diálogo encaja con un material que pide jugar el subtexto durante casi toda la duración. Wilde ensayó con su elenco durante semanas antes de un rodaje breve, filmado en orden para que las actuaciones se fueran agriando.

El ADN teatral —un solo set, las unidades de tiempo y lugar— es lo que atrae a una directora hacia un material así y lo que puede derrotarla. En un escenario la forma es natural; en pantalla, una cámara atrapada en un departamento debe hallar el movimiento en los rostros y en la puesta en escena. Filmar en continuidad es un instinto tan teatral como cinematográfico: trata el rodaje como una función y deja que los actores acumulen la historia que sus personajes deben llevar a la mesa.

Lo que la película pone en escena es la etiqueta de una relación larga: los silencios pactados, las bromas que son acusaciones, la manera en que otra pareja se vuelve un espejo que nadie pidió. Los vecinos son menos personajes que catalizadores, ahí para destapar lo que Joe y Angela acordaron no mirar de frente. El original de Gay hallaba su tensión en lo estrictamente doméstico, y la apuesta del remake es que esas presiones de sobremesa sobreviven al inglés sin perder el filo.

La apuesta no está ganada de antemano. Las nuevas versiones de piezas de cámara tan precisas suelen perder la particularidad cultural que hacía cortar al original, y una versión en inglés llena de caras conocidas arriesga cambiar la incomodidad por el brillo de las estrellas. La película tampoco promete resolver lo que plantea: arma una crisis y confía en un gesto final para sostener el sentido, lo que para unos será honestidad y para otros una obra que baja el telón antes del tercer acto.

«La invitación» llegó primero al circuito de festivales, con estreno en Sundance y paso por Boston, San Francisco y Seattle, y reúne un 91 por ciento de críticas positivas en Rotten Tomatoes. Dura 107 minutos y la producen Annapurna Pictures, FilmNation Entertainment y Permut Presentations; A24 la distribuye en Estados Unidos, donde se estrena en salas seleccionadas el 26 de junio. Por ahora no hay fecha de estreno confirmada en cines mexicanos.

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