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Países Bajos siempre perdió los Mundiales con belleza; ahora Koeman armó todo alrededor de un defensor

La cuna del fútbol ofensivo dejó de intentar ser linda.
Jack T. Taylor

Escuchá cómo habla Ronald Koeman de su propio equipo y vas a oír algo que un técnico neerlandés no debería decir. Competimos para ganar, dice, y casi en la misma frase suelta la verdad que la mayoría de los entrenadores esconde: que conoce la realidad, que ganarles a las grandes selecciones todavía está muy lejos, que nada es imposible pero casi nada está asegurado. No hay soberbia ahí. En quien lleva a Países Bajos a un Mundial, esa mesura roza la herejía, porque la Oranje lleva medio siglo vendiendo justo el sueño que Koeman no quiere vender.

Esa es la forma rara y calladamente radical de esta selección. El país que le regaló al fútbol su idea más hermosa, el que le enseñó al mundo cómo puede verse el juego cuando once jugadores se mueven como un solo pensamiento, llega a un torneo construido alrededor de su central. No de un creador. No de un sueño. De un defensor, de un entrenador que también lo fue, y de una columna pensada para ser difícil de romper antes que deslumbrante.

La forma más linda de perder

Para entender lo lejos que está eso de su carácter hay que recordar lo que Países Bajos siempre fue. Es el mejor equipo que nunca ganó un Mundial, y se ganó el título por el camino difícil: tres finales, tres derrotas, cada una un desengaño distinto. Perdió ante Alemania Federal en 1974 jugando el fútbol más admirado que había visto el torneo, un equipo tan adelantado a su época que el mundo recuerda a los perdedores y olvida quién levantó la copa. Volvió a caer en 1978, en Argentina, en el alargue, de visitante. Y perdió en 2010 ante España, esa vez renunciando a su propia belleza por algo más feo y pagando el cinismo y la derrota.

El Fútbol Total fue el regalo y la herida. Hizo de Países Bajos la nación más influyente que nunca fue campeona y le metió a la camiseta naranja una exigencia que cada generación cargó: sé brillante, sé valiente, sé hermosa, y perdé. El romanticismo era el sentido, y el romanticismo era el problema.

Armada desde el fondo

Koeman conoce esa historia en sus propias piernas. Fue uno de los grandes defensores neerlandeses, un central que hacía goles, mandaba y ganaba lo que esta selección nunca pudo, y el equipo que armó parece un hombre construyendo a su imagen. Su fuerza está atrás. Virgil van Dijk, el mejor defensor de su generación, es el capitán de una zaga cargada de dureza de la Premier League: la velocidad de recuperación de Micky van de Ven, Jurrien Timber de regreso de las lesiones que casi le cuestan el lugar, el joven Jorrel Hato, Denzel Dumfries proyectándose por la derecha. No es una línea que pida ser admirada. Pide ser incómoda.

Adelante, un doble cinco hace el mismo trabajo sin brillo: Frenkie de Jong, el futbolista más dotado del plantel, junto a Ryan Gravenberch, que cubre el terreno que De Jong prefiere no pisar. De Jong recibe, gira y filtra; Gravenberch corre, presiona y protege. Con ese motor, Países Bajos pasó la eliminatoria sin perder, empatando apenas dos veces con Polonia y ganándole al resto. Por una vez se volvieron aburridos de enfrentar, y lo dicen como un elogio.

El hueco donde estaba el sueño

Pero un equipo armado desde el fondo igual tiene que convertir, y acá el nuevo pragmatismo empieza a parecer menos una elección que una necesidad. Países Bajos iba a traer a este Mundial a un creador de verdad. Xavi Simons debía ser ese, el 10 alrededor del cual fluiría la creación, y en la primavera europea su rodilla cedió: rotura del ligamento cruzado anterior en un partido de la Premier, y su torneo terminó antes de empezar. A un jugador así no se lo reemplaza. Solo se reparte la carga.

Así que la creación cae ahora en Tijjani Reijnders, un buen mediocampista al que le piden ser algo más, fabricar en el último tercio el destello que antes era patrimonio neerlandés. Cody Gakpo aporta la amenaza más confiable por la izquierda, metiéndose hacia adentro a su pierna derecha; la combinación de Dumfries y Gakpo por el carril es la jugada repetible más peligrosa del equipo. Y más allá está Memphis Depay, máximo goleador histórico del país, hoy en un club brasileño y en su cuarto Mundial, de vuelta de una lesión muscular para un último intento con el único premio que siempre se le escapó. En el papel, alcanza. También es más fino de lo que Países Bajos suele admitir.

El camino y lo que hay al final

El sorteo fue manejable, que es otra forma de prueba. Países Bajos debuta ante Japón, el rival más rápido y ordenado del grupo, una selección que presiona en oleadas y no se achica ante la camiseta naranja. Después Suecia, física, directa y peligrosa en la pelota parada. Luego Túnez, ordenada y terca, de las que les bajaron los humos a equipos mejores que este. Un plantel de esta calidad debería pasar. Y los neerlandeses, más que nadie, saben lo que vale ese debería en un Mundial.

Se los va a medir más tarde, en los partidos donde el rival deja de replegarse y empieza a disputar, donde un equipo que defiende bien y crea con cuidado encuentra al jugador capaz de abrir una puerta cerrada o descubre que no lo tiene. Esa es la apuesta de Koeman: que se puede ganar este torneo siendo sólido, honesto y difícil de batir, que el trofeo que los románticos nunca levantaron termine en manos de una Oranje que dejó el romanticismo. Sería la victoria más rara: Países Bajos campeón el único verano en que dejó de intentar ser Países Bajos.

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