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Anna: El peligro tiene nombre y Luc Besson lleva treinta años demostrándolo

Liv Altman

Hay historias que un director lleva cargando tanto tiempo que ya no puede contarlas de otra manera. Luc Besson inventó su versión de la asesina forzada con La Femme Nikita, y desde entonces ha vuelto a ese pozo con Milla Jovovich, con Scarlett Johansson, y ahora con Sasha Luss en Anna: El peligro tiene nombre. La película no pretende sorprender; pretende funcionar. Y en buena medida lo logra.

El mejor momento del filme ocurre cuando Anna recibe su primera misión del KGB: liquidar a los guardias de un restaurante moscovita sin que nadie en el lugar entienda qué está pasando hasta que ya es tarde. Besson y el fotógrafo Thierry Arbogast —juntos desde la época de Nikita— filman la secuencia con vajilla rota y lógica espacial impecable. Es acción de la buena: sin efectos digitales de relleno, con coreografía que tiene sentido en el espacio físico.

La gran baza del filme es Helen Mirren, que interpreta a Olga, la jefa del KGB que recluta y maneja a Anna. Mirren convierte cada escena en territorio suyo sin esfuerzo visible: su Olga es temible precisamente porque actúa como si toda la guerra fría fuera un trámite que ya ha resuelto mil veces. Cillian Murphy, del lado de la CIA, aporta la contraparte: astuto, cansado, genuinamente humano detrás del rol de operativo.

Sasha Luss carga bien la parte física del personaje —el trabajo de escenas de acción es serio y ella lo vende— pero los momentos más silenciosos, donde Anna tiene que mostrar lo que piensa sin decirlo, le cuestan. El guión la compensa con una estructura no lineal que reorganiza los flashbacks para revelar que lo que parecía traición era maniobra. Funciona como puzzle; menos bien como retrato de una persona.

Éric Serra pone la música y Thierry Arbogast pone el brillo —los dos hombres de siempre— y el resultado es una película que suena y se ve como una producción europea de primer nivel. Las secuencias en París, con el modelaje como cobertura, tienen la ironía que Besson siempre le saca a la idea de convertir el cuerpo de una mujer primero en mercancía y luego en arma.

Anna: El peligro tiene nombre no va a sorprender a los fans de Besson, pero entrega lo que promete: acción slick, una actuación de Mirren que eleva todo lo que toca, y una historia de espionaje que se mueve sin tropiezos en sus casi dos horas. Si ya conoce La Femme Nikita, sabrá de qué estamos hablando antes de que empiece. Si no la conoce, esta es una entrada razonable al universo.

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