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Asesino sin memoria: Liam Neeson es un sicario que pierde la cabeza en un thriller que olvida su mejor idea

Martin Campbell le da a Neeson su premisa más interesante en años —un asesino corriendo contra su propia memoria— y termina conformándose con la película que siempre hace.
Martha Lucas

Asesino sin memoria llega con lo único que suele faltarles a los thrillers tardíos de Liam Neeson: una idea que no te quitas de encima. Su protagonista es un asesino a sueldo cuya memoria se va borrando por un alzhéimer precoz; un hombre que mata para vivir y ya no puede confiar en la única herramienta que el oficio le exige, su propio recuerdo. Por unas escenas esa premisa le hace algo realmente inquietante al molde de siempre de Neeson, el vengador rudo con un talento muy específico. Aquí el talento falla, las notas garabateadas en el antebrazo son lo único que le queda, y el vengador corre contra el reloj dentro de su propia cabeza.

Luego la película que rodea a la idea se vuelve a imponer. Dirigida por Martin Campbell —el artesano que relanzó dos veces a James Bond con GoldenEye y Casino Royale— y escrita por Dario Scardapane, Asesino sin memoria es un remake del thriller belga The Memory of a Killer (2003), basado a su vez en la novela de Jef Geeraerts. Alex Lewis (Neeson) acepta un trabajo en El Paso, se niega a matar a una adolescente víctima de trata y se convierte en un cabo suelto que alguien poderoso quiere cortar. Del otro lado del caso está el agente del FBI Vincent Serra, que interpreta Guy Pearce, siguiendo el mismo rastro de explotación infantil y dinero hasta la intocable magnate inmobiliaria que encarna Monica Bellucci.

Una idea mejor que la película que la rodea

El fichaje de Pearce es la jugada más astuta de la cinta, y ella lo sabe: un guiño a Memento, el filme de Christopher Nolan armado por completo sobre un hombre incapaz de formar recuerdos nuevos. Asesino sin memoria aspira a ese linaje. Busca la ambigüedad moral: un asesino que no es solo el buen hombre agraviado, un sistema donde la policía y los ricos están enredados, un final más cercano a la tragedia que al triunfo. Campbell filma los primeros tramos con verdadera economía, y Neeson, en un tono más bajo y triste del que suelen permitirle sus películas de acción, vuelve legible la desintegración sin sobreactuar jamás el temblor.

Donde pierde el hilo

Pero la gravedad no deja de rebasar a la ejecución. Para ser un thriller del hombre que filmó dos de las mejores aperturas de acción del Bond moderno, Asesino sin memoria resulta extrañamente inerte: mucha conversación, poca de la descarga cinética que la premisa parece prometer, y curiosamente renuente a disparar el arsenal que pasa una hora cargando. Al agente de Pearce le sobra procedimiento y le falta vida interior; Bellucci, una presencia de veras imponente, queda varada en un papel que solo le pide ser fríamente poderosa. La trama de corrupción se acomoda en la forma de otros cien thrillers fronterizos, y el gancho inquietante —un asesino que tal vez olvide por qué mata— se reduce a un mecanismo de guion en lugar del motor de angustia que pudo ser. El resultado se siente, como escribió The Hollywood Reporter, raramente vacío en su centro.

Esa es la frustración de Asesino sin memoria: lo intenta. Como reconocía Variety, al menos aspira a algo más serio que el encargo habitual de Neeson con pistola, y el primer acto sugiere una película mucho mejor y más oscura escondida adentro. Los buenos cimientos se ven: una premisa potente, un director capaz, un protagonista que se inclina hacia la vulnerabilidad y no hacia la venganza. Nada más que nunca cierran la distancia entre la intención y el impacto. La película tiene buen arranque, un desarrollo prometedor y un veredicto que no llega a ganarse.

Véanla por Neeson encontrando la tristeza debajo de la fórmula, y por ese raro thriller de Campbell que prefiere la melancolía al espectáculo. Esperen, eso sí, la decepción de una película que recuerda con exactitud lo que quiere ser y olvida, una y otra vez, cómo llegar ahí. Asesino sin memoria es el término medio aplicado de un género capaz de mucho más; y, a juzgar por sus propios primeros veinte minutos, ella también.

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