Análisis

Last One Laughing: Halloween, qué dice la crítica: prohibir gritar no pesa y la risa manda

Last One Laughing: Halloween, de Prime Video, prohíbe gritar además de reír. La crítica británica no se pone de acuerdo sobre si la nueva regla importa, y las reseñas sugieren que el especial funciona justo porque casi no pesa.
Molly Se-kyung
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Last One Laughing: Halloween, el spin-off de Prime Video del concurso en el que un grupo de comediantes intenta no reírse de los demás, llegó con una sola regla nueva. Si te ríes, tarjeta. Si gritas, también. Los productores armaron una casa embrujada alrededor de la idea, con lápidas falsas, muñecas que dan miedo y actores disfrazados de zombis, según la descripción del set que hace The Telegraph.

La crítica británica coincide en casi todo sobre el especial, menos en la regla que debía definirlo. Esa división es lo más revelador de las reseñas. Nuestra lectura: prohibir los gritos es la idea más floja de Last One Laughing: Halloween, y el especial funciona porque se resbala de regreso al juego que el programa ya tenía, siete comediantes que deciden, minuto a minuto, no reírse unos de otros.

Si te preguntas si el especial vale cuatro medias horas de tu semana, las reseñas responden que sí, casi por unanimidad. La pregunta más interesante es para quien ama el programa. Amazon tiene una tercera temporada en camino y sigue encontrando nuevas formas para el formato, y la regla del grito es la primera prueba real de cuánto se puede disfrazar una idea muy simple antes de que el disfraz empiece a hacer el trabajo que antes hacían los comediantes.

La regla del grito en Last One Laughing: Halloween divide a la crítica

A Ellie Harrison, que escribió la reseña de The Independent, le gusta el giro. Los concursantes tienen prohibido reírse y sonreír, y ahora tampoco pueden «gritar, chillar, aullar ni pegar alaridos» mientras sus rivales y los productores intentan asustarlos. «El giro de prohibir los chillidos le suma al juego una dimensión extra muy divertida», escribe. En su relato, los comediantes alternan sus habituales caminatas nerviosas con ratos sentados muy quietos, y algunos se niegan a abrir el refrigerador por si sale la cabeza en descomposición de David Mitchell, ganador de la temporada pasada, de entre un montón de lechuga iceberg. Sale.

Ed Power, en The Telegraph, va más lejos. «Pero son los sustos los que, invariablemente, terminan por desbordarlos», escribe, y recuerda que con las reglas de Halloween «los gritos y las risas están igual de prohibidos». Cuenta que una mano de zombi que aparece en un lugar inesperado hace que un concursante pierda el control por completo, y menciona un chiste con una prótesis de extremidad y un cuchillo de carnicero.

Rachel Aroesti, en The Guardian, vio otra cosa. Esperaba que el giro corrigiera «uno de los pocos defectos del formato: que el reto es demasiado fácil para cierto tipo de personalidad». En cambio, escribe, en los tres episodios que recibió la crítica «esta nueva salvedad casi no aparece». Steve Bennett, de Chortle, el sitio británico de comedia, es más directo: «en la práctica, este giro se abandona pronto», aunque no antes de que un comediante se gane una tarjeta amarilla por caer en un susto repentino.

Por qué el grito es lo que no había que prohibir

Bennett también plantea el argumento más filoso de toda la ronda de reseñas. La regla del grito, escribe, «parece trampa, dado lo fácil que es provocar una reacción refleja que cuesta más controlar que una risa». Estamos de acuerdo, y la razón va al centro de lo que es el programa. Cada ronda de Last One Laughing depende de una decisión. Un comediante escucha algo chistoso y tiene una fracción de segundo para decidir si deja que se le note en la cara. Es una competencia de gusto cómico y autocontrol. Un susto se brinca la decisión. Castigar un grito mide los nervios, y nadie prende la tele para ver nervios.

La siguiente frase de Bennett apunta adonde el disfraz de Halloween sí ayuda: «Más interesante es intentar aguantarse una risa de alivio una vez que pasó una amenaza percibida». Aquí el miedo sirve como preparación, y el remate sigue siendo una risa. Leídas otra vez, las anécdotas de sustos favoritas de los críticos dicen lo mismo. El refrigerador y la mano de zombi se describen como momentos que quiebran a la gente en la moneda propia del formato, que siempre fue la risita que un comediante no logró tragarse.

La regla tampoco resuelve el verdadero problema estructural del programa. Aroesti recuerda que en la temporada pasada tanto David Mitchell como Sam Campbell llegaron al final del tiempo asignado sin quebrarse, «lo que obligó a los productores a torcer las reglas con un desempate». Chortle informó en su momento que a algunos espectadores ese final les pareció anticlimático. Prohibir los gritos podría, en teoría, haber separado a los estoicos. Con lo que muestran los tres primeros episodios, nadie puede decir todavía que lo logre.

Los argumentos a favor de la casa embrujada

La defensa más sólida del giro es esta. Un formato tan austero necesita presión nueva, o se echa a perder. Harrison lo dice sin rodeos: «Difícilmente se podría imaginar un formato más simple y barato que grabar a un grupo de comediantes intentando no reírse en un estudio durante unas horas». Bruce Dessau, el crítico detrás del sitio de comedia Beyond the Joke, escribe que la segunda temporada «se desinfló un poco» tras el éxito de la primera, y que el primer episodio de Halloween «encuentra el formato otra vez en plena forma». Según esa lectura, el truco se ganó su lugar: un set nuevo, un miedo nuevo y un motivo nuevo para volver entre temporadas, justo cuando el programa principal empezaba a verse cansado.

Pero hay que fijarse en lo que los críticos aplauden de verdad. El favorito de Dessau es Jack Dee, y su momento estelar es la rutina de Daisy May Cooper con The Raven (El cuervo) de Edgar Allan Poe, leído en voz alta por Charlie Cooper, a quien The Independent identifica como su hermano. Harrison destaca la rutina de lucha semidesnuda de Tom Allen, un juego de acentos regionales destrozados que dirige Steve Pemberton y la imagen de Jack Dee bailando. Aroesti se ríe con el breakdance de Allen y con el baile sobre ranas de Lou Sanders, y concluye que «lo mejor viene de los giros aleatorios de la conversación y de los extraños pedacitos de material preparado que los concursantes se lanzan unos a otros». Ninguno de esos momentos es un grito. Todos son comediantes tratando de hacer reír a otros comediantes.

La idea de Halloween que sí funciona es el elenco. Reece Shearsmith, cocreador de The League of Gentlemen y Inside No. 9, es en palabras de Bennett «la elección perfecta, dado que la zona donde se cruzan el terror y la comedia en el diagrama de Venn es donde pasó toda su carrera». Bennett llama al tercer episodio «el clásico absoluto de cinco estrellas» de la tanda, en parte por un invitado sorpresa que al parecer llegó con el único propósito de quebrar a Shearsmith. Dee, «el hombre más gruñón y con más cara de póker de la comedia» para Bennett, resulta ser el otro motor del especial: Aroesti escribe que «el hombre nunca se vio tan feliz de salir en televisión». El tema eligió a la gente, y la gente sacó adelante el programa.

Last One Laughing y el miedo británico al exceso

Aroesti plantea la preocupación de fondo mejor que nadie. «La comedia británica es una iglesia amplia unida por un adagio sencillo: menos es más», escribe, y menciona Fawlty Towers, The Young Ones, Brass Eye y The Office, todas de vida corta. En el Reino Unido, sostiene, la comedia se trata «como un recurso finito y valioso que puede agotarse en cualquier momento». Llegó escéptica. «¿Por qué Halloween, salvo porque cae seis meses después de la última edición?», se pregunta, y señala que algunos concursantes parecen «forzados a encajar en la temática». Su verdadera pregunta es si «este bocadillo de relleno» podría «diluir la preciosa alegría de la temporada anual propiamente dicha».

La lógica comercial apunta hacia el lado contrario. Chortle, al reportar el premio del programa en los Broadcast Awards, escribió que la primera temporada reunió a seis millones de espectadores en su primer mes en el Reino Unido, lo que la convirtió, en palabras de Chortle, en el segundo estreno de serie más popular en la historia de Prime Video, solo detrás de Clarkson’s Farm. Después, la primera temporada ganó el Bafta de entretenimiento, y Bob Mortimer se llevó el Bafta a la mejor actuación en entretenimiento. El formato viene de la serie japonesa Documental, y Chortle cuenta versiones en 25 países. Una plataforma con tanta demanda va a seguir produciendo más.

Power nombra el riesgo sin proponérselo. Last One Laughing, escribe, «está apenas unos peldaños por encima de cualquier basura de YouTube en la que podrías perder 20 minutos. Pero lo desechable también es parte de su encanto». Agrega que cuatro medias horas dedicadas a pedir dulces «se pasan un poco con el pay de calabaza». Aroesti llega a un lugar más cálido: el programa «resulta ser puro dulce, ningún truco cínico». Los dos veredictos se sostienen por ahora. El cansancio del truco es la amenaza menor. La mayor es que un programa construido sobre el esfuerzo de siete personas que se aguantan termine como ruido de fondo, lo que pones entre cosas mejores.

Last One Laughing: Halloween, lo confirmado y lo que sigue abierto

Lo confirmado: Last One Laughing: Halloween es un especial de cuatro episodios en Prime Video; los tres primeros se estrenaron el 23 de octubre de 2026 y el final llega el 30 de octubre. Los siete concursantes son Jack Dee, Daisy May Cooper, Phil Wang, Lou Sanders, Reece Shearsmith, Harriet Dyer y Tom Allen; Cooper y Sanders regresan de la primera temporada. Jimmy Carr conduce desde un cuarto contiguo con la coconductora Roisin Conaty y, como explica The Telegraph, una risa o un grito valen tarjeta amarilla, y dos significan la eliminación. The Independent menciona a Charlie Cooper, Catherine Tate y Steve Pemberton entre los invitados.

También confirmado: Amazon anunció el especial junto con una tercera temporada en marzo de 2026, y esa tercera temporada está prevista para 2027 con un elenco que incluye a Lee Mack, Katherine Ryan, Harry Hill y el regreso de Richard Ayoade. La respuesta de la crítica es positiva en The Guardian, The Independent, The Telegraph, Chortle y Beyond the Joke. The Independent le dio cuatro estrellas y explica que la quinta que falta se debe a la escenografía chillona.

En disputa: si la regla del grito aporta algo. Harrison y Power dicen que sí; Aroesti y Bennett, que se desvanece casi de inmediato. Todavía sin respuesta: el final, que no se entregó a la crítica, así que nadie fuera de la producción puede decir si la prohibición de gritar termina por decidir al ganador. En MCM no vimos el especial; todo lo que se cuenta arriba sobre lo que pasa en pantalla viene de las reseñas citadas. El veredicto es nuestra lectura de ellas: la regla se desvanece porque el formato nunca la necesitó.

El mejor resumen del especial sale de adentro. Harrison cita a Tom Allen en pleno juego: «Hasta ahora todo ha sido muy divertido. Ojalá hubiera podido avisarle a mi cara». Nadie tuvo que gritar para que esa frase funcionara.

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