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Mundial 2026, cuartos de final: España sufrió, no jugó bien y otra vez la salvó un suplente para meterse en semifinales

Jack T. Taylor

Hay jugadores que no necesitan el partido entero: les alcanza con un minuto. Mikel Merino es uno de esos. España estaba trabada, Bélgica se sentía viva, y el navarro entró desde el banco para mandar a su selección a las semifinales del Mundial. Lo más llamativo no es que lo hiciera. Es que lo hizo por segunda eliminatoria seguida. El hombre que siempre llega tarde volvió a llegar justo cuando el partido lo pedía.

El gol nació de un error y de un instinto. Pau Cubarsí sacó un derechazo de lejos, más atrevido que preciso, y el arquero suplente de Bélgica, Senne Lammens, no lo pudo retener: la pelota se le escapó de las manos como si le quemara. Ahí estaba Merino, sin dudar, para empujarla al fondo. No fue un golazo de manual. Fue un gol de estar parado exactamente donde el error del rival te invita a estar.

Antes España había abierto el marcador cuando todavía parecía la favorita que todos temían. Lamine Yamal se fue por la derecha y tiró el centro para Dani Olmo, cuyo remate lo tapó Thibaut Courtois con una de esas atajadas que sostienen a un equipo. Pero el rebote le quedó a Fabián Ruiz, y Fabián no perdona esas segundas pelotas. El 1-0 parecía una sentencia temprana.

No lo fue. Bélgica escuchó todo el torneo que su papel era perder con dignidad y decidió no cumplirlo. Charles De Ketelaere empató de cabeza antes del descanso y devolvió al equipo de Rudi García a una discusión que parecía cerrada. El técnico belga había dicho antes del partido que «todos esperan que España nos gane». Durante largos tramos, sus jugadores se dedicaron a discutir esa frase dentro de la cancha.

Lo que pasó afuera del rectángulo pesó tanto como lo de adentro. Bélgica perdió a su capitán, Youri Tielemans, en el calentamiento, por una lesión que le rompió el plan antes de arrancar. Y después perdió a Courtois, su muralla, en el segundo tiempo, también lesionado. Cuando un equipo pierde a su arquero titular en un partido así, no cambia un nombre: cambia la seguridad. Lammens entró a cuidar un arco que hasta entonces había sido intocable, y el margen de error se achicó hasta desaparecer.

Por eso la despedida duele tanto. Esta Bélgica cargaba una etiqueta que ya era un peso: la generación dorada. Kevin De Bruyne, Romelu Lukaku, un ciclo entero que prometió un título y se va de un Mundial sin tocarlo. No es la primera vez que un grupo enorme se queda en la puerta, pero cada vez que ocurre uno se pregunta cuánto fútbol entra entre lo que un equipo merece y lo que un equipo consigue.

Seamos sinceros: España tampoco mostró el fútbol que la puso entre las candidatas. La salida fue plana, la pelota no circuló, y el equipo de Luis de la Fuente dependió de momentos más que de dominio. Ganó porque tuvo a Yamal para inventar, a Fabián para cazar un rebote y a Merino para aparecer justo cuando se definía todo. Ganar sin jugar bien incomoda, pero también es una virtud: la tienen los equipos que llegan lejos en un Mundial.

Y en el corazón de esa virtud está Merino, que se volvió algo raro y valioso: el especialista del tramo final. No es el que arma el juego; es el que lo cierra. En dos cruces seguidos entró desde el banco para firmar el gol que empuja a España hacia adelante. Hay futbolistas que necesitan noventa minutos para meterse en un partido. A él le alcanza con el minuto exacto.

Ahora viene Francia en las semifinales, el sábado 14 de julio en el AT&T Stadium de Arlington, Texas. Los franceses llegaron sin despeinarse: eliminaron a Marruecos sin forzar la máquina, con la calma de quien sabe que el torneo recién empieza en serio. Será una España que gana a puro momento contra una Francia que administra su fútbol como quien cuida una ventaja.

Queda una pregunta que la propia España dejó flotando: ¿qué versión va a aparecer contra Francia, la que se traba o la que resuelve? Merino, mientras tanto, va a esperar en el banco. Es el mejor lugar para ver el partido antes de decidirlo.

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