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Tom Clancy, el civil que hizo del poderío militar una literatura de masas

Penelope H. Fritz
Tom Clancy
Tom Clancy
By Gary Wayne Gilbert – Flickrlosslessly cropped from File:Tom Clancy at Burns Library, Boston College.jpg, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=28817162
Nacimiento12 de abril de 1947
Baltimore, Maryland, USA
Fallecimiento1 de octubre de 2013 (66)
OcupaciónNovelista
PremiosGolden Plate Award of the American Academy of Achievement (1988) · Alfred Thayer Mahan · Honorary Doctorate, Rensselaer Polytechnic Institute (1992)

Tom Clancy no disparó un solo tiro en combate. Administraba una agencia de seguros en Maryland y escribía en sus ratos libres una novela sobre un comandante soviético que deserta con su submarino nuclear. Lo que vino después fue uno de los fenómenos editoriales más improbables del siglo XX: un libro rechazado por todos los grandes sellos, publicado por el Naval Institute Press por cinco mil dólares, que terminó siendo recomendado públicamente por el presidente de Estados Unidos y vendió diecisiete millones de ejemplares en su primera década.

Cuando Reagan llamó a La caza del Octubre Rojo «el mejor relato de aventuras que he leído en mucho tiempo», el libro pasó en días de una tirada de cinco mil ejemplares a ochocientos mil. Eso no ocurre por casualidad: Clancy había producido algo que los lectores, la prensa y el gobierno americano no habían visto antes — una novela técnicamente densa sobre doctrina militar que se leía como un documento real, construida enteramente con fuentes públicas. El FBI llegó a investigar si tenía alguna fuente clasificada. No la tenía.

Nacido en Baltimore en 1947, Clancy estudió Filología Inglesa en el Loyola College sin brillar especialmente, compró una agencia de seguros en 1980 y la operó hasta que su primera novela lo rescató, a los treinta y siete años, de una vida que en nada presagiaba este destino. Su método era simple: actas del Congreso, manuales técnicos de acceso libre, informes gubernamentales desclasificados. La precisión que alarmaría al FBI venía de leer lo que el gobierno publicaba sin creer que alguien como él lo leería con esa atención.

El universo de Jack Ryan que construyó en las décadas siguientes — Tormenta Roja, Juegos de patriotas, Peligro inminente, La suma de todos los miedos, Sin remordimientos — fue algo más que una serie de thrillers. Fue una máquina narrativa para el poderío americano en la Guerra Fría: el analista de la CIA que asciende hasta la presidencia, el sistema militar que comete errores pero se corrige, el adversario soviético competente pero fatalmente destinado a perder. Clancy no tenía el escepticismo institucional de John le Carré ni la duda moral de los mejores thrillers europeos. Su ficción validaba el sistema, y eso era exactamente lo que decenas de millones de lectores querían.

El problema que los lectores más críticos señalaron es que las novelas de Clancy funcionaban menos como ficción que como propaganda ilustrada: tecnológicamente sofisticada, operacionalmente convincente, moralmente esquemática. Los adversarios son capaces pero condenados. Estados Unidos comete errores pero tiene el sistema para corregirlos. Ese esquema no cambió sustancialmente cuando, después del 11 de septiembre, el universo Ryan incorporó el terrorismo como nueva amenaza. La geometría moral se complicó en la superficie; la premisa central se mantuvo intacta. Y el público siguió comprando.

Clancy no se conformó con ser solo un novelista. En 1996 cofundó Red Storm Entertainment, estudio de videojuegos que Ubisoft convirtió en el origen de franquicias como Tom Clancy’s Rainbow Six, Ghost Recon y Splinter Cell. Adquirió una participación minoritaria en los Baltimore Orioles. Sus novelas fueron adaptadas al cine con Harrison Ford y Alec Baldwin. Antes de morir, su nombre ya era una franquicia autónoma que seguiría funcionando sin él.

Murió el 1 de octubre de 2013 en Baltimore, a los sesenta y seis años, de insuficiencia cardíaca. Dejó esposa, Alexandra, cinco hijos y un aparato editorial que publicó nuevas novelas de Jack Ryan con coautores autorizados durante más de una década.

Lo que su obra demuestra es que la narrativa del poder tiene sus propias leyes comerciales: cuanto más convencidos están los lectores de que entienden cómo funciona el mundo real, más quieren seguir leyendo. Tom Clancy encontró esa fórmula antes que nadie y la construyó sin haber disparado una sola bala.

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