Negocios y Finanzas

Valor del dinero en el tiempo: por qué tu dinero vale más hoy que mañana

Victor Maslow
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Si le ofrecieran a alguien un sobre con dinero en efectivo hoy o el mismo sobre el próximo año, el valor del dinero en el tiempo explica por qué casi nadie elegiría esperar. Una suma disponible ahora vale más que esa misma cantidad prometida para después: el dinero que se tiene hoy puede generar rendimientos, conserva su poder de compra antes de que suban los precios y no corre el riesgo de que la promesa nunca se cumpla.

Esta sola idea determina, sin hacer ruido, el precio de buena parte de la vida económica. Establece el interés de una hipoteca y el rendimiento de un bono del gobierno, define si una empresa construye una fábrica, explica por qué a quienes ganan la lotería les ofrecen un premio en efectivo menor y determina cuánto debe ahorrar una persona para jubilarse dentro de varias décadas. Cualquiera que pide prestado, presta, ahorra o invierte está intercambiando dinero a través del tiempo, lo piense así o no.

El mecanismo funciona en dos direcciones. Hacia adelante, se llama capitalización: el dinero invertido a una tasa determinada genera intereses, y esos intereses a su vez generan más intereses. Si se depositan $100 en una cuenta que paga 5% anual, la suma crecerá hasta llegar a unos $163 después de una década; cada año posterior agrega más que el anterior porque la base sigue aumentando. La fórmula es sencilla: el valor futuro equivale al valor presente multiplicado por uno más la tasa, elevado al número de periodos. Un atajo popular, la regla del 72, estima cuánto tarda una inversión en duplicarse al dividir 72 entre la tasa anual. A una tasa de 6%, el dinero se duplica en aproximadamente 12 años.

Hacer el mismo cálculo a la inversa se conoce como descontar, y es la parte más útil. Para saber cuánto vale hoy un pago futuro, hay que dividirlo entre uno más la tasa por cada año de espera. Una promesa de recibir $1,000 dentro de diez años, descontada a una tasa de 5%, equivale a unos $614 hoy. La tasa elegida, conocida como tasa de descuento, es el factor que más pesa. Cuanto más alta sea, menos vale el dinero futuro.

Los economistas suelen dividir la diferencia entre el presente y el futuro en tres partes. La primera es el costo de oportunidad: el rendimiento que el dinero podría haber generado en otro lugar. La deuda pública de corto plazo, como las letras del Tesoro de Estados Unidos, se toma como referencia de un rendimiento casi libre de riesgo. La segunda es la inflación, que reduce lo que se puede comprar con cada unidad de moneda. Con la meta de inflación de 2% que utilizan tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo, una suma pierde la mitad de su poder adquisitivo en unos 35 años. La tercera es el riesgo: todo lo que puede salir mal entre la promesa y el pago, desde que un prestatario incumpla hasta que se venga abajo un plan de negocios. Los prestamistas exigen un rendimiento adicional para asumirlo; por eso una empresa en dificultades paga más por endeudarse que un gobierno estable.

La idea es mucho más antigua que las hojas de cálculo. En el siglo XVI, Martín de Azpilcueta, teólogo de la Escuela de Salamanca, sostuvo que el dinero disponible ahora se valora naturalmente más que la misma cantidad disponible después, aunque siguió condenando la usura. En 1930, el economista estadounidense Irving Fisher formalizó esta disyuntiva en The Theory of Interest, donde describió las tasas de interés como el punto en que la impaciencia de las personas por gastar se encuentra con las oportunidades de inversión.

La lotería ofrece la demostración pública más clara. El premio mayor de Powerball en Estados Unidos se anuncia como el total de una anualidad: 30 pagos distribuidos a lo largo de 29 años, cada uno 5% mayor que el anterior. Quienes ganan y eligen recibir el efectivo obtienen, en cambio, el valor presente de esos pagos, que suele quedar entre la mitad y tres quintas partes de la cifra anunciada, según las tasas de interés. La lotería no está pagando menos de lo que corresponde: aplica el mismo descuento que aplicaría cualquier mercado de bonos.

Las hipotecas muestran las cuentas desde el punto de vista de quien pide el préstamo. Un crédito de $300,000 a una tasa de 6.5%, pagado en 30 años, cuesta unos $1,896 al mes, o alrededor de $683,000 en total. Así, quien pide el préstamo paga más de $380,000 por el privilegio de vivir en la casa ahora, en vez de hacerlo después de décadas de ahorro. Las finanzas corporativas siguen la misma lógica con el nombre de valor presente neto: un proyecto se aprueba cuando el valor descontado de sus flujos de efectivo futuros supera lo que cuesta hoy.

Para quienes ahorran, las cuentas premian más empezar pronto que ahorrar más. Una persona que aparta $200 al mes desde los 25 años, con un rendimiento anual promedio de 7%, tendría unos $525,000 a los 65, aunque solo habría aportado $96,000 de su propio dinero. Si empieza a los 35 y aparta la misma cantidad mensual, acumularía alrededor de $244,000. Esperar una década supone aportar $24,000 menos y terminar con más de $280,000 menos en patrimonio. Son cifras ilustrativas, antes de comisiones e impuestos, y los rendimientos del mercado nunca están garantizados; aun así, la curva mantiene la misma forma con casi cualquier tasa realista.

Las personas no descuentan el futuro de manera uniforme, y ahí es donde la teoría se cruza con el comportamiento. Economistas conductuales como Richard Thaler han documentado que las personas descuentan el futuro cercano con mucha más intensidad que el lejano, un patrón conocido como descuento hiperbólico. Muchas preferirían recibir hoy una recompensa menor en lugar de una mayor mañana, pero aceptarían esperar un día más si ambas opciones estuvieran a un año de distancia. Los experimentos del malvavisco de Walter Mischel en Stanford, realizados entre 1968 y 1974, hicieron famosa la gratificación diferida, aunque una réplica mucho más amplia, dirigida por Tyler Watts en 2018, encontró que la relación entre la paciencia infantil y el éxito posterior era mucho más débil de lo que se había informado inicialmente.

Una vez que se entiende el concepto, las decisiones financieras cotidianas se ven de otra manera. Una oferta de una tienda sin intereses, una pensión que se puede cobrar en un solo pago o como ingreso mensual, una indemnización por despido repartida a lo largo de varios años: todas plantean la misma pregunta sobre cuánto vale hoy el dinero de mañana. Las tasas de interés son el precio que responde esa pregunta; por eso, una sola decisión de un banco central modifica al mismo tiempo el costo de las hipotecas, la valoración de las acciones y el valor de las promesas de pensión. Cuando suben las tasas, cada dólar futuro vale menos en términos de hoy.

La elección nunca fue entre el sobre de ahora y el sobre de después. Siempre se trató de cuánto dinero habría que poner en el segundo sobre para que valiera la pena esperar, y esa cifra tiene un nombre que todos conocemos: la tasa de interés.

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