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El Lobo de Wall Street, el viaje de tres horas de Scorsese sobre la codicia en el que Leonardo DiCaprio te vende la misma mentira que a sus clientes

Veronica Loop

Arranca en plena orgía: un Lamborghini del color de la cocaína, enanos lanzados contra una diana de velcro por deporte, una banda de música y mujeres semidesnudas desfilando por un parqué que ruge como un motín. Jordan Belfort habla directamente a cámara y lo primero que hace es corregir el color de su propio coche, porque la verdad nunca es tan buena como la venta. El lobo de Wall Street dura tres horas y no para ni un segundo: una película sobre el apetito que es ella misma voraz, atracándose de dinero, drogas, carne y ruido hasta dejarte eufórico y un poco mareado.

Belfort (Leonardo DiCaprio) llega a Wall Street como un novato con los ojos como platos y enseguida lo inicia Mark Hanna (Matthew McConaughey), que le explica todo el tinglado entre martinis con un tarareo y unos golpes en el pecho que el personaje de DiCaprio adoptará como un cántico de guerra. El crac del 87 lo deja en la calle; reaparece en un cuchitril de un centro comercial colocando acciones de a céntimo a gente humilde, descubre que puede venderle cualquier cosa a cualquiera y levanta Stratton Oakmont: una fábrica de fraude de inflar y soltar disfrazada de correduría, donde los comerciales son fieras y las comisiones, obscenas.

Scorsese lo dirige como vende Belfort: rápido, gracioso, descarado, adictivo. Le tiende a DiCaprio la cámara para que confiese y corta en cuanto la explicación se vuelve incómoda («pero eso a ti te da igual»). El montaje de Thelma Schoonmaker mantiene toda la bacanal a la carrera, la cámara de Rodrigo Prieto merodea por el parqué como un depredador más y la voz en off, omnipresente, no deja respirar al espectador. La pieza central es comedia física pura —Belfort, paralizado por unos Quaaludes caducados, arrastrando su propio cuerpo muerto por la escalera de un club de campo hasta meterse en un Lamborghini— y DiCaprio la borda con el desparpajo de un payaso del cine mudo.

Y nadie le va a la zaga. El Donnie Azoff de Jonah Hill es un lugarteniente necesitado y de dientes fosforescentes que esnifa lo que sea y se casó con su propia prima; Margot Robbie, en el papel que la presentó al mundo, hace de Naomi una mujer que sabe exactamente cuánto vale y exactamente cuándo se pudre el matrimonio. Alrededor bulle un parqué de comerciales aullando, y el guion de Terence Winter le da a cada uno la cuerda justa. McConaughey desaparece tras dos escenas y, sin embargo, planea sobre toda la película.

El reproche que vuelve una y otra vez es que la película glamuriza la misma codicia que retrata, y la respuesta de Scorsese es negarse a moralizar cuando se espera de él. No hay escena de la abuela estafada, no hay lección bonita; el agente del FBI que por fin acorrala a Belfort vuelve a casa solo en un metro mugriento, el único plano sin glamur en tres horas. La verdadera acusación se guarda para el plano final: Belfort, apenas castigado, renacido como gurú motivacional, pidiéndole a una sala de desconocidos que le vendan un bolígrafo, y la cámara girándose a estudiar sus caras, hambrientas, inclinándose hacia delante, listas para convertirse en él. La película pone el espejo delante del público y le deja decidir.

No es perfecta, y sus defectos son inseparables de su método. Tres horas de escalada cansan, y a propósito; la segunda mitad afloja justo donde el legado de Uno de los nuestros y Casino, del propio Scorsese, anuncia que aflojará, y el dirigirse a cámara y la energía a golpe de canción son un registro que perfeccionó hace décadas, no terreno nuevo. Las víctimas se quedan fuera de campo, abstracciones —y ahí está la intención y también el límite—: la película está tan encerrada en el cráneo de Belfort que el mundo que destroza apenas llega a parecer real.

Y aun así perdura, porque casi nadie más sería capaz de hacer el exceso tan propulsivo y tan divertido sin perder el hilo de asco que corre por debajo. A los setenta y uno Scorsese firmó su película más cinética, DiCaprio dio la interpretación cómica más suelta y más valiente de su carrera, y el resultado es una sátira del hambre estadounidense que no deja de volverse más cierta. El lobo de Wall Street quiere que te lo pases en grande viendo a un hombre salir impune, y que después te des cuenta de que lo hiciste.

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