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Wagner Moura desaparece en el Recife de la dictadura en El agente secreto

Un thriller político premiado en Cannes convierte el Carnaval de Recife en un escondite
Liv Altman

Una persona puede cambiar de nombre, de oficio, hasta de ciudad donde duerme. Lo que no puede cambiar es el expediente que un gobierno guarda sobre ella, y esa distancia entre el yo que alguien actúa y el registro que retiene el Estado es el motor de «El agente secreto». Kleber Mendonça Filho suelta a un prófugo en un Recife desbordado por el Carnaval y hace que la fiesta sirva para dos cosas, como escondite y como delación.

El prófugo es un experto en tecnología que se deshizo de la vida que lo marcó y volvió a casa por lo único que la huida debía resguardar, su hijo pequeño. Recorre la ciudad bajo el nombre de Marcelo, entre gente que tendría que reconocerlo y que casi siempre elige no hacerlo. El inicio avanza como un aliento contenido, un thriller que sabe que la vigilancia más temible suele ser la voluntaria, la de los vecinos a los que les sobra el tiempo.

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Poner a Wagner Moura en el papel del perseguido es la decisión más filosa de la cinta. El público lo conoció como la certeza blindada de la saga «Tropa de élite» y el descaro apetitoso de «Narcos», hombres que cargaban al hombro la maquinaria de la fuerza. Aquí esa autoridad queda confiscada hasta quedar en nada. Moura interpreta a alguien a quien le quitaron toda ventaja, y la actuación habita en pequeños ataques de pánico burocrático, un hombre que batalla por recordar qué mentira le dijo a qué funcionario. El actor que encarnó al Estado interpreta ahora a su presa, y esa inversión le da carga al papel.

Mendonça Filho ha dedicado todo un ciclo de películas a trazar una sola coordenada, el Recife de los edificios y las esquinas en disputa, de «Sonidos de vecindad» a «Aquarius» y a la detonación de género de «Bacurau». Su reciente ensayo de archivo sobre los cines desaparecidos de la ciudad dejó ver hasta qué punto lee el lugar como memoria. «El agente secreto» empuja esa obsesión hacia atrás, hasta la dictadura, y la coloca en el chasis de un thriller paranoico, la estirpe que va de Costa-Gavras a las alertas películas de conspiración estadounidenses, donde el rival del héroe no es un villano sino un sistema que no duerme ni olvida. Es el raro ejercicio de género hecho por un cineasta que trata el archivo como un personaje protagónico.

Parte de lo que vuelve difícil de clasificar a la cinta es la alegría con que saquea el pulp. Una pierna peluda cercenada aparece para rondar un cine de barrio, unos sicarios llegan de fuera con la profesionalidad aburrida de quien anda por viáticos, y la calle arrastra el sonido de una ciudad que late con su propia música. Mendonça Filho entreteje lo grotesco del amarillismo con el terror político sin dejar que uno cancele al otro, tal como las películas paranoicas de otra época metían horror y sátira en sus huesos de procedimiento. La cinta amenaza una y otra vez con volverse tres a la vez y casi siempre se niega a elegir.

Lo que la película plantea, debajo de la persecución, es que el arma más duradera de un régimen es la del archivo. Las personas desaparecen, pero los registros sobreviven, y el tramo final se asoma a un presente donde unos investigadores rastrean nombres entre el papeleo que quedó. A Mendonça Filho le interesa la larga cola del archivo autoritario, la manera en que una burocracia sobrevive a su propia violencia y aguarda a ser leída. El marco del Carnaval afila la pregunta. Una cultura que se ordena en torno a las máscaras resulta el lugar perfecto para preguntar quién elige su rostro y a quién se lo asignan.

Nada de esto asegura que las dos mitades embonen. Una película que rebasa con holgura las dos horas y media y le pide a su maquinaria de género compartir sala con un ensayo sobre la memoria apuesta a que el suspenso y la elegía se refuercen en lugar de cancelarse. El recurso que pliega el pasado sobre el presente puede irse hacia el director glosando su propio tema, y un thriller que se sale una y otra vez de su reloj corre el riesgo de aflojar la tensión que tanto le cuesta levantar. «El agente secreto» no resuelve el jaloneo entre su pulso y su duelo, lo habita, y quien llegue por el juego del gato y el ratón puede sentir que la elegía frena la cacería.

Wagner Moura in the 1977-set thriller The Secret Agent
Wagner Moura in The Secret Agent (2025)

Junto a Moura, el elenco suma a Maria Fernanda Cândido, Gabriel Leone, Alice Carvalho, Isabél Zuaa y Udo Kier, con Mendonça Filho como guionista y director. La producción es brasileña, distribuida internacionalmente por MUBI, y se volvió la representante oficial de Brasil en la contienda internacional luego de llevarse más premios que cualquier otro título en su estreno en Cannes, entre ellos mejor dirección y mejor actor.

Aquella cosecha en el festival se convirtió en una de las campañas de premios más amplias de la temporada, y la película llegó a la ceremonia con cuatro nominaciones al Óscar, entre ellas mejor película, mejor actor y mejor película internacional. Dura 161 minutos. En México se estrena en cines el 26 de febrero, tras su recorrido por los festivales.

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