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Mundial 2026: Inglaterra vence a Croacia, pero su defensa es el problema que Tuchel no resolvió

Kenji Nakamura

Inglaterra ganó su debut, hizo cuatro goles y le dio a su gente una noche con olor a candidata. Si te quedas con el marcador, no hay debate: doblete de Harry Kane, un golazo de Jude Bellingham de los que cierran discusiones y el cierre de Marcus Rashford. Las favoritas se presentaron. Pero debajo de ese resultado se jugaba otro partido, uno en el que Croacia entraba una y otra vez, y que los candidatos del cuadro van a estudiar con lupa.

Los dos goles que recibió Inglaterra no fueron mala suerte ni dos jugadas sueltas. Fueron la misma jugada, repetida, por la misma puerta. Esa es la parte de la noche que se le tiene que quedar grabada a Thomas Tuchel, y no los cuatro del otro arco.

Va por el diseño. Tuchel armó un equipo para dominar la pelota, y para eso le pidió a John Stones jugar de central por izquierda subiendo al mediocampo en la salida. Es una idea de moda y lógica contra un bloque bajo: el hombre de más adelante libera a los laterales y deja rotar al medio. El problema de una zaga que se abre y sube es el espacio que queda atrás, esa defensa de resguardo para cuando se pierde la pelota. La de Inglaterra estaba corta, y Croacia es justo el rival que sabe esperar a que aparezca.

El primer gol croata fue el plan fallando en el momento justo. Inglaterra perdió la pelota muy estirada y, al girar la jugada, Stones quedó alto y cerrado, lejos del lugar donde debe estar un central replegando. Martin Baturina aceptó la invitación, manejó por el pasillo vacío y sacó un derechazo de lejos. La definición fue de primera; el hueco, estructural. Un defensor que subió al medio no puede ser, al mismo tiempo, el que cubre la espalda de la línea.

El segundo gol fue la misma lección con otro protagonista. Mario Pasalic, con un espacio entre líneas que no debería existir cuando supuestamente manejas el partido, metió el pase que dejó parado a Marc Guehi, y Petar Musa la mandó a guardar antes del entretiempo. Dos veces Croacia encontró el corredor entre el medio y la defensa inglesa; dos veces no había nadie. No es la historia de dos errores individuales, aunque Stones se haya vendido y Guehi haya llegado tarde. Es la historia de una estructura que produce esos errores.

Y acá está lo incómodo para quien lee los cuatro goles como prueba de categoría. El que dejó todo eso al descubierto fue Croacia, un equipo armado alrededor de un Luka Modric de 40 años, en un quinto Mundial que iba a ser despedida y no amenaza. Están más lentos. Presionaron por ráfagas y guardaron el resto. Y aun así entraron dos veces por la transición inglesa, porque el defecto no necesita velocidad para aprovecharse: solo paciencia y un volante que sepa dar el pase.

Nada de esto borra lo que hizo Inglaterra con la pelota. Kane fue el nueve completo para el que está pensado el sistema: bajó a generar superioridad en el medio y después apareció en el área para definir, con un doblete que iguala el récord goleador de Gary Lineker con Inglaterra en Mundiales, en su partido 115 con la selección. Bellingham respondió a la duda sobre su titularidad con una definición de killer apenas arrancó el complemento, tras tomar un pase de Elliot Anderson. Rashford, asistido por Bukayo Saka, puso el broche. La calidad ofensiva es real, y por eso Inglaterra puede perder el argumento táctico y ganar igual.

Ese es justo el peligro. Un equipo que gana a pesar de su forma no aprende nada en una noche así, porque el resultado tapa la lección. La delantera inglesa alcanza para superar a una defensa con grietas durante casi toda la fase de grupos. La etiqueta de favorita se apoya en ese desfase: el talento por delante del mediocampo disimula cómo está armado el equipo por detrás. Es la diferencia entre ser favorita por los que tenés y serlo por cómo jugás, y solo una de las dos sobrevive a unos cuartos.

Mirá los rivales que Inglaterra se cruzaría si gana el grupo, como debería. Francia tiene corredores que cronometran el desmarque al medio segundo. España maneja los espacios entre líneas como primer principio. Brasil va a tener un delantero parado justo donde Pasalic encontró lugar. Contra esos equipos, una defensa de resguardo que Croacia abrió dos veces no es algo para gestionar: es una herida que se reabre cuando quieran. Los mata-mata son, sobre todo, una competencia para castigar la debilidad estructural.

El arreglo es fácil de nombrar y difícil de elegir. Tuchel puede dejar a Stones invertido y aceptar que Inglaterra cambie goles. Puede pedirle que suba menos y sostenga la línea, resignando control en la salida por una zaga que siga siendo zaga. O puede cambiar las piezas: un cinco más posicional cuya única tarea sea tapar el espacio que aprovecharon Baturina y Musa. La noche incómoda de Ezri Konsa afila esa duda en lugar de cerrarla.

Cada opción cuesta algo que Inglaterra preferiría no pagar, y por eso la tentación tras una goleada es no pagar nada y confiar en los delanteros. Esa es la decisión que define el próximo mes. El debut fue una foto nítida del equipo que Tuchel tiene y del que todavía no construyó: un ataque capaz de ganar cualquier partido y una estructura defensiva que le regala al rival una vía de vuelta en todos. Croacia tomó esa vía dos veces y aun así perdió, porque el otro lado de Inglaterra alcanza para bancar el costo. Los equipos que esperan en el cuadro no la van a necesitar para llegar a algo tan generoso como una gira de despedida.

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