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Tornatore retrata a Brunello Cucinelli, el rey del cachemir que vende decencia

Veronica Loop

El nuevo documental de Giuseppe Tornatore gira sobre una sola imagen reveladora: una partida de cartas. Del otro lado de la mesa, frente a Brunello Cucinelli, hay un rival al que no vemos, y cada mano destapa un capítulo de la vida del empresario: el abuelo al que llamaba “el zorrito”, el padre “el joven señor”, la esposa “la loba”. Es una manera elegante de contar una biografía, y también delatora, porque el hombre en pantalla es a la vez el protagonista de la leyenda y quien la escribe.

La cinta, “Brunello: The Gracious Visionary”, se ocupa menos de cómo funciona un negocio que del sistema de creencias que lo rodea. Cucinelli construyó una marca de lujo desde un pueblo de Umbría y la volvió una empresa que vale miles de millones, mientras predicaba lo que llama capitalismo humanista: salarios justos, arquitectura restaurada, la dignidad del trabajo hecho a mano. Tornatore toma ese evangelio al pie de la letra y lo filma como un logro moral, no como una estrategia de mercado.

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Los testigos que reúne Tornatore dejan claro qué clase de película quiere ser. Aparece Oprah Winfrey. También el cofundador de LinkedIn Reid Hoffman, la actriz china Liu Tao, el director ejecutivo de la Fórmula 1 Stefano Domenicali y el monje benedictino Cassian Folsom. No es un coro de sastres y obreros: es una galería de gente poderosa del mundo entero, convocada para confirmar que un multimillonario también puede ser un filósofo. El reparto es, en sí mismo, el argumento.

Para Tornatore, el retrato afectuoso es terreno conocido. El director que ganó el Oscar por Cinema Paradiso ha pasado los últimos años levantando homenajes —el más visible, al compositor Ennio Morricone— y trae aquí la misma gramática suntuosa y nostálgica, con música del también oscarizado Nicola Piovani. Las reconstrucciones se filmaron a la hora dorada; el archivo está montado con ternura. Tornatore sabe con precisión cómo hacer que una vida parezca un destino.

El recurso de la partida de cartas es la idea más ingeniosa de la cinta y también la más cómoda. Le permite a Tornatore brincarse la aritmética incómoda de una fortuna —márgenes, valuaciones, cadenas de suministro— y cambiarla por la fábula: el destino repartiendo cartas a un hombre que siempre saca buena mano. Del resto se encarga la partitura de Piovani, que crece bajo las imágenes de archivo hasta que una decisión de negocios termina por parecer moral. Es cine de oficio, y también una decisión sobre qué dejar fuera de la mesa.

Lo que vende Cucinelli, y lo que la película vende con él, es la idea de que el capitalismo puede ser amable. Su gente trabaja con horarios humanos, sus ganancias reconstruyen un pueblo medieval, su marca apuesta por el silencio antes que por los logotipos. Ese relato lo hizo un habitual de las escuelas de negocios y un consentido de la clientela de lujo que busca conciencia. Por tramos largos el documental conmueve de verdad, porque no todos los días un hombre rico defiende, en serio, que la decencia se puede escalar.

Fundó la compañía a finales de los años setenta con una apuesta a contracorriente —que el cachemir teñido podía sostener el clóset de una mujer— y la levantó, contra todo pronóstico, desde Solomeo, la aldea restaurada a la que mudó las oficinas, una escuela y un teatro. El mercado premió la historia: la marca cotiza en bolsa y Cucinelli sigue siendo su accionista de control y su cara pública. “Rey del cachemir” es la etiqueta de la prensa, y la película ni cuestiona la corona ni la complica.

Hay una razón por la que hoy un empresario merece la atención de un ganador del Oscar. El lujo pasó la última década vendiendo significado tanto como mercancía, y Cucinelli es su evangelista más fluido: la idea de que consumir puede ser virtuoso. Una película así es parte de ese argumento —un documento corporativo disfrazado de cine— y llega mientras la industria busca crecer en los mercados donde la historia del artesano-filósofo todavía vende. Que esté espléndidamente hecha no la hace desinteresada.

Y nunca parpadea. El documental se presentó en una gala organizada por el propio protagonista y tiene el acabado sin fricciones de un retrato hecho con el personaje más que sobre el personaje. Evita las preguntas obvias: si un suéter de cuatro cifras puede ser en serio un instrumento de justicia social, si el capitalismo humanista es un modelo de gobierno corporativo o un activo de marca, si los artesanos que cosen el cachemir contarían su dignidad como la cuenta su patrón. Tornatore es demasiado cortés para insistir. El resultado admira donde pudo haber tenido curiosidad.

Brunello Cucinelli in the Giuseppe Tornatore documentary Brunello: The Gracious Visionary, 2026
Brunello Cucinelli in Brunello: The Gracious Visionary (2026)

“Brunello: The Gracious Visionary” dura 121 minutos y combina reconstrucciones, material de archivo y entrevistas, con la dirección de Tornatore y la partitura de Piovani. Tuvo su estreno mundial en los Estudios de Cinecittà, en Roma, y su gala en Norteamérica en el Lincoln Center de Nueva York; Cucinelli incluso la llevó hasta Shanghái, buena pista de dónde busca hoy su crecimiento el lujo.

De momento no hay una fecha de estreno confirmada en salas de México; el documental amplía primero su recorrido por Reino Unido, Irlanda y Norteamérica el 24 de julio. Que el público lo reciba como inspiración o como un anuncio elegantemente fotografiado dependerá de cuánta devoción lleve a la mesa.

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