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Yoji Yamada convierte un viaje en taxi por Tokio en la vida entera de Chieko Baisho

Molly Se-kyung

Un taxista acepta dar la vuelta larga y, de golpe, una vida completa se sube al asiento de atrás. Ahí está el motor de Un taxi en Tokio, esa clase de premisa mínima y cerrada en la que Yoji Yamada ha confiado a lo largo de toda su carrera. Al volante va Koji Usami: cansado, sin dinero, en un turno que necesita más de lo que quiere. Su pasajera, Sumire Takano, de ochenta y cinco años, tiene que ir de Shibamata, al oriente de Tokio, hasta un asilo de la costa, en Hayama. No lleva prisa. Le pide que se desvíe un poco.

Cada desvío es un capítulo. En vez de alternar pasado y presente con un patrón fijo, Yamada le entrega el montaje a la ciudad misma: una calle, un aparador, un tramo de orilla suelta un recuerdo y la película lo sigue por la ventanilla. La estructura es el propio viaje. El taxímetro avanza, Tokio se desliza del otro lado del vidrio y el trayecto se aparta una y otra vez del destino, porque el destino es el único sitio al que ni la pasajera ni el conductor tienen prisa por llegar.

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El elenco enuncia las reglas antes de que aparezca el primer dato del pasado. Chieko Baisho sostiene a Sumire con la autoridad sin esfuerzo de quien ya nada tiene que probarle a este director: ella y Yamada llevan seis décadas filmando juntos, desde los inicios de la saga de Tora-san. Frente a ella, Takuya Kimura actúa en contra de su propio magnetismo. Koji no es un papel de galán. Es un hombre que cuenta yenes, angustiado por una hija adolescente invitada a una escuela de música cara que no sabe cómo solventar. Kimura contiene el carisma y deja que actúe la inquietud.

Yamada no inventó esta historia, y tampoco lo aparenta. Un taxi en Tokio es su versión de Driving Madeleine, el dúo francés que cruzaba París con una anciana y su taxista. La decisión interesante es el trasplante. Yamada vuelve a sembrar el material en un Tokio trazado con precisión y cambia los bulevares parisinos por la textura concreta de Shibamata y la carretera que baja hacia Kanagawa. Para un director cuyo mejor cine siempre ancló a gente común en lugares exactos, el remake parece menos una importación que un regreso a casa.

Lo que los desvíos convocan es a una Sumire más joven, interpretada en los recuerdos por Yu Aoi, y ese “gran pasado” que la sinopsis mantiene a propósito en la bruma. La película se guarda las cartas. Reparte la historia de Sumire en fragmentos, a su propio ritmo, confiando en que el espectador prefiera armar una vida a recibirla ya montada. Esa paciencia es toda la apuesta. Las revelaciones no son giros, sino correcciones lentas: el asiento de atrás guarda mucho más de lo que el de adelante suponía, y la anciana amable se va volviendo, kilómetro a kilómetro, alguien preciso.

Los riesgos son los que siempre acarrea una premisa tan apacible. Driving Madeleine ya funcionaba, de modo que el remake debe justificarse más allá de una reubicación competente. Una historia sobre una anciana que ablanda a un hombre más joven puede resbalar hacia el sentimentalismo en cuanto los rodeos se sienten calculados y no ganados. La subtrama añadida de la hija de Koji y las colegiaturas es una jugada capaz de afianzar la película o de jalarla hacia lo pulido. Y la fama de Kimura es su propia variable: el papel le pide desaparecer en un hombre común, y la cámara no siempre deja que un rostro tan conocido se borre. Si la contención de Yamada resiste todo el viaje es la pregunta que el tráiler no contesta.

Takuya Kimura and Chieko Baisho in the Yoji Yamada drama Tokyo Taxi
Takuya Kimura and Chieko Baisho in Tokyo Taxi (2025)

Junto a los protagonistas, el elenco suma a Yu Aoi como la joven Sumire, con Takaya Sakoda, Yûka y el actor coreano Lee Jun-young en papeles secundarios. Yamada dirige a partir de un guion que escribe con Yuzo Asahara. Shochiku —el estudio que ha cobijado casi toda su carrera— produce y distribuye. La cinta dura unos ceñidos 103 minutos: lo justo para un viaje en taxi por una ciudad, lo bastante breve para sentirse como uno.

Un taxi en Tokio se presentó en el Festival Internacional de Cine de Tokio y llegó a las salas japonesas el 21 de noviembre de 2025, con una escala europea en el Festival de Cine de Róterdam, y se estrena en España el 10 de julio de 2026. Por ahora no hay fecha de estreno confirmada en México. El camino largo, como Sumire entiende mejor que nadie, sigue siendo una manera de llegar.

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