Deportes

Brasil vence a Haití y manda en el Grupo C: apareció Cunha, pero el favorito sigue sin convencer

Jack T. Taylor

Por cuarenta y cinco minutos en Filadelfia, Brasil fue justo el equipo al que el resto del Mundial debería temerle. Matheus Cunha empujó un primer gol sucio y enseguida clavó un segundo impecable. Sobre el cierre del primer tiempo, Vinicius Junior quedó mano a mano con Johny Placide y la mandó a guardar como la manda quien ya lo hizo mil veces en su cabeza. Tres goles, un tiempo, el favorito a pura sonrisa. Y después se frenó.

El segundo tiempo fue la señal. Haití, ya eliminado y ya golpeado por Escocia, pasó de la línea de cinco a un 4-4-2 más chato y se limitó a pedirle a Brasil que siguiera. Brasil dijo que no. La intensidad que había abierto el partido se esfumó, la pelota empezó a girar al trote y lo que debía ser un mensaje quedó en una exhibición que nadie cerró. Carlo Ancelotti se llevó el arco en cero, sus tres goles y la punta del Grupo C. Lo que no se llevó fue la respuesta a la única pregunta que importa.

Porque acá está lo incómodo, lo que el marcador busca tapar: un 3-0 a Haití no dice casi nada sobre si Brasil es candidato. Haití llegó como el equipo más flojo del grupo y se fue con cero puntos y dos derrotas. Ganarle cómodo no es la prueba de un candidato; es el peaje mínimo. El partido que sí trae información es el anterior, el 1-1 con Marruecos, donde a Brasil lo hizo parecer del montón un rival con idea y con piernas para sostenerla.

Nada de esto borra lo bueno. Cunha fue lo mejor de la cancha y por lejos. Hay una versión de este Brasil que lleva años esperando que Vinicius resuelva solo, y otra que sigue quedando afuera en los mata-mata justamente porque no tiene un segundo foco de peligro cuando lo marcan a él. Cunha es el argumento contra ese final. Su movilidad le dio a Brasil un centro de gravedad, un delantero que ataca el arco y no la raya, y su doblete es ese 9 que un equipo de Copa necesita cuando el rival se encierra.

El problema es todo lo que vino después del pitazo del entretiempo. A los favoritos no los entierran los equipos a los que deben ganar; los entierran sus propias mañas, y Brasil mostró la peor a plena luz. Tres arriba y al trote, dejó que un rival sin nada en juego manejara el ritmo de la última hora. Ante Haití no cuesta nada. Ante uno que defiende setenta minutos y después te liquida de contra, esa misma desconexión es la forma en que se termina un Mundial.

Y hubo un costo esa noche, incluso en un 3-0. Raphinha se fue al piso sin nadie cerca, pidió el cambio enseguida y salió antes del descanso, con Rayan adentro. Un desgarro sin contacto es de esas cosas que convierten la profundidad del plantel de tema de charla en problema de todos los días, y el ataque de Brasil, con todos sus nombres, no es tan profundo como para perder a un extremo titular y encogerse de hombros.

Acá la etiqueta de favorito hay que manejarla con honestidad. Brasil no llegó a Norteamérica como favorito por lo que mostró en este viaje. Llegó por la camiseta, por el talento en los papeles, por el peso de cinco estrellas. Es herencia, no conquista. En dos partidos, el equipo de Ancelotti dio un empate tibio contra el rival más ordenado del grupo y una goleada de arranque veloz contra el más débil. Sumados, no dibujan el perfil de una selección que se haya resuelto.

Los defensores del rendimiento van a señalar la tabla, y la tabla es real: puntero, con la última fecha ante Escocia y el destino en sus manos. Ganar fácil y después administrar también suma, y los campeones encuentran otra marcha cuando los partidos se ponen cerrados. Ese argumento existe para Brasil y no es ninguna pavada. Pero pide confiar en una marcha que todavía nadie vio.

El momento que definió el partido no fue un gol. Fue la hora larga y chata después de los goles, cuando un favorito tenía enfrente a un rival liquidado y eligió la comodidad antes que la crueldad. Los mejores equipos aprovechan esas horas. Brasil aprovechó la suya para descansar, y descansar sale gratis hasta el día en que no. El favoritismo sobrevive a la noche porque los resultados lo bancan. Pero un 3-0 a Haití no es un veredicto: es una postergación. Los mata-mata no terminan en el entretiempo.

Discussion

There are 0 comments.