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Johnny Depp vuelve a Hollywood como el Scrooge más inesperado del cine

Penelope H. Fritz

Lo del Capitán Jack Sparrow siempre fue un truco. No era un pirata: era un disfraz, el más rentable de una larga serie de máscaras que Johnny Depp fue construyendo desde que escapó de la fábrica de ídolos adolescentes de 21 Jump Street en los noventa. Treinta años desapareciendo en tijeras de metal, en abrigos victorianos, en el bamboleo etílico de un corsario — y lo que las cámaras nunca terminaron de capturar fue si había alguien debajo de todo eso.

Llegó a Hollywood desde Miramar, Florida, con una guitarra y sin diploma de preparatoria. Nicolas Cage fue quien lo convenció de que el cine podía ser lo suyo. La música nunca la dejó del todo: grabó con Iggy Pop, Oasis, Shane MacGowan, Marilyn Manson y Jeff Beck, y formó Hollywood Vampires con Alice Cooper y Joe Perry. Pero fue el cine el que estructuró todo lo demás. Cuando consiguió 21 Jump Street en 1987, aterrizó justo donde no quería: los posters, los fans adolescentes, el ídolo de pantalla.

La salida fue Tim Burton. El joven manos de tijera (1990) fue la primera de ocho películas juntos y estableció el patrón: el marginado hermoso, el hombre cuya rareza era también su única forma de amor, el que no encajaba en ningún molde disponible. Miedo y asco en Las Vegas (1998), Sweeney Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet (2007) — personajes que funcionaban a contracorriente de la sociedad normal y que Depp construía con una precisión física que pocos actores se atrevían a intentar. Por el Sweeney Todd ganó el Globo de Oro y su tercera nominación al Oscar.

El pico comercial vino a través del pirata. Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra (2003) disparó una franquicia que recaudó miles de millones globalmente. En 2012 el Libro Guinness lo declaró el actor mejor pagado del mundo: 75 millones de dólares al año. Una sola película, Alicia en el País de las Maravillas (2010), superó los mil millones de recaudación.

El problema fue que tanta escala comercial requería seguir produciendo el mismo tipo de personaje en películas cada vez menos interesantes. El llanero solitario (2013) fue un desastre de taquilla que costó cientos de millones a Disney. Mortdecai (2015) fracasó en todo. La franquicia consumió lo que la había hecho posible.

Lo que vino después no tiene una versión limpia. Su matrimonio con Amber Heard — se conocieron en el rodaje de El diario del ron en 2011, se casaron en 2015, se separaron en 2017 — derivó en acusaciones recíprocas de violencia doméstica, un juicio perdido en Londres en 2020 contra el tabloide The Sun, el despido de Animales fantásticos por parte de Warner Bros. y la exclusión de la sexta entrega de Piratas por parte de Disney. Dos años siendo prácticamente inempleable para los grandes estudios.

El juicio de Virginia en 2022 — transmitido en vivo, convertido en meme, seguido por decenas de millones de personas — le dio la razón jurídica: el jurado le otorgó 10,35 millones de dólares. Lo que eso representó para su reputación pública fue más ambiguo, pero Hollywood decidió que ya podía volver a llamarle.

Desde 2022 trabajó diferente. Vendió una colección de pinturas — retratos de Al Pacino, Bob Dylan, Keith Richards — que se agotó en horas y generó casi cuatro millones de dólares. Grabó el álbum 18 con Jeff Beck. Y en abril de 2026 apareció en CinemaCon para presentar Ebenezer: A Christmas Carol, dirigida por Ti West, donde interpreta a Ebenezer Scrooge. La película se estrena el 13 de noviembre de 2026. Un thriller de acción, Day Drinker, junto a Penélope Cruz, llega en marzo de 2027.

El chiste del casting como Scrooge — el hombre que perdió dinero y reputación interpreta al personaje que se aferra a ambos — ya circula en la prensa especializada. Más allá del chiste, lo que indica es que Depp y Hollywood volvieron a tener negocios en común. Si también tienen algo creativo que decirse, como en los años con Burton, solo lo dirán las películas que todavía no han terminado de hacerse.

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