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Las damas primero llega a Netflix con la sala de juntas que 2025 dedicó a desmontar y atrapa adentro a Sacha Baron Cohen

Molly Se-kyung

Damien Sachs entra a una sala y espera que la sala se reacomode a su alrededor. Lleva cuarenta y dos años haciéndolo. La primera hora de Las damas primero mide lo que le pasa a un hombre cuando la sala deja de cooperar — sin violencia, sin venganza, solo con método — y la segunda hora mide lo que está dispuesto a admitir que estuvo haciendo todo este tiempo.

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Thea Sharrock arma la película alrededor de un único mecanismo repetido hasta que deja de tener gracia y empieza a ser información. Un ejecutivo publicitario a punto de tomar el puesto de CEO de una agencia londinense despierta en una ciudad paralela donde cada vector de poder ligado al género quedó invertido. Las mujeres manejan los consejos de administración, las calles de noche, las reglas sobre quién interrumpe a quién y quién paga el café de quién. Los hombres se acomodan la ropa en el elevador. El mecanismo no es un giro de realismo mágico que se resetea tras un acto: es la arquitectura completa, sostenida durante todo el metraje.

La comedia nombra lo que la conversación cortés ya no puede nombrar, y la película de Sharrock nombra lo que una década de lenguaje corporativo dejó de poder decir en voz alta. El consejo donde humillan a Damien no es un consejo de fantasía. Es el mismo consejo que el espectador lleva dos años viendo volver a llenarse — el espacio donde una lista medible de grandes empresas estadounidenses y británicas desmontó durante 2025 los compromisos de paridad que firmaron entre 2020 y 2024, reemplazó los objetivos públicos por lenguaje aspiracional sin obligaciones y usó la vuelta a la oficina para reconstruir las jerarquías de visibilidad que el trabajo distribuido había empezado a aplanar. La película no menciona nada de esto. No le hace falta.

La firma de Sharrock es una sola decisión: le quita a Sacha Baron Cohen todas las máscaras detrás de las que trabajó durante veinte años. Sin bigote de Borat, sin falsete de Bruno, sin barba de Aladeen, sin pelo de Abbie Hoffman. Cohen interpreta a Damien Sachs con su propia cara, su propio inglés, su propia estatura, su propia postura. El espectador no puede desplazar la sátira a un disfraz. Tiene que ver a un hombre reconocible, con trajes reconocibles, en un Londres reconocible, perder cada micro-privilegio que daba por sentado. La decisión convierte a Cohen, por primera vez en su carrera, de satirista en sujeto, que es lo que la premisa de inversión necesita del protagonista para sostenerse durante dos horas.

Rosamund Pike, como la ejecutiva Alex Fox que ocupa la silla que le habían prometido a Damien, interpreta el papel con la crueldad controlada que desarrolló en Perdida y refinó en Lady Macbeth, ahora traducida a un registro cómico que nunca se ablanda. No levanta la voz. No tiene que hacerlo. Se niega a pedir perdón por la sala en la que está, y esa negativa es la que sostiene la segunda hora de la película cuando la comedia amplia cede al registro más incómodo al que Sharrock apunta desde el primer minuto.

El banquillo de reparto es inusualmente profundo para una comedia de plataforma: Richard E. Grant, Emily Mortimer, Charles Dance, Fiona Shaw, Tom Davis, Weruche Opia y Kathryn Hunter pueblan el Londres invertido con una textura sobre la que el guion nunca tiene que comentar. No hay chistes sobre que la inversión sea reciente, ni guiños al público, ni personajes que recuerden cómo era antes. El guion, firmado por Natalie Krinsky, Cinco Paul y Katie Silberman, construye el mundo desde dentro de su propia lógica y confía en que el espectador choque contra él al mismo ritmo con que choca Damien — supuesto a supuesto, hasta que se agotan los supuestos.

La película francesa que sembró el proyecto, Je ne suis pas un homme facile de Éléonore Pourriat, hizo el mismo experimento en 2018 como provocación de cine de autor dirigida a un lector francés de cierta generación. La versión de Sharrock lo hace como sátira de estudio diseñada para una ventana global de streaming, con un reparto de cuatro cuadrantes y un metraje que se niega al consuelo de una puerta de salida. La traducción de la ironía parisina a la infraestructura de comedia británica de estudio es la apuesta del proyecto: que la tesis sigue funcionando cuando se mueve del cine al estante algorítmico en el que Damien habría contratado a las actrices que interpretan a las ejecutivas que lo despiden.

Lo que Las damas primero no puede hacer, y sabe que no puede hacer, es decidir qué se lleva su protagonista de regreso. El final no es una narrativa de conversión. Damien aprende, después negocia con lo que aprendió, y después se encuentra con un mundo que no aprendió nada al mismo tiempo que él. La pregunta que la película deja abierta es la misma que dejó abierta la película de Pourriat y que ninguna comedia de ninguna escala respondió todavía: si a un hombre al que se le mostró el espejo se le puede confiar que siga mirando cuando se apagan las cámaras, y si el público que se rio con él durante dos horas va a seguir mirando también.

Las damas primero se estrena en Netflix el 22 de mayo de 2026 en todo el mundo. Dirección de Thea Sharrock. Guion de Natalie Krinsky, Cinco Paul y Katie Silberman. Reparto: Sacha Baron Cohen, Rosamund Pike, Richard E. Grant, Emily Mortimer, Charles Dance, Fiona Shaw, Tom Davis, Weruche Opia, Kathryn Hunter. Producción de 3dot Productions y Four By Two Films. Rodada en los estudios Shepperton y en locaciones de Londres.

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