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Ingmar Bergman filmó sesenta años de dudas que su padre nunca pudo responder

Penelope H. Fritz

Ingmar Bergman aprendió a ver en la oscuridad. Su padre, pastor luterano en Uppsala, lo encerraba en armarios cuando se portaba mal. Esa oscuridad fue donde encontró las primeras imágenes que lo obsesionaron: la luz que se filtra por la rendija, el silencio que rodea a alguien que no sabe si hay alguien al otro lado.

Esa herencia no lo abandonó. La trasladó, con precisión sistemática, a más de cincuenta películas, convirtiendo el protestantismo austero de su infancia sueca en el idioma visual con el que Europa se vio a sí misma en la segunda mitad del siglo XX. Cuando la Muerte aparece a jugar al ajedrez en Det sjunde inseglet (1957), no es un truco estético: es la pregunta de un hombre que creció en la casa de Dios y nunca encontró a nadie en casa.

Su carrera como director de cine empezó tras años en el teatro. Dirigió más de ciento setenta obras en toda su vida, incluyendo temporadas al frente del Kungliga Dramatiska Teatern de Estocolmo. La precisión que aprendió en el escenario se trasladó al cine como control absoluto del actor, del encuadre, del silencio. Sommaren med Monika (1953) fue la primera de sus películas en llegar a audiencias internacionales, pero Det sjunde inseglet y Fresas salvajes, las dos estrenadas en 1957, lo convirtieron en la figura central del cine europeo de arte por las siguientes tres décadas.

Persona (1966), rodada en la isla de Fårö, disolvió la identidad de dos mujeres de un modo que la crítica no terminó de explicar en cincuenta años. Escenas de un matrimonio (1973), originalmente una serie de televisión, fue tan certera en su disección del matrimonio que pareció biográfica aunque técnicamente no lo fuera. Fanny y Alexander (1982) ganó cuatro premios Oscar y se convirtió en la síntesis más accesible de su cine: la infancia como territorio donde la imaginación y el terror coexisten sin distinción posible.

Hubo un quiebre. En enero de 1976, la policía lo arrestó durante un ensayo teatral por supuesta evasión fiscal. Los cargos se retiraron dos meses después, sin que se probara nada en su contra. Pero el daño estaba hecho: Bergman sufrió una crisis nerviosa y se exilió voluntariamente en Múnich, donde dirigió teatro durante ocho años. Cuando volvió a Suecia en 1984, se instaló definitivamente en Fårö, la isla donde había rodado Persona y donde construyó la casa en la que moriría.

Su vida personal nunca alcanzó la claridad de sus películas. Cinco matrimonios, nueve hijos con varias mujeres. La escritora Linn Ullmann, su hija con la actriz Liv Ullmann, escribió que su padre entendía el dolor humano con precisión extraordinaria en abstracto y con genuino desconcierto en particular. Bergman murió el 30 de julio de 2007 en Fårö, el mismo día que Michelangelo Antonioni.

En 2026, año del centenario de su nacimiento, el Instituto Sueco de Cine presentó cuarenta restauraciones nuevas de su obra y el Film Forum de Nueva York organizó una retrospectiva de 47 películas. La pregunta que Bergman no dejó de formular sigue abierta. Las películas también.

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