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Guillermo del Toro y su veto a la IA: «Estamos protegiendo un linaje del arte»

El director prohibió la IA en la restauración 3D artesanal de El laberinto del fauno y llevó la discusión del empleo a la herencia del oficio.
Camille Lefèvre

Hay cineastas que hablan del oficio, y hay cineastas que lo han pagado de su propio bolsillo. Guillermo del Toro es del segundo tipo — por eso su rechazo tajante a la inteligencia artificial, lanzado desde un escenario de la Comic-Con mientras presentaba una conversión 3D hecha a mano de la película que lo consagró, tiene un peso que la indignación habitual no alcanza. No apeló a la autenticidad, ni a la pureza, ni a la nostalgia. Buscó algo más estructural.

“Lo que estamos protegiendo es la belleza y el poder redentor del arte. No se trata de quién consigue el trabajo. Estamos protegiendo un linaje del arte. Si le cortamos a una generación la posibilidad de aprender su oficio, les estás quitando el resto de la historia de ese medio, ¿para qué?”

Hablaba de El laberinto del fauno, que regresa a los cines en una conversión 3D y HDR que supervisó personalmente, según reportó Variety desde el panel por el vigésimo aniversario de la cinta. Su primera instrucción al equipo había sido más directa — “Absolutamente ni una maldita IA” — y la sala aplaudió. Pero la frase que importa es la más sutil, la que está debajo del aplauso.

Noten lo que del Toro se niega a discutir. No afirma que una máquina nunca podría aproximarse a una conversión estereoscópica; cada vez más, puede. No se apoya en el argumento laboral, aunque admite que la ruta artesanal es mucho más costosa y dice sin rodeos que no le importa. Traslada la cuestión del valor a la transmisión: el arte como algo que se hereda, un oficio que se aprende parándose al lado de alguien que ya sabe hacerlo. “No se trata de quién consigue el trabajo”. Lo que está en juego no es este trabajo, ni siquiera esta película; es el aprendizaje, la larga cadena mediante la cual un medio le enseña a los siguientes en la fila cómo hacerlo.

Esa es una objeción más precisa que la que suelen esgrimir los críticos de la IA, y más difícil de ignorar. La queja automática — que las imágenes de máquina no tienen alma — es cuestión de gusto, y el gusto pierde discusiones. La de del Toro es cuestión de continuidad. Automatizar los peldaños de entrada de una disciplina no solo desplaza a los artistas que trabajan hoy; eliminas la escalera que los siguientes habrían subido para llegar a ser alguien. Una historia que ya no forma a sus herederos deja de ser una tradición viva y se convierte en un archivo.

Es, por una vez, una tesis que su autor se ha ganado. Este es el director que puso su propio salario para terminar El laberinto del fauno cuando se acabó el dinero, que construye sus criaturas para que se toquen, cuyo Pinocho en stop-motion fue en sí mismo un argumento de largometraje a favor de la decisión lenta, humana, cuadro por cuadro. “Un humano tomó una decisión de profundidad”, dijo sobre la conversión — la señal de un artista para quien la forma siempre ha sido el argumento, no el envoltorio.

La película regresa a las pantallas corregida a mano, cara y sin prisa, exactamente como él quería. La pregunta que deja en la sala es la que apunta más allá de su propia cinta, hacia todos los que decidirán cómo se hace la próxima restauración: cortar a la generación que habría aprendido a hacer esto — ¿para qué?

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