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Escape Room 2: Torneo De Campeones, la secuela que vuelve la supervivencia un juego más pulido y más hueco

Martha Lucas

Una buena película de trampas mortales es, en el fondo, un acto de magia disfrazado de carrera de obstáculos: tiene que hacerte creer que un cuarto puede pensar. Escape Room 2: Torneo De Campeones lo entiende mejor que casi cualquier rival, y durante largos tramos funciona como puro mecanismo — un vagón de metro que electrifica el piso, una playa donde llueve ácido, una bóveda bancaria que se convierte en hielo. El problema es que un mecanismo da tanto miedo como la gente atrapada dentro de él, y esta secuela no para de levantar cuartos cada vez más elaborados alrededor de personajes que cada vez le importan menos.

Retomando la historia después del original de 2019, la película manda a los sobrevivientes Zoey y Ben a Nueva York para exhibir a Minos, la corporación sin rostro que organiza los juegos para un público de espectadores adinerados. Como era de esperarse, la propia ciudad es la trampa. Se suben al tren equivocado y terminan encerrados con un vagón de desconocidos que, uno por uno, revelan que ellos también salieron vivos de un cuarto de Minos. Son los campeones del título, y la empresa los reunió para un último desafío en escalada.

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Una secuela armada como la fila de un parque de diversiones

El director Adam Robitel, que regresa al proyecto, trata los cuartos como las verdaderas estrellas de la saga, y tiene razón. El diseño de producción es lo mejor de todo: cada set es una caja de acertijos autónoma con sus propias reglas, su propia luz, su propia forma de matarte. La playa de lluvia ácida es de verdad ingeniosa, y la secuencia del banco con rejas láser tiene la lógica limpia y creciente de un gran nivel de videojuego. Robitel mantiene la cámara legible en medio del caos, así que siempre entiendes la geometría de la amenaza — una disciplina que buena parte del terror moderno ha perdido.

Lo que la película no logra resolver es la repetición. El primer Escape Room tenía la emoción del descubrimiento; aquí la forma se conoce desde los primeros minutos, y el guion — firmado por un pequeño comité de escritores — se apoya en la velocidad para disimular lo poco que tiene que aportar. Con sus ágiles ochenta y ocho minutos nunca aburre, pero tampoco sorprende casi nunca. Cada cuarto es una set piece magníficamente diseñada en busca de una razón para existir más allá del siguiente cuarto.

Taylor Russell sostiene la función

Taylor Russell sigue siendo el arma secreta de la saga. Como Zoey interpreta el trauma como destreza: una sobreviviente que aprendió a leer un cuarto tal como las películas quieren que lo hagamos, alerta y calladamente aterrada al mismo tiempo. Le da a la carnicería un centro de gravedad, y cada vez que el guion amenaza con volverse una lista de trampas, su rostro regresa lo que está en juego. Logan Miller es un contrapunto simpático y más contenido como Ben, y los campeones secundarios — interpretados por Indya Moore, Holland Roden, Thomas Cocquerel y otros — resultan vívidos en el momento, aunque la trama los trate sobre todo como relojes en cuenta regresiva.

Escape Room 2: Torneo De Campeones (2021)
Escape Room 2: Torneo De Campeones (2021)

El problema de los dos finales

Ninguna conversación sobre esta película sobrevive sin su final — o mejor dicho, sus finales. El estreno en cines se rehízo a última hora en la posproducción, y un posterior Extended Cut casero restituye un planteamiento distinto y más coherente sobre quién mueve los hilos y por qué. El desenlace de cines se siente exactamente como lo que es: un arreglo apresurado, la preparación de una secuela que prefiere dejar sus opciones abiertas antes que cerrar su propia historia. Es el síntoma más claro de una película diseñada por comité, donde la mecánica quedó fijada mucho antes de que alguien decidiera para qué servía.

Veredicto

Escape Room 2: Torneo De Campeones es una versión más pulida, más rápida y más hueca de la película que le dio origen — una montaña rusa veraniega que entrega exactamente las sensaciones que promete y casi nada más allá. Está lo bastante bien hecha como para recomendarla a quien disfrutó la primera, y es lo bastante endeble como para que te cueste recordar un solo personaje una semana después. Como ingeniería de género es admirable; como historia es un relleno. Una trampa elegante sin nadie viviendo de verdad adentro.

Se inscribe en el linaje moderno del terror de cajas de acertijos — el linaje de El juego del miedo y El cubo —, más listo de lo que su fama sugiere a la hora de montar una secuencia, y mucho menos interesado que sus antecesores en lo que todo eso podría significar.

Dirección

Adam Robitel

Adam Robitel

Reparto

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