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Bielsa dejó a Suárez en casa y citó a tres delanteros: la Celeste ya no espera, ahora caza

Jack T. Taylor

El gesto más fuerte de Marcelo Bielsa no fue una charla ni una jugada de pizarrón. Fue un nombre que no estaba. Cuando se leyó la lista final de Uruguay para el Mundial, Luis Suárez no apareció. El máximo goleador de la historia celeste, sesenta y nueve goles, presente en cada Cita Mundialista desde que debutó siendo un pibe, no tendrá la despedida que el fútbol ya le había escrito a medias. Y en esa ausencia está, entera, la idea con la que Bielsa va a jugarse el torneo.

Porque Uruguay, durante casi toda su historia, ganó de otra manera. Defendía el arco como una frontera, se metía atrás, mostraba los dientes y te cobraba un error del otro lado. La palabra no se traduce: garra. Eso a lo que se agarra una nación chica cuando decide que no la mueve una grande. Dos títulos del mundo y un país que apenas llenaría una ciudad sede se levantaron sobre esa negativa a perder. La Celeste no le ganó al mundo jugando mejor. Le ganó aguantándolo.

El Loco miró esa herencia y decidió gastarla distinto. No entrena la supervivencia: entrena la persecución. Su Uruguay marca hombre a hombre por toda la cancha, caza la pelota apenas la pierde y no espera a nadie. En su último torneo con este grupo recuperó arriba una y otra vez, hizo nueve goles y recibió uno en la fase de grupos, y la ganó sin tropezar. La pregunta que lo sigue hasta el Mundial es enorme en su sencillez: ¿se puede cambiar aquello a lo que un país se aferra cuando el partido se pone feo?

Una lista que es una declaración

Lo que reemplazó al romanticismo es un plano de obra. Bielsa citó tres delanteros netos, nada más: Darwin Núñez como única referencia de área, con Federico Viñas y Rodrigo Aguirre detrás. El resto del peso de ataque lo cargan corredores anotados como volantes que se abren a las bandas, elegidos por las piernas y por las ganas de usarlas. La columna no engaña: Federico Valverde empujando desde el medio, Manuel Ugarte y Rodrigo Bentancur tapando a los costados, Ronald Araújo sosteniendo una última línea pensada para defender la mitad de la cancha tanto como el área. No es un equipo armado alrededor de un goleador. Es un equipo armado alrededor de la corrida.

Suárez, además, había bajado los brazos con la selección y después dejó la puerta entreabierta; también dijo, en su momento, que los métodos de Bielsa habían roto el vestuario. La puerta quedó cerrada. Y con ella se fue toda discusión sobre cómo debería verse esta Celeste.

La idea, y lo que cuesta

El fútbol de Bielsa es lo más difícil de sostener bien, porque no deja esconderse a nadie. Marcás a tu hombre, corrés cuando él corre, recuperás vos o la estructura hace agua. Bien hecho, asfixia: Valverde presiona por dos, Ugarte está para cortar el primer pase, Núñez convierte un robo en remate en cuatro toques. El rival nunca se acomoda, nunca juega ese fútbol paciente de tenencia que rompe a un equipo metido atrás. No defendés el peligro: borrás la salida antes de que arranque.

El riesgo es el mismo que la virtud. Si te ganan la presión, un solo pase limpio te parte, y la última línea queda defendiendo un espacio enorme a la espalda. Araújo es rápido y valiente, pero también es un jugador al que el cuerpo no siempre le regaló una temporada entera. El sistema no tiene margen, y ahí están a la vez su sentido y su peligro.

Las piernas y el calendario

Todo Mundial castiga el cuerpo, y este más que ninguno: cuarenta y ocho selecciones, tres países, calor, altura y vuelos metidos en pocas semanas. Presionar gasta más que contener. Esa cuenta Bielsa la aceptó, y por eso su lista se lee como un plan físico. Hasta su convocado más veterano lo dice: Fernando Muslera, treinta y nueve años, volvió del retiro para atajar, el último hilo con el Uruguay que defendía fronteras, elegido porque atrás de una línea alta la experiencia pesa más que la juventud que nunca jugó una eliminatoria.

El presente le da crédito a la idea, no garantía. Ese mismo Uruguay que arrasó su grupo en el último torneo continental se quedó sin nafta en las instancias bravas y terminó afuera del podio. La intensidad gana los tres primeros partidos más fácil que los tres últimos. Y un mes es mucho para pedir este ritmo. La copa la levanta el que todavía corre en la última semana, no el que corrió más en la primera.

El grupo, y el espejo de España

El sorteo le da entrada limpia y examen duro. Arabia Saudita y Cabo Verde son partidos para ganar presionando alto y golpeando temprano. Después llega España, y ahí se juega toda la apuesta. España gana teniendo la pelota, haciéndote correr atrás de un problema que no alcanzás, convirtiendo la posesión en descanso. Uruguay quiere sacarle esa pelota antes de que se calme con ella. Objeto inamovible contra fuerza imparable: el cruce va a decir hacia qué lado se inclina el fútbol de hoy cuando las dos ideas se juegan en serio.

El argumento

Uruguay no es el más talentoso del torneo y no lo pretende. Tiene una identidad que se reconstruye a propósito bajo un técnico que confía en el esfuerzo antes que en la comodidad, y una camada de atletas para cargarla. La vieja garra era negarse a perder resistiendo. Bielsa le pide a esa misma garra que se exprese al revés: no dejando respirar nunca. Si aguanta un mes, la Celeste es el rival que nadie quiere cruzarse, el que te convierte el mejor plan en una corrida que no querías. Si las piernas se van antes que la idea, será la linda historia que se quedó sin aire. De una forma o de otra, no van a esperar para saberlo. Eso ya lo decidió Bielsa por ellos.

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