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El bailarín Igor Yebra revela que tiene esclerosis múltiple y que durante dos años no quiso saberlo

Martha Lucas
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Igor Yebra ha pasado la vida haciendo que las cosas difíciles parezcan fáciles, y esa es, en el fondo, toda la lógica del ballet clásico. Por eso hay una amarga coherencia en la forma en que el bailarín español describe ahora su vida con esclerosis múltiple. Caminar le cuesta, reconoce, “pero lo disimulo con un poco de teatralidad y nadie se da cuenta”.

La confesión aparece en una autobiografía, y la prensa del corazón española se ha enfocado sobre todo en el desamor, con su breve matrimonio con la conductora de televisión Anne Igartiburu como tema principal. Ese enfoque pasa por alto una historia más extraña y reveladora. Yebra no solo ocultó un diagnóstico al público. Durante un tiempo, también se lo ocultó a sí mismo.

La primera señal fue una molestia en la pierna izquierda. Dos años después, en 2015, una punción lumbar llevó al diagnóstico, según su relato, publicado por ¡HOLA! y Noticias de Navarra. Yebra no quería oírlo. Temía que ponerle nombre a la enfermedad lo alejara del escenario, así que tomó el medicamento que le recetaron y no preguntó nada más. Dice que se enteró de qué tenía otros dos años después, solo porque “a un médico se le escapó”.

Vista como una decisión de un artista y no de un paciente, la negativa tiene su propia dramaturgia. Para un bailarín, el cuerpo es instrumento y texto, y un diagnóstico es una frase que no se puede retirar una vez dicha en la sala. Yebra mantuvo la escena en marcha asegurándose de que esa frase nunca llegara a sus oídos.

“Siempre he sido muy reservado, muchísimo”, le dijo a El País en la entrevista en la que presentó el libro, “y creo que una de las razones por las que me he abierto en este libro es que ya no quería ni podía seguir manteniendo esta enfermedad en secreto”.

Ocultarlo se volvió más difícil en 2021, cuando los síntomas se hicieron más evidentes y un nuevo medicamento provocó efectos secundarios que los demás podían notar. Hoy, la pierna izquierda es la más afectada. En un capítulo titulado sencillamente “Tengo esclerosis múltiple”, describe una enfermedad que le ha mostrado “cruelmente la fragilidad del ser humano”, debilitando su cuerpo y su capacidad de movimiento, según recoge Diez Minutos. Añade que solo puede recibirla con gratitud, porque le enseñó a valorar los pequeños momentos.

Ese debilitamiento afecta a un cuerpo con una trayectoria poco común. Nacido en Bilbao y formado en la escuela de Víctor Ullate en Madrid, Yebra bailó como invitado con el Bolshoi, el Kirov, el Australian Ballet y Scottish Ballet; desde 2001, fue bailarín principal invitado permanente de los ballets de la Ópera de Burdeos y de la Ópera de Roma. En 2004 se convirtió en el primer bailarín no ruso en interpretar el papel titular de Iván el Terrible, de Prokofiev, en el Kremlin. Desde 2018 hasta finales de 2020 fue director artístico del Ballet Nacional Sodre de Uruguay, en reemplazo de Julio Bocca. Según su propio relato, ya conocía su diagnóstico cuando aceptó el cargo, pero el público no lo sabía.

Ahora, a los 52 años, lleva cerca de una década alejado de los escenarios y trabaja como coreógrafo, director y maestro. El libro lo encuentra en Montevideo, donde organiza un concurso para acercar a los niños pequeños a la danza clásica. Su título parece menos el de unas memorias que el de una provocación: ¿Por qué somos tan estúpidos y no estamos ya bailando?, publicado por Bao Bilbao.

Las memorias sobre enfermedades suelen vender franqueza. Este libro resulta más interesante porque primero documenta lo contrario: años de ocultamiento meticuloso por parte de un hombre entrenado para esconder el esfuerzo. Yebra admite que rara vez deja de pensar en la enfermedad; solo cuando se concentra profundamente en la computadora consigue pasar “unos segundos” sin tenerla presente. “Por desgracia”, dice, “mi pensamiento está enfocado en no deteriorarme”.

Para un bailarín cuya carrera se apoyó en la ilusión más antigua del ballet —que el cuerpo no pesa—, el gesto más audaz del libro quizá sea el menos teatral: dejar que el público lo vea caminar.

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