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Rutger Hauer, villano en Hollywood y actor del siglo en los Países Bajos

Penelope H. Fritz
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Rutger Hauer
Rutger Hauer
Photo: DWDD / CC BY 3.0, via Wikimedia Commons
Nacimiento23 de enero de 1944
Breukelen, Netherlands
Fallecimiento19 de julio de 2019 (75)
OcupaciónActor
Conocido porBatman inicia, Blade Runner, Sin City: La Ciudad del Pecado
PremiosGlobo de Oro · Golden Calf for Best Actor · Golden Calf Culture Prize · Rembrandt Award for Best Actor · Knight of the Order of the Netherlands Lion

En los Países Bajos, Rutger Hauer fue un caballero medieval de la televisión y el amante desatado de la película más vista de su historia. En Estados Unidos fue otra cosa: un terrorista suelto en Nueva York y un autoestopista que mata a quien se le cruza en el camino. Él contó en una entrevista que la violencia lo asustaba y que haber nacido en plena guerra le dio raíces profundas en el pacifismo. La escena por la que más se le recuerda es, de hecho, un acto de piedad: Roy Batty salvando al hombre que vino a matarlo y hablando de lágrimas en la lluvia, con palabras que Hauer reescribió la noche anterior al rodaje.

Nació en Breukelen, en la provincia de Utrecht, el 23 de enero de 1944, con el país ocupado por Alemania. Sus padres, Arend Hauer y Teunke Mellema, eran actores y tenían una escuela de actuación en Ámsterdam; él decía que les importaba más su arte que sus cuatro hijos. Estudió en una escuela Rudolf Steiner, pero a los 15 años se embarcó en la marina mercante y pasó un año en un carguero, hasta que el daltonismo le impidió llegar a capitán. Terminó la preparatoria en una escuela nocturna, dejó la academia de teatro de Ámsterdam a los pocos meses y el ejército lo entrenó como paramédico de combate. Abandonó el servicio porque se negó a usar armas hechas para matar. Regresó a la escuela de teatro y se graduó en 1967.

El guionista Gerard Soeteman, que escribía una serie sobre un caballero medieval, lo descubrió sobre un escenario con la Noorder Compagnie. Paul Verhoeven la dirigió y Floris lo hizo famoso en todo el país. Después llegó Delicias turcas, estrenada en 1973 como Turks fruit, una historia de amor cruda que consiguió la nominación al Oscar a la mejor película extranjera. En 1999 la nombraron la mejor película neerlandesa del siglo, el mismo año en que el público eligió a Hauer como actor del siglo. Con Verhoeven filmó también Soldaat van Oranje y Spetters, las dos con Jeroen Krabbé. En la primera conoció a Erik Hazelhoff Roelfzema, el héroe de la resistencia cuyas memorias inspiraron la cinta y que terminó siendo para él el padre que no tuvo.

Hollywood lo quiso como amenaza desde el primer día. En Nighthawks, en 1981, fue Wulfgar, un terrorista helado al que perseguía Sylvester Stallone, y contrató a un maestro de acento para quedarse en Estados Unidos. Un año después Ridley Scott le dio a Roy Batty en Blade Runner, frente al cazador de Harrison Ford. El guion de Hampton Fancher y David Peoples traía un discurso más largo para la muerte del replicante. Hauer lo recortó y escribió la última frase, la de las lágrimas en la lluvia. Es la escena que todo mundo cita cuando menciona su nombre.

La década siguió entre caballeros y asesinos. Fue el caballero maldito al lado de Michelle Pfeiffer en Ladyhawke, de Richard Donner, y un mercenario feroz en Flesh and Blood, la primera película de Verhoeven en inglés. En The Hitcher, de Robert Harmon, persiguió a C. Thomas Howell por las carreteras del oeste de Texas; fracasó en taquilla y hoy es de culto. En el telefilme Escape de Sobibor interpretó a Alexander Pechersky, el oficial soviético que encabezó la fuga del campo de exterminio nazi, y ganó un Globo de Oro. Verhoeven pensó en él para RoboCop, pero lo descartó porque su complexión no entraba en el traje.

La versión más repetida de su carrera dice que después vino la caída, y se queda corta. Es cierto que en los noventa hubo comerciales cómicos de Guinness, el vampiro Lothos en Buffy la cazavampiros y muchas películas de género de bajo presupuesto. Pero esa versión se salta el papel que mejor lo retrata. En La leyenda del santo bebedor, de Ermanno Olmi, que ganó el León de Oro de Venecia en 1988, Hauer fue un vagabundo de París decidido a pagarle una deuda a una santa, y lo interpretó con una suavidad que Hollywood nunca le pidió. Casi nadie la menciona al hablar de él. La industria estadounidense había creado un mercado para su lado peligroso y no supo qué hacer con su ternura. Esa ternura se quedó en Italia, en los Países Bajos y en la televisión británica y canadiense.

Siguió trabajando sin pausa, y el nuevo siglo le dio una segunda racha en papeles secundarios. Christopher Nolan lo eligió como el ejecutivo al frente de Wayne Enterprises en Batman Begins, y en Sin City fue el cardenal Roark. Protagonizó Hobo with a Shotgun y volvió a su país para ser el cervecero Freddy Heineken en De Heineken Ontvoering, que le dio el premio Rembrandt al mejor actor en 2012. En televisión fue el príncipe hada Niall Brigant en True Blood entre 2013 y 2014. En 2006 fundó la Rutger Hauer Film Factory para formar a cineastas jóvenes, lo que le valió el Becerro de Oro a la cultura en 2008, y en 2013 lo nombraron caballero de la Orden del León Neerlandés. Una de sus últimas apariciones fue como el Comodoro en Los hermanos Sisters, de Jacques Audiard, en 2018.

Fuera del set se mantuvo fiel a lo que lo sacó del cuartel. Fue parte del consejo asesor de Sea Shepherd Conservation Society y fundó la Rutger Hauer Starfish Association para crear conciencia sobre el sida. En 2007 publicó sus memorias, All Those Moments, escritas con Patrick Quinlan. De su primer matrimonio, con la pianista y artista suiza Heidi Merz, nació la actriz Aysha Hauer. Conoció a Ineke ten Cate en 1968 y se casó con ella en 1985, en una ceremonia privada. Murió de cáncer de páncreas el 19 de julio de 2019, a los 75 años, en su casa de Beetsterzwaag, en Frisia. Su funeral fue privado.

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Lo que dejó sigue regresando a las mismas palabras. Like Tears in Rain, el documental que dirigió su ahijada Sanna Fabery de Jonge con los videos caseros del actor, tomó su título del monólogo de Batty. Las películas que rodean ese monólogo cuentan algo menos sencillo: un actor contratado para dar miedo cuyo momento más duradero en pantalla fue un gesto de compasión, y que pasó la segunda mitad de su vida enseñando a jóvenes cineastas en lugar de buscar un papel más grande.

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