Películas

Murió Alfredo ‘Chaparro’ Alonso a los 60 años, la víctima más querida de ‘El Rey de las Bromas’

Martha Lucas

Hay un tipo de fama que internet inventó y nunca terminó de nombrar: la persona sobre la que recae la broma. Alfredo Alonso, el hombre pequeño y de carácter explosivo que los televidentes mexicanos aprendieron a querer como ‘Chaparro’, no escribía bromas ni las ejecutaba. Él era el blanco —el objetivo cuyo enojo genuino era el remate— y desde esa posición improbable construyó algo que sobrevivió al formato que lo hizo famoso.

Su muerte, anunciada por su mánager y su familia y lamentada a lo largo del canal que lo hizo conocido, ‘El Rey de las Bromas’, ha sido recibida con la ternura que suele reservarse a los veteranos del stand-up. Esa ternura merece una pausa, porque su historia es más extraña y más moderna de lo que dejan entrever los homenajes. No fue, como sugirieron algunos encuadres iniciales, un pionero de la televisión mexicana. Su escenario era una pantalla de teléfono, y su oficio —si es que cabe llamarlo así— consistía en ser total e indefensamente él mismo frente a una cámara que le mentía.

Antes de los videos, Alonso vendía dulces en las calles de la sierra de San Luis Potosí, ya pasado de la edad en que la mayoría de los artistas o triunfan o se rinden. La fama le llegó de lado, dentro de un segmento diseñado para humillarlo: en uno de sus primeros clips, los bromistas le tatuaron el nombre equivocado en el brazo —’Te amo Ricardo’ donde debía ir el nombre de su esposa— y filmaron su furia muy real. El público no se reía tanto de la crueldad como de su negativa a interpretar cualquier cosa que no fuera honestidad. En un género fabricado para la reacción, él les dio lo único que no se puede fingir.

Aquí es donde los obituarios se detienen y comienza la pregunta más interesante. ‘El Rey de las Bromas’ guionizó a ‘Chaparro’ como un accesorio, un personaje recurrente cuyo malestar podía ser explotado. Lo que hizo Alonso después es la parte que merece reconocimiento: tomó el personaje inventado a su costa y lo hizo suyo. Abrió sus propias cuentas y publicó en sus propios términos —un disfraz de Spider-Man, una selfi, pequeños mensajes para decenas de miles de seguidores— y, lo más revelador, sacó al personaje de la pantalla y lo llevó a un escenario. Estaba en medio de una gira en vivo, presentándose en persona para la gente que solo lo había visto ser emboscado, cuando murió.

Esa migración, de accesorio de video de bromas a artista de gira, es el verdadero arco narrativo, y es casi el inverso de la carrera cómica habitual. La mayoría de los intérpretes construyen un personaje y luego lo defienden del público; a Chaparro el público le entregó un personaje y él tuvo que recuperarlo. El paso de un medio a otro —de un canal que era dueño de su imagen a un escenario donde él era dueño de ella— es el tipo de autoría que la comedia de plataformas rara vez concede a quienes alimentan la máquina.

No se ha revelado la causa de su muerte. Su familia ha pedido privacidad, y los medios que circularon un rumor no verificado sobre su salud han sido corregidos por otros —entre ellos Milenio—, que subrayaron que nada sobre cómo murió ha sido confirmado. Esta pieza no fingirá lo contrario. Lo que se sabe es la crueldad del momento: apenas días antes seguía publicando para sus seguidores, y horas antes de que estallara la noticia había compartido un clip bailando con otros comediantes. Murió trabajando, en medio de la gira, con las fechas restantes ahora canceladas.

Los homenajes han sido sencillos y sin aspavientos. ‘Esta vez el dolor es muy real, y esto no es una broma’, escribió el canal, poniendo su propio formato al revés. Su mánager habló de un hombre que ‘dejó una huella especial en todos los que tuvieron la oportunidad de conocerlo’. Ambos, notablemente, lloraron a la persona y no al personaje —un reconocimiento, quizás, de que al fin se habían separado.

Las fechas vacías de la gira son el detalle que persiste. Eran la prueba de que ‘Chaparro’ se había vuelto suyo: salas llenas de gente que compró boletos no para verlo ser engañado, sino para verlo salir al escenario. Llegó tarde, y no por mucho tiempo. Pero llegó con su propio nombre.

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