Películas

Persona, la película con la que Ingmar Bergman desarma el cine para preguntar qué es de verdad un rostro

Martha Lucas

Dos mujeres están solas en una casa junto al mar. Una habla y habla; la otra decidió dejar de hablar por completo. Cuando Persona termina, ya no sabes con certeza cuál es cuál: sus rostros se deslizaron uno sobre otro en la oscuridad, y la película insinuó en voz baja que esa era la cuestión desde el principio. Pocas obras prometen tan poco sobre el papel y entregan algo tan perturbador.

El planteamiento no podría ser más desnudo. Elisabet Vogler, una actriz célebre, enmudece a mitad de una función y, simplemente, no vuelve a hablar; su médica la manda con una joven enfermera, Alma, a recuperarse en una casa de una costa pedregosa. Dos intérpretes, un solo escenario, casi nada de trama en el sentido común. De ese casi vacío levantó Ingmar Bergman lo que muchísima gente sigue considerando la película más radical jamás filmada por un director en la cima absoluta del medio.

Empieza desarmando el cine frente a ti. Persona arranca con un rollo tembloroso de fragmentos —el arco de un proyector, una araña, un cordero degollado, un clavo que atraviesa una palma, un niño que estira la mano hacia un rostro enorme y desenfocado— antes incluso de que comience el relato. A media película, la imagen misma parece rasgarse, chamuscarse y arder, como si la cinta se hubiera prendido en el proyector, y luego se recompone y sigue. Sven Nykvist lo filmó todo en un blanco y negro tan limpio que resulta quirúrgico, y su composición más célebre funde una mitad del rostro de cada mujer en un único retrato imposible.

Se sostiene por completo sobre dos actrices, y son extraordinarias. Bibi Andersson, como la parlanchina Alma, carga con casi todas las palabras —incluida una larga confesión, contada con toda sencillez, sobre una tarde en una playa que está entre los monólogos más cargados que escribió Bergman, dicho una vez y luego repetido con la cámara vuelta hacia quien escucha—. Liv Ullmann, como la observadora y reticente Elisabet, casi no dice nada y aun así domina la película. Persona fue el inicio de su larga colaboración con Bergman, y se entiende de inmediato por qué él nunca la dejó ir.

El título es la palabra latina para la máscara que el actor sostenía antaño en el escenario, y la película trata la identidad justo como ese objeto prestado. Alma se habla hasta vaciarse y empieza a confundirse con la mujer silenciosa a la que debería cuidar; el silencio de Elisabet resulta ser una forma de poder, quizá incluso de vampirismo. ¿Una mujer está absorbiendo a la otra? ¿Son dos mitades de una sola mente? ¿Es todo el encuentro una ficción que la película pone en escena abiertamente ante nosotros? Bergman se niega a resolverlo, y la negativa no es coquetería: es el tema.

Poco del cine de autor posterior queda fuera de su alcance. Tres mujeres de Robert Altman, Mulholland Drive de David Lynch, El cisne negro de Darren Aronofsky y una larga estirpe de dramas de dobles y de identidades que se disuelven remiten todos a esta película. Ocupa un sitio muy alto en casi toda encuesta seria sobre las mejores películas de la historia, y la crítica y las escuelas de cine llevan más de medio siglo desmenuzando sus ochenta y un minutos plano a plano sin agotarlos.

Nada de eso la vuelve un visionado cómodo. Es fría, atemorizante y deliberadamente irresuelta: una película de terror cuyo único monstruo es el yo. Lo que ofrece a cambio es la rara sensación de un arte poniendo a prueba sus propios límites en tiempo real y encontrando otros nuevos. Estrenada en 1966, no ha envejecido ni un día, porque nunca pretendió retratar su presente; pretendía averiguar qué pueden hacerse de verdad un rostro, una voz y una cámara entre sí. La respuesta a la que llega sigue siendo de veras inquietante. Por eso perdura.

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