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Caída libre: Toda la verdad sobre Boeing: Netflix retoma el caso donde lo dejó la muerte de John Barnett

Martha Lucas

John Barnett trabajó treinta y dos años en las plantas de Boeing y dejó pruebas que ninguna oficina de prensa pudo borrar: fotos de virutas de metal junto al cableado de control de vuelo, registros de sistemas de oxígeno que en las pruebas no habrían dado oxígeno y memos sobre fallas que, dice, sus jefes preferían no ver. Estaba en plena declaración judicial contra la empresa cuando lo encontraron muerto en el estacionamiento de un hotel. Rory Kennedy arma su nuevo documental alrededor de esa ausencia y de la pregunta que obliga a hacerse: si ya no está el hombre que tenía las pruebas, quién sostiene el caso.

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Barnett fue jefe de calidad en la planta de Charleston del Norte, donde se ensambla el 787, y sus denuncias eran concretas. Hablaba de una fábrica tan exigida por el ritmo que montaban piezas defectuosas sacadas de la basura, que se firmaban papeles de seguridad para no frenar el calendario y que buena parte de los sistemas de oxígeno que revisó fallaba. Boeing siempre rechazó su versión y remite a sus propias revisiones. El documental no deja olvidar que Barnett lo siguió documentando durante años, convencido de que una queja bien presentada terminaría alcanzando: y esa convicción es justo lo que la historia pone a prueba.

Caída libre: Toda la verdad sobre Boeing es el regreso de Kennedy a un tema que creía cerrado. Su película anterior, Downfall, reconstruyó cómo el 737 MAX se cayó dos veces por un sistema que casi ningún piloto conocía. Este documental no vuelve sobre eso. Da por sabidos el MAX, los dos accidentes y las audiencias donde los directivos pidieron perdón sin sujeto. Lo que quiere saber es más filoso: qué cambió de verdad adentro.

La respuesta que arma, con el testimonio de Barnett y de otros empleados que hablaron tras su muerte, es que la cultura se dobló pero no se rompió. Los trabajadores cuentan que les pedían no parar la línea, firmar trabajos que ellos mismos habían marcado, tratar una cuota mensual como si fuera ley de la física. Kennedy, otra vez con el guionista y productor Mark Bailey, no va tras un solo culpable. Su tema es la maquinaria de voltear la mirada: cómo una institución reparte una mala decisión entre tantas manos que ninguna siente haberla tomado.

El documental está montado como una declaración a la que su testigo principal no puede llegar. Kennedy cruza los testimonios con el archivo: imágenes internas de la fábrica, llamadas grabadas y la prosa fría de los documentos de seguridad leída en voz alta hasta que el eufemismo suena a confesión. Barnett aparece en entrevistas viejas, con su calma de Luisiana intacta, explicando sus temores con la paciencia de quien supone que los hechos bastarán. La película deja esa suposición en el aire, porque la historia alrededor ya la respondió.

Lo que evita que se vuelva homenaje es que no deja que el duelo haga el trabajo de las pruebas. Los que siguen a Barnett no son mártires: son empleados con deudas y con miedo razonable a ser el próximo nombre en un titular, que igual deciden hablar. La cámara los mira dudar. Esa duda, visible y sin resolver, es lo más honesto del documental, y ahí la secuela se gana su lugar en vez de vivir del prestigio de la primera.

El marco es una empresa todavía metida en su crisis. Un panel que se desprendió de un avión de Alaska Airlines en pleno vuelo, la vigilancia renovada de la Administración Federal de Aviación y un caso del Departamento de Justicia que avanza a los tumbos: Kennedy pone el testimonio humano frente a una historia corporativa que suma capítulos más rápido de lo que un documental puede cerrarlos. No finge un veredicto que la justicia no dio; deja que la acumulación pese.

Freefall: A Reckoning for Boeing
Freefall: A Reckoning for Boeing. Merle Meyers in Freefall: A Reckoning for Boeing. Cr. Courtesy of Long View Productions

Y termina donde no puede resolver. Ninguna certificación, ningún acuerdo ni ningún comunicado devuelve lo que un pasajero sube a un avión sin pensarlo: confiar en que quienes lo armaron tuvieron permiso de que les importara si aguantaba. Esa es la cuenta que pide el título, y no es una que Boeing pueda firmar y archivar. Le toca a quien se suba al próximo vuelo.

Caída libre: Toda la verdad sobre Boeing se estrenó en el festival DC/DOX y dura noventa y tres minutos. Dirigida y producida por Rory Kennedy para Imagine Documentaries y Moxie Films, con Brian Grazer y Ron Howard como productores ejecutivos, llega a Netflix en todo el mundo el 19 de agosto.

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