Actores

John Huston filmó la codicia mejor que nadie y lo supo pagar también

Penelope H. Fritz

Las bombonas de oxígeno llegaron al set de Dublineses sin que nadie fingiera que estaban ahí por otra razón. John Huston las necesitaba para respirar. Dirigió desde una silla de ruedas, mirando a sus actores en un monitor porque el enfisema no le permitía ya acercarse a la cámara. La película era una adaptación de Joyce. Huston no vivió para verla estrenada.

Nació en 1906 en Nevada, Misuri. Fue un niño enfermizo que pasó meses en cama mientras su cuerpo decidía qué quería hacer. Lo que eligió fue una vida completamente improbable: campeón amateur de boxeo en California a los quince años, pintura en París, periodismo, y una temporada como miembro honorario de la caballería mexicana en 1925. Huston tenía con México una relación de por vida: volvió a rodar El tesoro de Sierra Madre en Durango, y en esas localizaciones mexicanas encontró el escenario exacto que su historia sobre la avaricia necesitaba. Su padre, Walter Huston, era actor en Hollywood.

El halcón maltés llegó en 1941 y lanzó su carrera: un noir sobre hombres que persiguen lo que no pueden tener, adaptado de Dashiell Hammett, rodado en seis semanas. Cinco años después, El tesoro de Sierra Madre ganó tres Óscars en una noche: mejor director y mejor guion para John, mejor actor de reparto para su padre Walter. Ninguna otra familia en la historia de la Academia logró eso. Fue en México, en las montañas de Durango, donde la película encontró su alma.

La jungla de asfalto (1950) definió el cine de atracos. La reina africana (1951), rodada en África con Humphrey Bogart y Katharine Hepburn, le dio a Bogart su único Óscar. Vidas rebeldes (1961) fue el último film de Clark Gable y de Marilyn Monroe, y cargó con esa tragedia antes de que terminara el rodaje.

Pero la trayectoria de Huston no fue un ascenso sin interrupciones. Hizo La Biblia, un proyecto de 174 minutos que agotó a su público. Filmó Annie solo por dinero. Su película El bárbaro y la geisha fue tan mala que John Wayne, la estrella, la atacó en público. Las distancias entre las grandes obras eran reales. Lo que queda es que cuando Huston estaba de verdad comprometido con lo que hacía, el resultado era inimitable. Ciudad amara (1972), un drama de boxeo casi olvidado al estrenar, es hoy una de sus mejores películas. Y su documental de 1946 Que haya luz —sobre el daño psicológico que la guerra le hizo a los veteranos americanos— fue tan honesto que el Ejército lo prohibió durante treinta y cinco años.

Se volvió ciudadano irlandés en 1964, renunció a su pasaporte americano y se instaló en una mansión en el condado de Galway. Fue maestro de caza durante diez años. Se casó cinco veces. También interpretó al villano Noah Cross en Chinatown de Polanski —un papel que parecía diseñado a medida para alguien que entendiera desde adentro a los hombres poderosos que justifican todo lo que hacen.

El hombre que pudo reinar (1975) era la película que quiso hacer durante décadas. El honor de los Prizzi (1985) le dio el Óscar a su hija Anjelica. Dublineses, estrenada meses después de su muerte, es la última palabra: que hay cosas que solo se entienden cuando ya no queda tiempo para evitarlas.

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