Películas

Dirección en Venecia: por qué el cine de festival premiaría a Koreeda antes que al ruido

Jun Satō

Hay una distancia enorme entre el cine que discute Venecia y el que llega, meses después, a las salas de América Latina. El León de Plata a la mejor dirección vive en esa distancia: no premia el espectáculo que Hollywood exporta con facilidad, sino la mirada del autor, ese trabajo de puesta en escena que muchas veces solo se ve en festivales y en las contadas plataformas que apuestan por él. Desde una sensibilidad cinéfila latinoamericana, acostumbrada a esperar meses un estreno o a rastrearlo en circuitos alternativos, el premio a la dirección es la brújula que separa el cine de autor del cine de mercado. Y en un año de veteranos — Herzog, Moretti, McDonagh, el regreso de Lee Chang-dong tras siete años —, esa brújula señala hacia quien controla la forma, no hacia quien grita más fuerte.

Nuestra apuesta es Hirokazu Koreeda por Look Back. Conviene entenderlo desde lo que significa su cine para el espectador que lo persigue fuera del circuito comercial: una filmografía que se descubre casi siempre a contracorriente de los estrenos, y que recompensa a quien la busca. Koreeda es un director de miradas y de silencios; su cámara paciente, su montaje elíptico y su dirección de actores casi invisible convierten lo cotidiano en cine mayor. Su corte llega siempre un instante antes de lo esperado, y en esa elipsis, en ese vacío calculado, se juega toda la emoción. Saca de niños y de intérpretes no profesionales lo que muchos directores no logran de actores de escuela: no es magia, es una técnica de tiempo, de encuadre y de saber cuándo apagar la cámara. Nadie ha visto todavía Look Back, de modo que razonamos desde su método y no desde su historia — y ese método es lo que un jurado de la Competición, formado por cineastas, sabe reconocer. Para el público latinoamericano que descubrió a Koreeda a través de festivales antes que de las carteleras, su triunfo sería también una reivindicación de ese cine que rara vez encuentra distribución amplia pero que define el gusto de toda una comunidad cinéfila. El oficio, aquí, pesa más que la escala.

El contendiente más serio es Danny Boyle con Ink, la cinta de apertura. Boyle es el reverso de Koreeda: donde uno quita, el otro empuja. Su cine es cinético y veloz — cámara nerviosa, cortes agresivos, música que arrastra la imagen — y la historia del imperio Murdoch, sostenida por Jack O’Connell, Guy Pearce y Claire Foy, le ofrece el combustible ideal. Un jurado tentado por la energía pura de la dirección, por el pulso de quien convierte una junta directiva en una persecución, podría escogerlo; la apertura, además, deja huella durante los diez días.

La segunda alternativa es Andrea Pallaoro con The Echo Chamber, y su propuesta va por otro camino: no la velocidad de Boyle, sino su opuesto, un rigor de composición extremo. Pallaoro filma en encuadres fijos y pictóricos; en Venecia, en 2017, llevó a Charlotte Rampling a la Copa Volpi, y con Alicia Vikander y Susan Sarandon vuelve a contar con el instrumento preciso. Si el jurado premia la contención, ahí está su nombre.

Lo que puede fallar es claro: nadie ha visto un solo plano. Confiar en el método supone que el método aguante, y un Koreeda fuera de su zona conocida, con material nuevo y otro tono, es una incógnita. Estos premios se deciden a veces por una secuencia audaz que solo aparece en la proyección, capaz de pesar más que dos horas de excelencia serena. Y en una Competición tan poblada de autores, el León de Plata termina siendo, con frecuencia, el consuelo de la película que se queda a un paso del León de Oro: un movimiento de reparto de premios más que un veredicto sobre el oficio. Para el espectador latinoamericano, además, hay una ironía adicional — el filme que gane aquí tardará en llegar, si es que llega, y su reconocimiento en el Lido será, durante meses, casi la única forma de conocerlo.

El fallo se conocerá el 12 de septiembre de 2026 en el Lido de Venecia, y MCM cubrirá la ceremonia en vivo con reacciones en todas sus ediciones. La mejor dirección es el instante en que el festival revela qué valora del acto de filmar — y este año apostamos por la mano más serena de la Competición.

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