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Abkarian lleva a De Gaulle del exilio a París en el cierre del díptico de Baudry

Liv Altman

Un general que cruzó la primera película sin ejército y con una sola frecuencia de radio enfrenta ahora algo más riesgoso: un país que vuelve a estar a su alcance y unos aliados que preferirían entregárselo a alguien más dócil. Es la situación que retoma Antonin Baudry en De Gaulle: Liberté, la segunda mitad de su díptico, donde el encierro del exilio en Londres cede su lugar a una pregunta más helada: quién manda en una nación cuando son los ejércitos ajenos los que empiezan a liberarla.

El subtítulo en francés retoma un verso del poema clandestino de Paul Éluard —Liberté, j’écris ton nom, «Libertad, escribo tu nombre»— y ese préstamo es en realidad una tesis. La cinta de Baudry habla de la autoría de una palabra: quién firma «libertad» sobre un país que se levanta, cuál versión de la historia queda como la oficial y qué pasa con quienes pusieron el cuerpo cuando llega la hora de rendir cuentas. Su De Gaulle ya no ruega que lo reconozcan; maniobra para volverse inevitable, que termina siendo la más ingrata de las dos batallas.

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Simon Abkarian retoma el papel y le ajusta la temperatura. El outsider tenso de los capítulos del exilio se endurece hasta volverse un estratega que aprendió que tener la razón no es lo mismo que estar al mando. La decisión de casting más filosa es Thierry Lhermitte —a quien el público ubica en la comedia— como el general Henri Giraud, el rival que Washington y Londres habrían preferido colocar justamente porque no llegaba con ideas políticas propias. Darle ese papel a una cara tranquilizadora ya es un argumento: el candidato del establishment es el que se deja tragar sin problemas.

Baudry, un exdiplomático que convirtió al Quai d’Orsay en la sátira de Crónicas diplomáticas antes de dirigir el thriller submarino El canto del lobo, sigue filmando la política de Estado como un problema de confianza a puerta cerrada. Pero Liberté también pide compararse con la tradición a la que se suma. Va tras el frío moral de El ejército de las sombras, de Jean-Pierre Melville, donde la Resistencia es ante todo logística, espera y miedo, y no consigue esquivar del todo la sombra de ¿Arde París?, de René Clément, aquel relato viejo y lleno de estrellas que trataba la Liberación como un desfile. Donde el De Gaulle reciente de Gabriel Le Bomin dejaba al hombre en lo doméstico y la historia en penumbra, Baudry apuesta por la fricción: la idea de que la Francia Libre la improvisó un puñado de gente terca y sin glamur, y que pudo derrumbarse en cualquier mesa de negociación.

El riesgo es precisamente el que la primera entrega mantenía a distancia. Una historia que cierra en la liberación quiere ser triunfal, y el triunfo es donde el relato del hombre providencial gana sin hacer ruido. Baudry es franco sobre la condescendencia angloamericana que su general tuvo que aguantar y sobre la intriga de palacio que lo enfrentó con Giraud; es más prudente con el ajuste de cuentas que llegó con la victoria: la depuración, el desplazamiento de los resistentes comunistas que tanto habían muerto, la mitología que el mismo De Gaulle dedicaría el resto de su vida a alimentar. Una cinta armada alrededor de un hombre seguro de su destino está siempre a un primer plano reverente de terminar dándole la razón, y la Liberación pone la luz que lo favorece.

Alrededor de Abkarian, Baudry satura el cuadro con el aparato de la Francia Libre y sus aliados desconfiados. Niels Schneider regresa como Leclerc, cuya columna blindada se vuelve el motor de la película rumbo a París; Karim Leklou y Stéphane Varupenne cargan con la Resistencia interna y sus pleitos; la Livia de Anamaria Vartolomei, personaje inventado, vuelve a ser la ventana de ficción al entorno del general. Del lado británico, el Churchill de Simon Russell Beale, el Anthony Eden de Tom Mison y el general Spears de Anthony Calf mantienen la alianza áspera en vez de sentimental. Noémie Schmidt aparece como Susan Travers, la británica que manejó para la Francia Libre en Bir Hakeim: un recordatorio discreto de que la historia tuvo muchos más autores que aquel cuyo nombre encabeza el afiche.

Simon Abkarian as Charles de Gaulle in De Gaulle: Liberté (2026)
Simon Abkarian in De Gaulle: Liberté (2026)

Baudry escribió otra vez el guion con Bérénice Vila, adaptando la biografía de Julian Jackson Una cierta idea de Francia, mientras Kacey Mottet Klein y Loïc Corbery completan el círculo político y personal como el ayudante Courcel y el político René Pleven. Pathé produce y distribuye, con Auvergne-Rhône-Alpes Cinéma, TF1 Films Production y una larga banca de socios franceses: la maquinaria industrial que el país guarda para sus grandes películas nacionales.

De Gaulle: Liberté dura unos 159 minutos y llegó a las salas francesas a comienzos del verano europeo, completando el relato que abrió De Gaulle: Résistance. Su camino internacional apenas arranca —Irlanda y el Reino Unido este mes— y por ahora no hay estreno confirmado en México ni en el resto de América Latina. Queda por ver si el público fuera de Francia se sentará ante una vida en dos películas de un hombre al que muchos ubican sobre todo por un aeropuerto parisino: ese es el albur comercial debajo del histórico. Pero como discusión sobre quién escribe la palabra libertad sobre un país, y a costa de quién, la segunda mitad de Baudry es la pelea más interesante.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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