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Corazón satánico, el noir vudú de Alan Parker donde Mickey Rourke persigue su propia condena

Martha O'Hara

Hay películas que envejecen hacia la respetabilidad. Corazón satánico hizo lo contrario: llegó como un shocker algo turbio y se fue endureciendo poco a poco hasta volverse un clásico, de esos que se citan en los seminarios de escuela de cine sobre cómo lograr que el pavor se vea hermoso.

Sobre el papel, es una historia de detective privado. Un desaliñado investigador neoyorquino llamado Harry Angel acepta el encargo de una persona desaparecida de un cliente cortés y vagamente siniestro, y empieza a jalar de un hilo. Lo que todavía no entiende, y lo que el público apenas empieza a sospechar, es que ese hilo está atado a su propia garganta.

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Una historia de detectives que abre una trampilla

La búsqueda saca a Harry del Harlem mugroso y lo hunde en una Nueva Orleans que humea de clubes de blues, iglesias de barrio y ceremonias de vudú. Los cadáveres se acumulan a su alrededor, cada crimen más barroco que el anterior, y el caso deja de tratarse de quién se llevó al desaparecido crooner Johnny Favorite para volverse sobre quién es en realidad el propio Harry. Al adaptar la novela Falling Angel de William Hjortsberg, Alan Parker arma la película como un noir que se inclina sin parar hacia el horror hasta que el piso, por fin, cede.

El oficio de Parker, la cámara de Seresin

Mickey Rourke como Harry Angel en Corazón satánico (1987)
Corazón satánico (1987)

La razón de que la película perdure es la textura. El director de fotografía Michael Seresin filma 1955 en ámbar y sombra, y Parker llena el encuadre con una gramática propia de la amenaza: ventiladores de techo, agua que cae, elevadores que bajan, sangre que florece donde no debería. La música de Trevor Jones se desliza entre el jazz, el blues del Delta y un grave zumbido sintetizado de desasosiego. Es una de las películas estadounidenses más físicamente atmosféricas de su década; casi se huele el gumbo y la podredumbre.

Rourke, De Niro y un reparto en caída libre

Mickey Rourke, en la cima de su carisma golpeado y sudoroso, es un casting perfecto: un actor que ya parece perdido y que sencillamente no ha leído todavía la última página. Frente a él, Robert De Niro interpreta al elegante Louis Cyphre con una contención aterradora, todo uñas cuidadas y huevos pelados con calma, logrando con la quietud más de lo que la mayoría de los villanos consigue a gritos. Lisa Bonet, elegida justo a contracorriente de su sana imagen televisiva, y Charlotte Rampling como una pitonisa de alta sociedad condenada completan un reparto que parece caer, todo entero, a la misma velocidad.

El escándalo, y por qué perdura

En su estreno, la película fue conocida sobre todo por su pleito con la censura: una escena de amor franca y salpicada de sangre entre Rourke y Bonet se ganó una clasificación X hasta que Parker recortó unos segundos para conseguir una R, y la participación de Bonet, entonces estrella de The Cosby Show, convirtió una elegante cinta de terror en una historia de tabloide. El ruido se apagó; la película no. Lo que antes se leía como provocación hoy se lee como compromiso, una película dispuesta a seguir su pacto hasta el fondo para que el trato se sienta real.

El veredicto

Corazón satánico no es impecable. El giro que entonces dejaba sin aire al público hoy se ve venir con más facilidad, y el ritmo se recrea donde pudo haberse apretado. Pero como pieza sostenida de atmósfera, oficio y fatalidad sobrevivió a la mayoría de sus vecinas de 1987, y el baile a dos con el diablo de Rourke y De Niro solo mejora con los años. Una película arriesgada, hermosa, genuinamente inquietante, y muy digna de reencontrar.

Dirección

Alan Parker

Alan Parker

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