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El Silencio de los Inocentes: el thriller de Demme que convierte la quietud en amenaza

Jun Satō

Un rostro llena el cuadro y mira casi de frente hacia afuera, no a otro personaje, sino a quien está del otro lado. Ese es el primer movimiento de El Silencio de los Inocentes, y el plano nunca devuelve el ángulo. Jonathan Demme levantó toda la película sobre esa línea de mirada, hasta que verla se siente menos como seguir un caso y más como sentarse frente a él, en la misma mesa.

El caso se enuncia rápido y cuesta sostenerlo. Clarice Starling, aspirante del FBI, recibe la orden de sacarle un perfil al doctor Hannibal Lecter, un psiquiatra brillante encerrado en una celda del sótano por crímenes que conviene dejar a la imaginación. Lecter negocia: una pista sobre un asesino al que apodan Buffalo Bill a cambio de un pedazo del pasado de Clarice. Jodie Foster interpreta a la aspirante; Anthony Hopkins, al prisionero, y esa negociación entre los dos mueve toda la película.

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La mirada

Demme y el director de fotografía Tak Fujimoto sostienen la cámara a la altura de los ojos y a una distancia inusualmente corta, y dejan que los personajes hablen casi hacia el lente. El efecto es silencioso y total: el espectador queda en el lugar de Clarice, leído por Lecter igual que ella, medido por cada hombre que la observa mientras baja hacia la celda. La música de Howard Shore se mantiene grave y fúnebre por debajo, más clima que melodía, sin conceder el sobresalto fácil. Nada en el cuadro es decorativo. El verde institucional de los pasillos, la barrera de plástico de la celda, la palomilla clavada en un cartón: cada superficie cumple una función.

Jodie Foster como Clarice Starling en El Silencio de los Inocentes (1991), dirigida por Jonathan Demme
Jodie Foster como Clarice Starling en El Silencio de los Inocentes (1991).

Dos actuaciones, un mismo cuarto

Hopkins aparece en pantalla apenas dieciséis minutos y se queda con cada segundo de la película, buena parte de ellos de pie, perfectamente inmóvil. Le quitó a Lecter el parpadeo y el gesto nervioso hasta que la quietud misma se lee como amenaza. Pero la película es de Foster. Su Clarice observa, no busca glamur, trabaja a la vista de todos: una joven que conserva la compostura en cuartos diseñados para quitársela. El Buffalo Bill de Ted Levine aporta el terror que los protagonistas mantienen a distancia, y el sótano que lo encierra entrega el pasaje más aterrador de la película, filmado en la penumbra verde de la visión nocturna.

La película que arrasó en los Óscar

Ganó mejor película, dirección, actor, actriz y guion adaptado: apenas el tercer título en la historia en llevarse los cinco premios mayores, después de Sucedió una noche y Atrapado sin salida. Ted Tally la adaptó de la novela de Thomas Harris y volvió un relato de asesino en serie en algo que la Academia estuvo dispuesta a coronar, y volvió a Lecter en una figura a la que la cultura no dejó de regresar: la película de Michael Mann que la precedió, las secuelas y la precuela que llegaron después, la serie de televisión que lo reimaginó. El AFI nombró tiempo después a Lecter el mayor villano que produjo el cine.

Por qué perdura

Lo que mantiene viva la película es la contención. Demme confía en el ojo y en el oído, retiene las peores imágenes y deja que dos actores carguen con la amenaza en primer plano. Sigue siendo uno de los pocos thrillers que ganó su prestigio sin ablandarse: un relato de procedimiento armado como una pieza de cámara, que todavía mira de frente a quien se sienta a verla.

Dirección

Jonathan Demme

Jonathan Demme

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