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Gillian Anderson es la sobreviviente que el Campamento Miasma de Schoenbrun no deja de revivir

Molly Se-kyung

Heredar una saga muerta es algo bien extraño. «Campamento Miasma» se secueló hasta el cansancio, sus sustos se fotocopiaron una y otra vez hasta que ya ninguno pega, y su fandom quedó reducido a un puñado de completistas que llegan nada más por costumbre. Y de pronto va a dar a manos de alguien que sí la quiere —no para exprimirla, sino porque ama esa cosa barata y mal vista que alguna vez fue—. Ese traspaso, el momento en que un pedazo de terror desechable se vuelve la obsesión de una sola persona, es donde Jane Schoenbrun echa a andar.

La película que Schoenbrun construye alrededor de ese relevo es un slasher sobre cómo se hace un slasher, y de plano se niega a tratar esas dos cosas como oficios distintos. Una directora joven agarra el reinicio y se lanza a buscar a la actriz que hizo de la sobreviviente en la cinta original, una mujer que se aisló y que lleva años arreglándolo todo para que nadie la mire. Lo que empieza como un cortejo de casting se agria hasta acercarse a la posesión. El terror que se ofrece es la autoría misma: de quién es el monstruo, quién puede agarrar el cuchillo, quién sobrevive a que la observen.

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Hannah Einbinder hace de Kris, la directora que llega, y ese casting es en sí mismo el argumento. El registro cómico de Einbinder se mueve con los nervios de punta y la exposición de una misma, y Schoenbrun convierte las dos cosas en arma. Kris es una fan que sabe perfectamente lo barato que es su objeto de amor y aun así lo agarra, lo que la vuelve esa rara protagonista de terror cuyo peor peligro es su propio gusto. Es al mismo tiempo el reflejo del público y la agresora, y la película no la deja zafarse de ninguno de los dos papeles.

Enfrente de ella, Gillian Anderson es Billy Presley, la sobreviviente desaparecida. Anderson la interpreta como una serenidad atravesada por una fractura, una mujer que desde hace mucho entendió que en esta saga ser ídolo y ser presa eran el mismo papel filmado desde ángulos diferentes. Cuando Kris llega a cortejarla, Billy tiene que decidir si un regreso es una resurrección o nada más un segundo asesinato. Las dos mujeres dándose vueltas una a la otra, cada quien tratando de descifrar quién dirige a quién, es el verdadero suceso de la película; la cuenta de cadáveres es casi una cortesía hacia el género.

Schoenbrun le ha dedicado toda su obra a la forma en que las pantallas colonizan a quienes se quedan viéndolas fijamente: el fandom en línea, pegajoso, de su primera película; la neblina televisiva y disfórica de la cinta que la dio a conocer ante un público más grande. Es la primera vez que toma un motor de terror comercial ya andando y lo hace correr a toda velocidad de género en lugar de desarmarlo desde afuera. La obsesión sigue igual: la identidad que se arma y se desarma con las imágenes que consumimos. «Campamento Miasma» nomás le pone un cuchillo en la mano.

Y funciona, además, como una broma a costa de la industria, contada sin la piedad de un remate. «Campamento Miasma» hace de sustituto de cada propiedad intelectual que arrastran de regreso a la mesa de operaciones mucho después de que se le paró el pulso, y Kris es cada director al que le entregan un cadáver y le ordenan hacerlo caminar. La simpatía de Schoenbrun está con la fan que se toma en serio el encargo, pero la película tiene muy claro el costo: reiniciar algo es desenterrarlo, y desenterrar cosas es justo como empiezan las películas de terror.

Lo que evita que la jugada se desplome en un seminario es que Schoenbrun nunca deja que el marco metaficcional se vuelva coartada. Los asesinatos son asesinatos de verdad. El campamento, el lago, el lodo, la navaja saliendo del agua negra: el mobiliario del slasher se filma en serio, sin el guiño con el que normalmente se pide perdón por él, y apenas entonces el deseo entre las dos mujeres deforma el encuadre. La película abrió Un Certain Regard en Cannes y se fue con la Queer Palm, la señal más clara de que el romance no es un adorno puesto encima de la sangre. Es el muro de carga.

La apuesta es que se entienda. Una historia tan replegada sobre sí misma, un reinicio sobre un reinicio y una sobreviviente sobre las sobrevivientes, corre el riesgo de recompensar nada más a quienes ya hablan slasher con soltura y alcanzan a oír cada eco. El dominio del tono de Schoenbrun nunca ha estado a discusión; lo que sí lo está es su dominio de un público que no hizo la tarea. Si el metatexto llega como auténtico pavor o solo como astucia es lo que el metraje tiene que resolver, y el tráiler, tan mañoso, mantiene esa respuesta justo fuera de cuadro.

A still from Jane Schoenbrun slasher Teenage Sex and Death at Camp Miasma from 2026
A scene from Teenage Sex and Death at Camp Miasma (2026)

El elenco alrededor de las dos protagonistas es amplio. Jack Haven aparece como Little Death y Patrick Fischler como Rudolph, con Arthur Conti, Eva Victor, Zach Cherry, Sarah Sherman, Dylan Baker, Jasmin Savoy Brown, Quintessa Swindell y Kevin McDonald completando el campamento. Plan B Entertainment produjo junto con Mubi, que además maneja el estreno en buena parte del mundo.

Mubi estrena la película en las salas de México, vía la propia Mubi, el 13 de agosto. El metraje dura 112 minutos. El resto de las fechas internacionales, a través de Mubi y The Match Factory, van llegando entre el final del verano y ya entrado el otoño.

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