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La Scaloneta no se quiebra: el único rival que le queda es el reloj

Campeona del mundo y bicampeona de América. Argentina no te gana jugando lindo: te gana aguantando lo que nadie aguanta. La pregunta de 2026 es la única que el carácter no puede contestar: Messi cumple 39 en mitad del torneo.
Jack T. Taylor

De Argentina uno no se acuerda de una jugada. Se acuerda de una cara. La de Emiliano Martínez caminando a la línea en los penales, el pecho inflado y la boca moviéndose, transformando los treinta segundos más solos del deporte en un lugar al que quería ir. La de una defensa que acababa de comerse dos goles en una final, en el último suspiro del alargue, sin quebrarse. Argentina no ganó el último Mundial por jugar mejor que nadie. Lo ganó por aguantar más que nadie: por ser el que seguía parado cuando equipos mejor armados ya se habían caído a pedazos.

Esa es la selección que Lionel Scaloni se lleva como campeona vigente, y es lo más raro que hay: un campeón que gana por carácter antes que por sistema. Brasil tiene más talento en campo abierto. España trae una idea más redonda de cómo jugar. Argentina trae algo más difícil de entrenar y de ganarle: no soltar el instante que define todo. La única pregunta que importa no es si son buenos. Eso ya está. Es si un equipo hecho de nervio puede encontrarlo una vez más antes de que los que lo sostienen se queden sin nafta.

La idea es un sentimiento

Scaloni no es un tipo de sistemas. Si preguntás cuál es el dibujo de la Selección, la respuesta sincera es: el que pida el partido. Presionaron arriba y se metieron atrás en la misma semana. Jugaron con línea de cuatro y pasaron a cinco en el entretiempo para cerrar un partido. Lo que armó no es tanto una estructura como un temperamento: un grupo que sabe quién es cuando sube el ruido y se calma en vez de apurarse cuanto más se acerca el filo.

Es la herencia de Qatar y de las dos Copas América. Es un plantel que estuvo en los peores lugares de una eliminación —empatado sobre la hora, a una tanda de volver a casa— y volvió de todos. Eso no se entrena en una práctica. Se acumula, partido insoportable tras partido insoportable, hasta que los jugadores dejan de tenerle miedo al momento y empiezan a creer que son ellos los hechos para ese momento. El plan de Argentina, al final, es la certeza de que el que parpadea es el otro.

La actualidad detrás del aguante

Nada de esto es verso. Lo de atrás es concreto. Argentina dominó las Eliminatorias sudamericanas, el camino más largo y duro a un Mundial, y lo hizo de sobra. Messi terminó como goleador de la clasificación, ocho goles en la docena de partidos que jugó en un calendario que el cuerpo técnico le cuidó por la edad. Es la bicampeona de América, con la Copa 2024 arriba de la de 2021, la que convirtió a un grupo con talento en uno que espera ganar finales.

La columna está casi intacta. El Dibu sigue siendo el arquero que uno elige para una tanda antes que a cualquiera. Adelante, Cristian Romero y Lisandro Martínez marcan con una bronca que le pone la temperatura a todo el equipo, y Nahuel Molina con Nicolás Tagliafico dan el ancho para que el medio quede angosto y duro. De Paul corre lo que nadie aplaude. Mac Allister y Enzo Fernández ponen piernas y control en el medio, y Scaloni tiene a Leandro Paredes para frenar un partido cuando frenarlo es toda la tarea.

El rival que tampoco parpadea

Y después está lo único que ningún nervio le ganó nunca. Argentina es la campeona más veterana que el torneo va a ver en mucho tiempo, y no lo esconde. Messi cumple treinta y nueve en plena fase de grupos. Otamendi, que todavía manda atrás, es apenas un año más pibe que esa idea. De Paul, Paredes, el corazón que ganó Qatar: ese motor tiene que prender a lo largo de un verano de Norteamérica con calor y viajes que castiga más las piernas que el aire.

Messi llega con un isquiotibial izquierdo que se resintió en el Inter Miami, una sobrecarga que el médico llamó fatiga y no lesión; se lo espera bien, y Scaloni armó los amistosos contra Honduras e Islandia para meterle minutos sin gastarlo. Pero el tema de fondo no es un partido. Es el quinto o el sexto de un mes largo, el cruce que se va al alargue, la noche en que Argentina necesite que alguien haga a los treinta y nueve lo que hacía a los treinta y cinco. El nervio no envejece. El cuerpo que lo banca, sí.

Quién lo lleva cuando Messi no puede

Por eso los más interesantes del plantel son los llamados a heredar el rasgo. Lautaro Martínez y Julián Álvarez ya no son suplentes: son delanteros para ganar el torneo solos las noches en que Messi no esté. Atrás, Scaloni por fin le dio lugar a Nico Paz, el creador cuya irrupción en Italia lo hizo imposible de dejar afuera: la señal más clara de que el técnico ya piensa en el partido de después. Los cortes fueron por el mismo lado. Franco Mastantuono, uno de los pibes más brillantes del país, fue la única sorpresa entre los que quedaron afuera, junto a Alejandro Garnacho y Marcos Acuña, porque Scaloni confía en el temperamento que ya tiene antes que en el talento que todavía no probó.

El camino

El grupo, en los papeles, es amable. Argentina abre el Grupo J ante Argelia en Kansas City, va a Arlington por Austria y cierra con Jordania de vuelta en Texas. Ninguno debería ganarle; el peligro de un sorteo así es el contrario de la presión: pasar tres partidos sin exigirse y llegar a los mata-mata poco rodado, como les pasa a veces a las favoritas descansadas. El Mundial de Argentina no se decide en el grupo. Se decide la primera vez que un rival la lleve a un lugar feo y parejo, y la vieja certeza tenga que volver a responder.

Esa es toda esta Argentina en una frase. No es el equipo más talentoso y nunca lo necesitó. Gana por ser el último en perder la calma, por tratar el minuto insoportable como propio. Cuatro años casi nadie le ganó el duelo de miradas. Ahora entra en el único mes del año que termina venciendo a todo campeón —no con un equipo mejor, sino con el reloj— y la pregunta es si al nervio que la definió le queda un torneo más antes de que los que lo cargan, por fin, lo entreguen.

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