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El Ciudadano Kane: el debut que rompió el cine y jamás cedió la delantera

Ocho décadas después, la ópera prima de Orson Welles sigue siendo la película con la que se miden todas las demás.
Martha O'Hara

Un moribundo deja caer una esfera de cristal, murmura una palabra y comienza el misterio más analizado en la historia del cine. “Rosebud” no explica nada y lo explica todo, y el reportero enviado a descifrarlo nunca obtiene una respuesta directa: solo los recuerdos contradictorios de quienes amaron, usaron y abandonaron a Charles Foster Kane. Ese es todo el mecanismo de El Ciudadano Kane, y sigue siendo la trampa más elegante que haya construido un cineasta.

Pregúntale a la crítica cuál es la mejor película jamás hecha y este es el título que ha sostenido la conversación más tiempo que cualquier otro. No por ser la más cálida ni la más disfrutable —es un estudio frío y afilado como un bisturí sobre un hombre que lo compra todo y no siente nada—, sino porque casi cada técnica que los directores de hoy dan por hecha ya está aquí, completamente formada, en una ópera prima firmada por alguien de veinticinco años que nunca había dirigido un largometraje.

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El joven de veinticinco años que recibió las llaves del estudio

Orson Welles llegó a Hollywood en 1939 como un niño prodigio de la radio y el teatro, recién salido de la transmisión de La guerra de los mundos que había convencido a parte de Estados Unidos de que los marcianos estaban aterrizando. La RKO le dio un contrato tan generoso que se volvió legendario: control creativo casi total, corte final y la libertad de fracasar en público. Lo usó para filmar a un hombre destruido por ese mismo poder sin freno.

El guion surgió de Welles y del brillante y autodestructivo Herman J. Mankiewicz, y el pleito sobre a quién corresponde el mayor crédito sobrevivió a los dos —reavivado por el ensayo “Raising Kane” de Pauline Kael en 1971 y llevado a la pantalla décadas después en Mank, de David Fincher—. Lo que nadie discute es el resultado: un guion que narra una vida en desorden, a través de cinco narradores que vieron, cada quien, a un Kane diferente.

Gregg Toland y la mirada que todos copiaron

El director de fotografía Gregg Toland es el coautor secreto de la cinta. Su profundidad de campo mantiene al mismo tiempo el primer plano, la distancia media y el fondo en nitidez total, de modo que una sola toma puede sostener a un niño jugando en la nieve tras una ventana mientras, adentro, los adultos firman su porvenir. Welles filma desde el piso mirando hacia arriba, construye techos reales en los sets y deja que los rostros caigan en pozos de sombra: el claroscuro que mil películas de cine negro tomarían prestado.

La edición es igual de inquieta. Welles comprime un matrimonio en un montaje de dos minutos de desayunos cada vez más helados, disuelve años en segundos y abre todo con “News on the March”, un noticiero falso que te entrega la biografía pública de Kane antes de que la película íntima empiece a desarmarla.

Citizen Kane (1941)
El Ciudadano Kane (1941)

Rosebud, o el rompecabezas como retrato

La estructura es el sentido. Al negarse a darnos una versión autorizada de Kane y apilar en su lugar cinco testimonios parciales, sesgados y contradictorios, la película plantea que ninguna vida puede resumirse, y menos por quien la vive. Cada flashback suma un dato y resta una certeza, hasta que el espectador sabe más de Kane que nadie dentro de la historia y aun así no consigue alcanzarlo.

Y entonces la toma final entrega la respuesta que el reportero nunca recibe. Rosebud no es una fortuna, ni una mujer, ni un último trato secreto: es el trineo de una infancia que se cambió por dinero e influencia en el momento mismo en que comenzó. La revelación es célebre hasta la parodia y, aun así, sigue funcionando, porque toda la película te ha enseñado en voz baja que la cosa más pequeña que se pierde puede pesar más que un imperio.

Bernard Herrmann y el sonido que venía de la radio

Fue la primera partitura de Bernard Herrmann para el cine, y la trata como a un personaje, tejiendo leitmotivs a lo largo del ascenso y la caída de Kane antes de definir el sonido de Hitchcock. Welles, hombre de radio, encima diálogos para que las conversaciones parezcan capturadas y no actuadas, juega con el eco para volver audibles los enormes salones vacíos de Kane y —decisivo— sabe con exactitud cuándo guardar silencio. La banda sonora es tan moderna como la cámara.

Hearst, el escándalo y la taquilla

Kane estaba calcado, sin disimulo, del magnate de la prensa William Randolph Hearst, y Hearst lo sabía. Sus diarios se negaron a anunciar la película, sus abogados presionaron a la RKO y, según se cuenta, se le ofreció dinero al estudio para quemar el negativo. La campaña funcionó a corto plazo: una cinta admirada por toda la crítica rindió poco en taquilla y frenó la carrera de Welles casi antes de empezar. El largo plazo contaría otra historia.

Nuestro veredicto

Nueve nominaciones al Óscar se tradujeron en un solo premio —mejor guion original— y en una rechifla sonora de la industria a la que había exhibido. Después llegó la reivindicación: número uno en la encuesta de críticos de Sight & Sound de 1962 a 2012, primera en la lista del AFI de cine estadounidense, miembro fundador del National Film Registry. Desde entonces ha sido destronada con suavidad en algunas encuestas, y está bien que así sea: una película tan viva merece discutirse, no embalsamarse.

Más de ocho décadas después, su retrato de un hombre que confunde dominar la conversación con ser amado se lee menos como historia que como una advertencia dirigida de lleno a nuestra era de imperios mediáticos y de yos editados. No es una película perfecta de la cual enamorarse; es la película que le enseñó al cine lo que podía hacer. Por eso se lleva una calificación casi perfecta, y por eso quienes hacen listas regresan a ella una y otra vez.

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