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Amanecer, la película con la que el cine aprendió a mover la cámara

Veronica Loop

Un hombre avanza por un pantano iluminado por la luna, la niebla enredada en los juncos, hacia una mujer de la ciudad que lo espera. Ella lo besa y, casi en el mismo aliento, le pide que ahogue a su esposa. Amanecer filma esa tentación como una fiebre más que como una trama —los cuerpos superpuestos en doble exposición, la cámara deslizándose tras el campesino como si también ella se dejara arrastrar— y en unos pocos minutos sin palabras F.W. Murnau hace que una catástrofe moral se sienta como una tormenta que se acerca.

Es, con diferencia, una de las películas más bellas jamás hechas y, podría decirse, el momento en que el medio descubrió lo que su cámara podía hacer. Murnau llegó a Hollywood como un maestro del expresionismo alemán y la Fox puso a su disposición todos sus recursos para que construyera lo que imaginara; lo que hizo no fue un alarde, sino una fábula reducida al hueso —un Hombre, una Esposa, una Mujer de la ciudad, sin nombres— contada con una fluidez de movimiento y de emoción que el cine mudo jamás había alcanzado y que el sonoro tardaría décadas en igualar.

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La cámara desencadenada

Su reputación se sostiene primero en cómo se mueve. Donde sus contemporáneos plantaban la cámara y dejaban que los actores acudieran a ella, Murnau la soltó: persigue al campesino entre la niebla hasta su amante, viaja en el tranvía con la pareja desde el campo oscuro hasta la ciudad encendida en un único plano ininterrumpido, sobrevuela multitudes y tráfico levantados con decorados de perspectiva forzada que convirtieron un plató modesto en una metrópoli. Charles Rosher y Karl Struss la iluminaron y la movieron de modo que la propia luz parece llevar la historia: un trabajo que los primeros Óscar premiaron con el primerísimo premio a la fotografía.

Un día que se vuelve un segundo cortejo

Y entonces la película hace lo que la salva de ser un mero ejercicio. El campesino lleva a su mujer al lago dispuesto a ahogarla, y no puede; el terror de ella, cuando comprende, empuja el resto del relato. Él la persigue, arrepentido, hasta la ciudad, y el día se convierte en un segundo cortejo: entran por azar en una iglesia, la boda de unos desconocidos los deshace a los dos; un barbero, una feria, un estudio de fotografía; el espanto deshaciéndose en risa y luego en ternura. Janet Gaynor, que ganaría por esto el primer Óscar a la mejor actriz, interpreta todo ese arco solo con el rostro.

George O’Brien da al Hombre una culpa encorvada y pesada que la cámara sigue como una sombra, y la Mujer de la ciudad de Margaret Livingston permanece en doble exposición incluso después de marcharse, la tentación que no termina de disolverse. Y entonces Murnau desata la tormenta: el lago se vuelve contra la pareja en el regreso, la barca se quiebra, y la película que empezó con un ahogamiento planeado termina rastreando las aguas negras con antorchas en busca de la mujer a la que el marido quiso matar y sin la cual ya no puede vivir.

Fotograma de Amanecer (Sunrise, 1927), de F.W. Murnau
Amanecer (Sunrise, 1927), de F.W. Murnau.

Por qué sigue mereciendo la nota

La objeción honesta es que la historia es casi un esquema —pecado, casi crimen, reconciliación— y que el largo idilio urbano resulta más ligero y cómico que las mitades atronadoras que lo rodean. Pero la sencillez es el plan: Murnau quería una fábula que cualquiera pudiera sentir, y volcó en ella una inteligencia visual que apenas tiene rival en todo el cine. El oficio no ha envejecido ni un solo fotograma, la emoción es lo bastante directa como para dejar marca, y casi un siglo de cine ha perseguido sin alcanzarla esa cámara que él aquí liberó. Es, según el criterio más exigente, casi perfecta.

Amanecer (Sunrise: A Song of Two Humans) se estrenó en 1927, dirigida por F.W. Murnau para la Fox sobre un guion de Carl Mayer adaptado del relato de Hermann Sudermann “El viaje a Tilsit”, y fotografiada por Charles Rosher y Karl Struss. George O’Brien, Janet Gaynor y Margaret Livingston encabezan el reparto. En los primeros Óscar ganó el premio —concedido una sola vez— a la Película Única y Artística, el primer Óscar a la fotografía y el de mejor actriz para Janet Gaynor; desde entonces se la cuenta entre las mejores películas de la historia y como la obra suprema del cine mudo.

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