Películas

Como dios quiera: Miike mezcla juegos infantiles y sangre con desparpajo, aunque sin rumbo fijo

Takashi Miike adapta en 2014 el manga de Kaneshiro y Fujimura entre horror y comedia.
Martha O'Hara
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Primero estalla la cabeza de un maestro. Luego, en el salón, a quien se mueve le revienta la suya y suelta una lluvia de diminutas esferas rojas. Así arranca Como dios quiera, la película que Takashi Miike estrenó en 2014. Adapta el primer arco del manga de Muneyuki Kaneshiro y Akeji Fujimura, publicado en la revista Bessatsu Shōnen Magazine de Kodansha, y se presenta como thriller, horror y comedia al mismo tiempo. Mezclar tres géneros suena bien, y los primeros minutos lo confirman. Después cada prueba repite el mecanismo de la anterior, solo que con más ruido.

La premisa es sencilla. Shun Takahata está harto de la rutina de la escuela y de su vida entera, y pide, casi sin pensarlo, que pase algo. Pasa, y de la peor manera: él y sus compañeros tienen que jugar versiones mortales de juegos infantiles, empezando por el Daruma-san ga koronda, ese juego japonés en el que nadie puede moverse mientras otro vigila. Lo sobrenatural le da al conjunto el aire de un programa de concursos donde perder cuesta la vida. La secuencia inicial, con los alumnos paralizados y eliminados de golpe, impacta por su crudeza y tiene algo de surrealista. Ninguna escena posterior me sacudió igual.

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El problema llega cuando Miike intenta sostener todos los géneros a la vez. El horror descansa en criaturas grotescas, como un muñeco Daruma que habla o un gato de la suerte de garras afiladas. Cada una tiene su gracia por separado, pero juntas parecen sacadas de películas distintas, y ninguna le da al resto una lógica que permita saber qué clase de mundo es este ni qué se espera de uno dentro de él. La comedia aparece de manera esporádica, sobre todo por medio de Amaya Takeru, el personaje de Ryunosuke Kamiki, un joven perturbado que disfruta el caos. Su relación con Shun, a quien da vida Sota Fukushi, tiene momentos memorables: son polos opuestos y de todos modos terminan trabajando en equipo. Es lo más prometedor de la película y lo que menos se explora. Basta que el vínculo empiece a tomar forma para que llegue otra prueba y lo desplace.

Miike dirige con su atrevimiento de siempre. Cuando el juego del Daruma impone su regla (quien se mueve, muere), la tensión se contagia a quien mira. En otros pasajes el exceso es gratuito, y uno deja de preocuparse por lo que le pase a nadie. El tono cambia de una escena a otra sin aviso, y uno no sabe si toca reírse o hundirse en la butaca. Esa duda funciona cuando el chiste nace del propio horror. Deja de funcionar cuando la escena se queda en puro payaseo, sin conexión alguna con lo que está en juego.

Fukushi transmite bien el desconcierto de Shun, aunque al personaje le falta peso para ser algo más que un testigo de lo que ocurre a su alrededor. Kamiki es quien más se hace notar, y por momentos de más, porque su actuación roza la caricatura. Hirona Yamazaki, como Akimoto Ichika, y Mio Yuki, como Takase Shouko, tienen poco espacio para desarrollar a sus personajes. Con el resto del reparto pasa algo parecido. Jingi Irie, Shota Sometani, Nao Omori y Nijiro Murakami, lo mismo que Lily Franky como el vagabundo y Dori Sakurada como el presidente de la clase, aparecen con rasgos apenas esbozados, y la siguiente prueba pasa por encima de ellos antes de que lleguen a definirse. Al salir de la sala, me costó recordar quién era quién.

La mayor debilidad de la película es su estructura. Salta de un juego mortal a otro, cada ronda deja más bajas y el espectador casi no alcanza a asimilar lo que acaba de ver. La violencia gráfica está resuelta con oficio, pero apenas golpea en lo emocional, porque nunca se construyó un lazo con quienes mueren. Los personajes apenas se presentan antes de que corran peligro, y la muerte llega cuando todavía no hay nada que perder. La pregunta de quién está detrás de los juegos, y para qué, queda siempre relegada frente al siguiente reto.

La mejor idea de la película está en su primer cuarto de hora y Miike la desperdicia. Un protagonista que pide emoción y recibe una carnicería es un chiste cruel, y el guion lo plantea de entrada. Luego lo suelta. Prefiere pasar a la siguiente criatura y al siguiente estallido, y la idea se queda a medio camino mientras las pruebas siguen desfilando. Si se hubiera detenido ahí, el desorden tendría un hilo conductor: Shun pagando, prueba tras prueba, el precio de un deseo formulado por puro aburrimiento.

Yo me quedo con el arranque: las cabezas, las esferas rojas, el salón paralizado. Después la película repite la fórmula con más ruido y menos sorpresa. El humor negro y la crueldad de Miike asoman en algunas pruebas sueltas, pero ningún personaje me dio motivos para acompañarlo hasta el final.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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