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La masacre de Texas, el rugido que medio siglo de cine no ha podido acallar

Tobe Hooper, 1974: el documento más brutal del terror estadounidense y piedra fundacional del slasher moderno.
Martha O'Hara
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La escena inicial: un cadáver colgado en un cementerio bajo el sol inclemente de Texas. Así arranca La masacre de Texas, el largometraje de terror que Tobe Hooper filmó con menos de 140,000 dólares y que se convirtió en una pesadilla duradera para el cine de género. No es una película sobre lo sobrenatural, sino sobre la brutalidad humana, capturada con una crudeza casi documental que aún hoy incomoda.

Hooper y su coguionista Kim Henkel construyeron un relato de road trip que deriva en pesadilla familiar. El grupo de amigos —con Marilyn Burns como Sally destacando por una actuación desgarradora— cae en la trampa de una familia de caníbales, liderados por el icónico Leatherface, encarnado por Gunnar Hansen. La película evita los excesos gore que su título prometía, pero esa moderación no impide que cada secuencia de violencia sea impactante. El uso del sonido —el rugido constante de la motosierra— resulta brillante: genera tensión incluso cuando la pantalla muestra solo un paisaje vacío.

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El mayor acierto es cómo Hooper convierte el horror en una experiencia claustrofóbica. La casa abandonada donde transcurre gran parte del metraje no es un decorado, sino un personaje más: estrecha, sucia y cargada de detalles perturbadores, como huesos colgados o una cocina improvisada con restos humanos. El documentalismo visual, con cámara en mano y planos temblorosos, refuerza la sensación de que esto podría estar ocurriendo de verdad.

El elenco, compuesto principalmente por actores desconocidos reclutados en Texas, aporta autenticidad al conjunto. Burns transmite un terror palpable como Sally, especialmente durante la larga secuencia de la cena donde la familia caníbal la retiene. Gunnar Hansen, con movimientos a veces torpes, logra una presencia inquietante gracias a su máscara de piel humana y a una corpulencia que llena el encuadre.

Vale la pena detenerse también en la forma en que Hooper maneja el tiempo. Las escenas más aterradoras no son las de violencia explícita, sino las de espera: los momentos en que los personajes se adentran en esa casa sin saber aún lo que les aguarda, o cuando el sonido de la motosierra se escucha a lo lejos sin que el peligro sea visible. Esa economía de medios —más sugerencia que exhibición— distingue a La masacre de Texas de los imitadores que vinieron después.

La película opera también como registro de los miedos de su época. Los críticos han discutido extensamente sus temas, desde la deshumanización de la violencia hasta una crítica velada al capitalismo salvaje. La familia de caníbales, que vive a la sombra de una antigua planta de sacrificio de animales, encarna el colapso moral y económico de un país que todavía se sacudía de los efectos de Vietnam.

La estructura tiene momentos de ritmo irregular: las primeras escenas del viaje avanzan despacio, como un ejercicio de paciencia previo a que el terror estalle. Algunos diálogos entre los jóvenes resultan forzados —el monólogo de Franklin (Paul A. Partain) sobre la historia familiar es el caso más notorio—, lo que rompe brevemente la inmersión. Y aunque Leatherface es memorable, sus movimientos a veces caen en lo grotesco sin llegar a constituir una amenaza verdaderamente sostenida.

A pesar de esos problemas, la influencia de La masacre de Texas en el género slasher es innegable. El film estableció convenciones que se repetirían durante décadas: el uso de herramientas eléctricas como armas, la figura del asesino grande y enmascarado, la chica que sobrevive. Recibida con críticas mixtas en su estreno, acabó recaudando más de 30 millones de dólares solo en el mercado doméstico y, en 2024, fue incorporada al Registro Nacional de Cine de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos por su significación cultural, histórica y estética.

Lo que hace que La masacre de Texas trascienda su propio género es justamente esa acumulación de capas: la violencia como espejo social, el miedo al otro rural, la familia como institución corrompida. Hooper no elabora panfletos; deja que los elementos hablen solos, y eso le imprime una dureza más persistente que el susto pasajero. Para quien se acerque al terror buscando algo más que adrenalina, la película ofrece eso y bastante más.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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