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Torrente Presidente en Netflix: la sátira española que convierte el populismo en chiste

Liv Altman

Un hombre de lentes espejados apunta con los dos dedos índices a una maraña de micrófonos y sonríe debajo de una pared de afiches rojos con su propia cara bigotona. El cartel dice VOTA; abajo, el nombre de un cantante ya muerto: VIVA EL FARY. José Luis Torrente —el expolicía quebrado, machista y vividor que lleva veinticinco años fracasando en cinco películas— encontró por fin una institución lo bastante vulgar para recibirlo: la boleta electoral.

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Torrente nunca fue del todo un personaje. Desde 1998 funciona como un diagnóstico: el lado más ronco, machista y nostálgico de una España que prefiere reírse de él antes que nombrarlo. Santiago Segura —que escribe, dirige y desaparece bajo la panza de látex y los lentes de aviador— construyó con ese reconocimiento la franquicia de comedia más taquillera de la historia del cine español. La nueva entrega es una sátira política: Torrente funda un partido populista llamado Nox y se lanza a las elecciones. Y aunque el personaje sea español hasta el tuétano, el chiste viaja: cualquiera que haya visto a un hombre fuerte fabricado con un buen eslogan reconoce el molde.

La idea es más filosa de lo que parece. Las películas anteriores eran atracos disfrazados —una estafa en Marbella, un golpe en un casino de un Eurovegas de ficción— que mantenían al grotesco ocupado persiguiendo plata. Ponerlo a hacer campaña lo mete en el único escenario hecho para adular a quien lo mira. Una elección es una máquina para decirle a la gente lo que quiere oír, y Torrente es un tipo sin filtro entre el apetito y la boca. El choque es la película.

Segura lo arma como espectáculo de campaña permanente y no como trama: mítines, primeros planos en el atril, giras, eslóganes y un banquillo de cómicos, cantantes de trap y caras de televisión que hacen del circo que rodea a cualquier candidato. El casting es la firma. Fernando Esteso, veterano del landismo de los setenta, entra como una reliquia de un cine español más viejo e igual de procaz; Carlos Areces y Gabino Diego, fijos de la comedia actual, completan el cuadro. La textura de la cinta es el propio mundo de la fama española convertido en utilería electoral.

Nada de esto pesaría en taquilla si Segura no fuera, él solo, un hecho industrial del cine español. Maneja dos registros a la vez: el familiar y amable de las comedias de Padre no hay más que uno, que llenan salas en Navidad, y el grotesco de Torrente, que es el reverso. Entre los dos abarcan casi todo el cine comercial español, y explican que una sexta entrega de una saga vulgar lograra el mejor estreno nacional en unos quince años. El público no se sorprendió: estaba esperando a Torrente.

Y sin embargo el verdadero tema no es Torrente sino la tradición de la que sale. España sabe reírse del poder desde abajo desde hace mucho. Luis García Berlanga convirtió una cacería en plena campaña en un retrato de la pudrición nacional con La escopeta nacional, y volvió compasivo a un verdugo en El verdugo. Antes, Ramón del Valle-Inclán llamó esperpento a ese espejo deformante: la distorsión deliberada como única manera honesta de retratar a un país deforme. Torrente es esa estirpe sin su coartada literaria y con una banda presidencial al pecho.

Lo que cambió en los doce años desde la última película es el mundo alrededor del chiste. Los primeros Torrente salieron en años de burbuja inmobiliaria, cuando el pelotazo era financiero y la sátira era sobre todo local. Este llega en un ciclo político polarizado, de partidos de irrupción, campaña mediática sin pausa y electores cansados del escándalo, cuando un caudillo fabricado ya no suena a fantasía. Nox es un populismo de feria, exagerado hasta lo inverosímil y, aun así, reconocible en su gramática, en España y fuera de ella. El blanco de la sátira no es el candidato del afiche: es el hambre que lo vuelve posible.

La grosería no sobra; fingir que sí es leer mal la película. Torrente es vulgar a propósito, muchas veces de mal gusto, hecho para ofender, y esa vulgaridad es la herramienta: dice en voz alta lo que la cobertura política educada se calla. No pide que la admiren como a un drama de prestigio. Pide que la reconozcan. Y casi cuatro millones de personas compraron boleto y vieron en el reflejo algo bastante cierto como para reírse.

Si esa risa es alivio o anestesia es la pregunta que la cinta deja abierta a propósito. El punto fijo de la saga siempre fue que Torrente no gana, no se reforma, no aprende nada, y que el país lo sigue acompañando. Un Torrente candidato solo aprieta la tuerca: vuelve igual a una España que cambió a su alrededor. Si una nación se ríe así de sus peores instintos con la banda presidencial puesta, queda preguntarse qué está conteniendo esa risa.

Torrente Presidente se estrenó en los cines de España el 13 de marzo de 2026, distribuida por Sony Pictures; firmó el mayor estreno nacional en unos quince años y se acercó a los cuatro millones de espectadores y a los 30 millones de euros de recaudación. Llega a Netflix el 26 de junio de 2026. Santiago Segura dirige, escribe y protagoniza; el elenco incluye a Fernando Esteso, Gabino Diego, Carlos Areces y Ramón Langa.

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