Televisión

Rivals vuelve a Disney+: Tennant y el folletín de 1986 sacan más colmillo

El Tony Baddingham de David Tennant sostiene la segunda temporada de la adaptación de Disney+ del folletín de Jilly Cooper ambientado en 1986
Jun Satō

Rivals vuelve a Disney+, y la serie que convirtió los folletines de Jilly Cooper de los ochenta en una apuesta de prestigio para el streaming regresa más filosa. El Tony Baddingham de David Tennant, el villano de cabecera en el centro de una guerra de franquicias al estilo ITV en 1986, ancla la nueva temporada mientras el imperio de Corinium Television sigue peleando para sobrevivir. La temporada 2 retoma la rivalidad con la que arranca la novela de Cooper y la aprieta. La primera temporada demostró que un drama de época ochentero con sexo, ambición y guerra de clases inglesa sin disculpas podía sostener Disney+; la segunda mide hasta dónde lo va a dejar correr la plataforma.

Disney+ devolvió la temporada 2 a su ritmo de estreno semanal: los episodios caen uno por uno, igual que en la primera, para construir conversación alrededor de la serie. La nueva entrega vuelve a abrir el conflicto del consejo de Corinium: el imperio televisivo de Tony contra el ascenso rural de Rupert Campbell-Black, con matrimonios y contratos hipotecados al resultado. Cooper escribió la novela en 1988, con las primeras guerras de franquicia de ITV todavía frescas; la adaptación dejó intacto el telón de fondo de la desregulación mediática de la era Thatcher y lo trata como motor del drama, no como decorado.

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Alrededor de Tennant, el núcleo de reparto que construyó la audiencia de la primera temporada regresa intacto. Alex Hassell interpreta a Rupert Campbell-Black, el saltador olímpico vuelto diputado conservador cuyas ambiciones públicas y privadas operan con el mismo motor. Nafessa Williams vuelve como Cameron Cook, la productora estadounidense que Tony importó para darle un corte más filoso a la parrilla de prestigio de Corinium. La Taggie O’Hara de Bella Maclean, centro romántico del registro más suave de la serie, sostiene el pivote emocional de la temporada. La Lizzie Vereker de Katherine Parkinson es la escritora-observadora a la que la serie recurre cuando necesita bajar el ritmo y leer su propia sala. La temporada 2 está armada alrededor de esos cinco personajes.

La novela de Cooper llegó en 1988, en la segunda mitad de la década que su obra terminaría definiendo. La etiqueta «folletín» (bonkbuster, en su versión inglesa) que ella popularizó más que nadie cruzaba el romance de alta sociedad con la sátira de redacción y una política sexual directa; cuando Rivals llegó a las librerías, era su expresión más filosa. La adaptación de Disney+ no intentó suavizar el formato. La primera temporada se inclinó hacia los apetitos del original: los amoríos, los dardos de clase, los operadores de oficina. La segunda está construida sobre la misma calibración. La voz de Cooper sobrevive el trasvase: la serie sigue siendo una comedia sobre gente que jamás se describiría como graciosa.

Para Disney+ EMEA, Rivals es la prueba más exitosa de si una plataforma de streaming con la marca Disney puede sostener un drama de prestigio inglés con un registro sex-positive que el brazo estadounidense rara vez produce. La producción británica de Happy Prince con The Walt Disney Company EMEA entregó una serie que convive sin problemas con las propuestas de prestigio de la BBC y la ITV con las que la plataforma compite, y la temporada 2 va a medir qué tan duradero es ese experimento. La conversación en torno a Rivals entre los suscriptores británicos y europeos es lo más cercano a un éxito de boca a boca de ficción que la plataforma tuvo desde su lanzamiento.

1986 es el año al que la serie vuelve una y otra vez. Cooper situó Rivals en la temporada en la que las guerras de franquicia televisivas británicas empezaban a morder y la clase periodística posimperial del país estaba siendo rearmada por la desregulación y el dinero. La producción se cuidó con la época: la artesanía de prestigio está en el vestuario y en la caligrafía del consejo, pero la serie no idealiza la década. El imperio de Tony se financia con tratos que él no pondría en papel con membrete, y el ascenso político de Rupert tiene la misma textura. La ambientación de 1986 es la fricción, no la nostalgia.

El patrón de estreno se mantiene semanal. Los episodios llegan de uno en uno y dejan que la temporada sostenga la conversación durante el verano en vez de colapsarla en un ciclo de maratón. Para una serie cuyo público se formó con la estructura de escenas de mesa que Cooper convirtió en su firma, lo semanal es la opción de distribución más honesta. Cada episodio es un capítulo que termina en una reunión de consejo, una pelea o una traición, armado para ser discutido antes de que llegue la próxima entrega.

La clasificación TV-MA se mantiene intacta. La versión de Rivals que Disney+ encargó no suaviza la franqueza del original sobre el sexo, la ambición o las economías de clase que mueven a ambos. El registro del drama inglés ochentero que la BBC y la ITV recortaban para la transmisión vive aquí sin esos cortes, y la plataforma usó ese margen para dejar que el elenco interprete el material como está escrito. La temporada 2 se lee como la entrega en la que la forma se asentó: producción confiada, elenco suelto, sala de guion confiando en la fuente.

Lo que Rivals hace en Disney+ es lo que su novela original hizo en 1988: negarse a pedir perdón por interesarse por gente que se porta mal. La serie trata su consejo de Corinium de 1986 como un lugar donde el dinero, el sexo y la televisión se cocinan en las mismas conversaciones, y no finge que eso sea vergonzoso. La temporada 2 deja esa apuesta sobre la mesa. Si la plataforma renueva el trato, va a decir algo sobre qué clase de drama de prestigio inglés está realmente preparada para respaldar Disney+.

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