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Magnolia, la sinfonía de gente rota y ranas que caen del cielo de Paul Thomas Anderson

Martha Lucas

Hay películas que uno ve; Magnolia te pasa por encima. Paul Thomas Anderson apenas rebasaba los veinte cuando la filmó, envalentonado por el éxito de Boogie Nights y con lo más raro que regala Hollywood: corte final y un cheque en blanco para seguir su instinto hasta donde fuera. Lo que regresó fue un drama coral de más de tres horas sobre la casualidad, la crueldad y la larga sombra que los padres echan sobre sus hijos. Es desbordada, grandilocuente y está casi insoportablemente viva.

La estructura es su apuesta. En un solo día gris de lluvia en el Valle de San Fernando, nueve vidas rebotan unas contra otras: un productor de televisión que agoniza y la esposa trofeo ahogada en culpa junto a su cama; el concursante adulto y el niño prodigio de su programa, uno acabado y el otro quebrándose bajo el peso de ser un genio; un policía tierno y sin suerte; una hija consumida por la cocaína; el conductor que esconde un secreto monstruoso; y, presidiéndolo todo como un demonio burlón, un gurú de la superación personal que les vende a los hombres un evangelio de desprecio hacia las mujeres. Anderson los va cruzando como quien dirige una orquesta, confiando en que las rimas salgan solas.

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Una película armada como una pieza musical

La cámara de Robert Elswit nunca se detiene: baja por los pasillos, acecha detrás de los personajes, corre para no perderle el paso a gente a la que se le acaba el tiempo. La partitura inquieta de Jon Brion y las canciones de Aimee Mann no son adorno; Anderson ha dicho que escribió la película alrededor de la música de Mann, y se siente en cómo las escenas respiran al ritmo de su fraseo. El montaje de Dylan Tichenor entrelaza los nueve hilos en algo más cercano a una fuga que a una trama, creciendo y creciendo hacia una descarga que ningún espectador primerizo ve venir.

Su jugada más audaz es también la más querida. Pasadas dos horas y media, con cada personaje en el fondo de su propio pozo, Anderson frena en seco el relato y hace que los nueve —a solas, en cuartos distintos por toda la ciudad— canten a coro Wise Up, de Mann. Debería ser ridículo. En cambio es estremecedor: el momento en que la película deja de fingir realismo y reconoce que es, y siempre fue, una ópera sobre el dolor. O te parte en dos o te pierde por completo. No hay punto medio, y Anderson lo sabía.

Fotograma de Magnolia (1999)
Magnolia (1999), dirigida por Paul Thomas Anderson.

Las actuaciones que sostienen la tormenta

Tom Cruise jamás ha estado mejor. Como Frank T.J. Mackey —el gurú de la seducción que ladra su evangelio de desprecio frente a una sala de hombres desesperados— vuelve arma su propia seguridad de estrella y luego la hace pedazos al pie de un moribundo, en una escena que le valió una nominación al Oscar y sigue siendo lo más valiente que ha hecho. A su alrededor, Anderson forma un reparto imbatible: Julianne Moore, a flor de piel como la culposa Linda; Philip Seymour Hoffman, pura ternura como el enfermero Phil Parma; Philip Baker Hall y Jason Robards como dos moribundos encarando lo que hicieron; William H. Macy como el conmovedor exniño prodigio Donnie Smith; John C. Reilly y Melora Walters encontrando gracia en dos seres solitarios y lastimados. Nadie se relaja.

Y entonces llueven ranas. El cielo del Valle se abre nada más y caen anfibios por miles, reventando parabrisas y techos mientras los personajes miran hacia arriba con terror y asombro. Anderson siembra la referencia bíblica —Éxodo 8:2— en los márgenes de casi cada plano, pero se niega a explicarla de más. Las ranas son un castigo, una purificación, una broma cósmica, un reinicio; son lo que el momento pida. Es el tipo de gesto a todo o nada que define la película: o aceptas que las cosas raras pasan todo el tiempo, o no, y Magnolia te pide decidirlo en tiempo real.

Por qué sigue viva

La película ganó el Oso de Oro en Berlín y tres nominaciones al Oscar, pero su verdadero legado es el permiso que dio: a Anderson, que después iría hacia las obras maestras más contenidas de Petróleo sangriento y The Master, y a toda una generación de cineastas que vieron que una película de estudio estadounidense todavía podía ser tan desnuda, tan excesiva, tan dispuesta a hacer el ridículo con tal de emocionar. No es una película perfecta. En sus 188 minutos se dispersa, se pasa de la raya, a ratos confunde volumen con profundidad.

Pero sus imperfecciones son las de la ambición, no las de la flojera, y un cuarto de siglo después no ha perdido nada de su fuerza. Magnolia habla del perdón —a nuestros padres, a nuestros hijos, a nosotros mismos— y se gana ese tema enorme a pulso, poniéndote enfrente a nueve personas rotas y negándose a dejarte voltear la mirada. Una película estadounidense imperfecta, avasalladora y esencial.

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