Críticas

Carrie: un extraño presentimiento, el clásico de terror donde el verdadero monstruo es la crueldad

Veronica Loop

Carrie: un extraño presentimiento se recuerda por una cubeta de sangre de cerdo, pero su fuerza real es más silenciosa y más cruel que eso. Brian De Palma tomó la primera novela de Stephen King y logró lo más raro dentro del género: una película de terror que funciona como tragedia. El monstruo aquí no es la telequinesis. Es una escuela, una madre y un pueblo que deciden que una chica extraña es presa legítima, y el espanto nace de ver hasta qué punto tienen la sartén por el mango, hasta que por una noche todo se les vuelve en contra de forma catastrófica.

Sissy Spacek interpreta a Carrie White como un nervio a flor de piel, una adolescente a la que su propia madre mantuvo ignorante de su cuerpo porque confundió la vergüenza con la salvación. La película arranca en unas regaderas y en una primera menstruación que Carrie toma por una hemorragia mortal, y las compañeras que deberían ayudarla la apedrean con tampones entre burlas. Esa escena pone la maquinaria en marcha. Todo lo que viene después (la invitación al baile fabricada mitad por culpa y mitad por sadismo, la sangre de cerdo colgada sobre el escenario) es apenas el pueblo cobrándose una deuda que le fue armando a Carrie durante toda su vida.

Frente a Spacek, Piper Laurie entrega una de las grandes actuaciones del terror como Margaret White, una fanática religiosa que lee la pubertad de su hija como prueba del pecado. Laurie no la construye como caricatura, sino como una mujer sinceramente convencida de que ama a su hija al quebrarla, y las habitaciones más aterradoras del film son las que no tienen ningún suceso sobrenatural: solo una madre, un cuarto de oración y un cuchillo de cocina. Spacek y Laurie fueron nominadas al Óscar, un gesto casi impensable hacia una película de género en aquel momento; ninguna de las dos ganó, pero ninguna nominación fue por cortesía.

De Palma lo dirige como cine de virtuoso, sin miedo a lucirse. Rueda la apertura en una cámara lenta onírica y voyerista salida directamente de Hitchcock (la preparatoria incluso se llama Bates) y sostiene el desasosiego con las cuerdas chirriantes de Pino Donaggio, que citan Psicosis sin pedir permiso. Y luego, en el baile, parte la pantalla en dos: el rostro de Carrie de un lado, la matanza que desata su mente del otro, de modo que el público la ve convertirse en verdugo y en víctima al mismo tiempo. Sigue siendo uno de los pasajes más audaces del terror estadounidense, una técnica al servicio no del espectáculo sino de mantenernos atrapados dentro de su mirada.

El reparto que rodea a las dos protagonistas se lee hoy como una cápsula del tiempo. John Travolta, a meses de Saturday Night Fever, hace del novio matón; Nancy Allen es la abeja reina que enciende la mecha; Amy Irving y William Katt forman la pareja cuyo instinto decente solo acelera el desastre; Betty Buckley es la maestra de gimnasia que intenta interponerse entre Carrie y el salón, y fracasa. De Palma monta ese mundo de secundaria como arquetipo puro, y esa brocha gorda es el único punto donde la película muestra su edad, aunque también vuelve la crueldad legible en un instante, que es justo lo que la tragedia necesita.

Lo que Carrie: un extraño presentimiento terminó cambiando fue la forma misma del miedo. Su plano final en el cementerio (una mano que brota de la tierra para atrapar a la última sobreviviente, revelado enseguida como pesadilla) fijó ese cierre del «último susto» que todo film de terror posterior ha usado o contra el que se ha medido. La novela debut de King inauguró la carrera más duradera de la ficción popular estadounidense, y esta adaptación probó que su material podía pesar mucho más allá del estante de bolsillo, sembrando un musical de Broadway, dos nuevas versiones y una descendencia comercial que nunca recupera del todo el dolor del original.

Ese dolor es el asunto. Medio siglo después, la sangre de cerdo es el póster y el remate del chiste, pero la película que hay debajo es un estudio de cómo la gente común fabrica a una víctima y luego se escandaliza cuando la víctima tiene poder. El oficio de De Palma deslumbra; la razón de que perdure es que lo apuntó todo hacia la empatía. Carrie es terror imprescindible precisamente porque te hace llorar a la chica que te dijeron que temieras.

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Brian De Palma

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