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Gael García Bernal es un Magallanes sin gloria en la nueva película de Lav Diaz

Veronica Loop

Un navegante portugués zarpa hacia el oeste bajo una corona rival, en busca de una ruta a las islas de las especias que ningún mapa europeo registra. Cruza un océano que mata de hambre a su tripulación, parte su flota con motines y termina en una playa de Filipinas, atravesado en una pelea que él mismo provocó en nombre de un dios que los isleños nunca pidieron. Ese es el viaje que está en el centro de Magallanes, y Lav Diaz lo filma como una herida, no como un triunfo.

Diaz le quita al primer hombre al que se atribuye dar la vuelta al planeta el heroísmo que se petrificó alrededor de su nombre. Su Magallanes no es un héroe en la proa, sino un funcionario agotado del imperio, que lleva la ambición europea y la certeza católica a aguas y culturas que no tenían lugar para ninguna de las dos. La película sostiene, sin rodeos, que la era de los descubrimientos de un continente fue el primer día de catástrofe de otro.

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Para el público mexicano hay un atractivo extra: García Bernal carga sobre los hombros toda la película, y lo hace en portugués, hacia adentro y consumido, como un hombre más atormentado que impulsado. No hay arrogancia a la cual aferrarse ni discurso pensado para un tráiler. Varios críticos lo han llamado el trabajo más contenido de su carrera, justo porque se niega a volver simpático al navegante. Su Magallanes es alguien usado por la historia, no quien la moldea.

Diaz se hizo un nombre con la duración. Sus películas más conocidas llegan a las cuatro, ocho, incluso nueve horas, filmadas en un blanco y negro austero, midiendo cuánto tiempo está dispuesto a entregar un espectador a una sola pregunta moral. Magallanes es, para sus parámetros, ágil, y lo regresa al color por primera vez en años. Esa compresión no es una concesión al mercado, sino un reto: cuenta una historia de conquista con una forma cercana al biopic convencional y luego usa esa forma contra su propio protagonista.

La estructura sigue a Magallanes hacia afuera y a sus consecuencias hacia adentro. Enrique de Malaca, el intérprete esclavizado que quizá fue el verdadero primer hombre en rodear el mundo, lo acompaña como herramienta y como conciencia. La fe de la expedición se endurece hasta volverse arma cuando se acerca a Cebú, y el derrumbe de la flota llega no como desgracia, sino como un ajuste de cuentas que la película venía preparando desde su primer plano. A Diaz le interesa menos la geografía que lo que esa geografía costó.

No todos quedaron convencidos. Algunos críticos encontraron la película sorprendentemente convencional para Diaz, con diálogos escasos y una puesta en escena rígida; al menos una reseña de Manila la acusó de estar dominada por el vestuario y sostuvo que la distancia que Diaz mantiene con sus actores deja fuera al público. La compresión corta por los dos lados: encajado en un marco histórico estándar, su método de larga duración pierde parte del magnetismo hipnótico que cimentó su prestigio. Y la película no se sostiene del todo sola: Diaz montó el mismo material en una obra aparte de nueve horas centrada en la esposa de Magallanes, Beatriz, lo que plantea con razón si Magallanes es el argumento completo o solo la mitad.

Gael García Bernal as Ferdinand Magellan in the Lav Diaz film Magellan
Gael García Bernal in Magellan (2025)

Debajo de la historia hay otra, la del negocio. Un autor filipino estrenando en la selección oficial de Cannes, una estrella mexicana reinterpretando a un icono que reclaman España y Portugal, y una coalición de productores de cinco países no es la forma habitual de financiar cine de prestigio, y que exista dice algo sobre dónde encuentra hoy su dinero el cine histórico ambicioso. Junto a García Bernal, Diaz reúne un reparto mayoritariamente filipino y lusófono: Amado Arjay Babon como Enrique, Ronnie Lazaro como el rajá Humabón, Ângela Ramos como Beatriz y Dario Yazbek Bernal —hermano del protagonista en la vida real— como Duarte Barbosa. La producción reúne capital y equipos de Filipinas, Portugal, España, Francia y Taiwán, y dura unos disciplinados 164 minutos.

La película llegó primero al público en el circuito de festivales, desde su estreno en Cannes hasta Nueva York, Londres y una larga gira de otoño, y pasó por Morelia en su recorrido. En México se estrena en cines el 25 de junio. Como objeto comercial es una propuesta estrecha —una historia de autor de 164 minutos, sin franquicia ni gancho fácil— y vivirá sobre todo en festivales, salas especializadas y la conversación en torno a su película hermana. Como argumento, es lo más valioso: una corrección a un mito que buena parte del mundo todavía enseña como aventura.

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