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Thomas Kail lleva Moana a imagen real y el océano se vuelve la prueba

Jun Satō

Una ola dibujada puede transmitir emoción. Puede crecer a la orden, sostener un color, abrirse como un telón, comportarse menos como agua que como un segundo personaje con intenciones propias. Ese fue el logro silencioso de la película animada: un océano que actuaba. La nueva cinta hereda ese océano y un encargo más difícil, que es representarlo como algo fotográfico y lograr que siga actuando.

El filme conserva la forma del relato. Una joven navegante deja el arrecife de su isla contra los deseos de su familia; un semidiós que alguna vez robó el corazón de una diosa creadora le debe un favor al mundo. Lo que cambia es la superficie. La animación permitía estilizarlo todo a la vez: la piel, la espuma, el azul saturado del mar abierto. La imagen real retira ese permiso. Cada plano debe ahora negociar entre lo real y lo fantástico, y el material promocional sugiere que esa negociación es el proyecto entero.

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Catherine Lagaʻaia, una debutante de ascendencia samoana, asume el papel protagónico y mantiene al personaje dentro de la cultura de la que bebe la historia. Dwayne Johnson regresa como Maui, la única interpretación que pasa directamente desde la animación; ya le prestó su voz al semidiós y se vuelve el puente literal entre las dos versiones. A su alrededor: Rena Owen como la abuela Tala, John Tui como el jefe Tui, Frankie Adams como Sina, un elenco en gran parte pasifika y maorí.

Dirige Thomas Kail, su primer largometraje. Construyó su reputación en el escenario, en un musical cuyo motor era el movimiento, el ritmo y la coreografía de cuerpos en un espacio fijo. Ese instinto se lee detrás de un proscenio; está por probarse frente a un entorno levantado en buena medida dentro de una computadora. La tensión real es si un director de espectáculo en vivo puede sostener una película cuyo principal compañero de escena es una simulación.

La conversación empezó por la imagen. La paleta del avance llegó apagada, más fría y gris que el brillo tropical de la animación, y el público leyó ese tono como una pérdida de calor. Maui, fotorrealista sobre los rasgos de Johnson, queda más cerca de lo inquietante de lo que el dibujo necesitaba arriesgar. La música viaja mejor que la imagen: regresan las canciones de Miranda, Foaʻi y Mancina, con una nueva pieza de Miranda, «Along the Way», que incorpora a Auliʻi Cravalho. Una partitura puede pasar de un medio a otro casi intacta; una superficie no. El reclamo de que un filme tan dependiente de los efectos es de imagen real solo de nombre es, en el fondo, una pregunta sobre la imagen.

Lo que la nueva versión no responde es por qué llega tan pronto. La película animada es reciente; su secuela fue un éxito de mil millones hace apenas unos meses. El historial de Disney en imagen real no ofrece un precedente limpio: una reciente adaptación de cuento de hadas rindió por debajo de su presupuesto en medio de la polémica, mientras que otra propiedad superó los mil millones esa misma temporada. El agua fotorrealista quizá no cargue la emoción que un océano dibujado entregaba en un solo gesto, y si la producción extiende el rigor de su consultoría cultural a un marco tan generado por computadora es algo que no se ha aclarado.

El guion es de Jared Bush, coguionista del original, y Dana Ledoux Miller, que trabajó en la secuela. Cravalho figura como productora ejecutiva junto a Johnson. El elenco acreditado va de Lagaʻaia, Johnson, Owen, Tui y Adams a Jemaine Clement, que vuelve como la voz del cangrejo acaparador Tamatoa. Walt Disney Studios distribuye; el filme dura 115 minutos.

En Latinoamérica el título se mantiene como «Moana», mientras que en España y buena parte de Europa la película se llama «Vaiana». «Moana» llega a las salas de México el 10 de julio. La banda sonora se publica el 26 de junio.

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