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¿Estás ahí, Dios? Soy yo, Margaret es la adaptación de Judy Blume que la pubertad merecía

Kelly Fremon Craig (2023) filma las dudas de una niña de once años con humor y respeto.
Martha O'Hara
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La película de Kelly Fremon Craig arranca con una niña que le habla a Dios. Margaret Simon (Abby Ryder Fortson) empieza sus plegarias con la fórmula que da título a la historia: «¿Estás ahí, Dios? Soy yo, Margaret». Lo dice como quien platica con alguien de confianza, sin ceremonia, y desde esa primera frase la película encuentra una voz íntima que mantiene hasta el final.

La cinta adapta la novela que Judy Blume publicó en 1970. Margaret tiene 11 años y su familia deja Nueva York para mudarse a los suburbios de New Jersey. La película respeta la ambientación setentera del libro y, aun así, no se siente de museo: las ansiedades que retrata, como el cuerpo que cambia, la amistad que se gana o se pierde y la necesidad de pertenecer, siguen siendo las de cualquier niña de hoy. Blume ha contado que la Margaret del libro se parece mucho a la niña que ella fue, y que su propia relación con Dios tenía poco que ver con la religión organizada. Esa franqueza se nota en la pantalla.

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Lo mejor son las actuaciones. Abby Ryder Fortson hace de Margaret una niña curiosa y vulnerable, sin caer en la cursilería ni en el gesto de niña actriz. Rachel McAdams, como Barbara Simon, y Kathy Bates, como la abuela Sylvia, dan peso al círculo familiar, y Benny Safdie, en el papel de Herbert, lo completa con discreción. Ninguno de los adultos le roba la película a la protagonista. Eso también es oficio: saber cuándo quedarse en segundo plano.

Las escenas del club secreto son las más vivas. Nancy (Elle Graham), Gretchen (Katherine Mallen Kupferer), Janie (Amari Alexis Price) y Margaret forman las Pre-Teen Sensations, un grupo donde se habla de niños, de brasieres y de la menstruación con una mezcla de bravuconería y miedo. Cuando las niñas hacen sus ejercicios para crecer el busto y corean «¡Debemos, debemos, debemos aumentar el busto!», la risa llega sola, y con ella cierta ternura, porque ninguna tiene idea de lo que está pasando con su cuerpo. Margaret queda a la vez abrumada y encantada por la energía de Nancy, y la película entiende bien que ambas cosas pueden sentirse al mismo tiempo.

La fe es el otro eje. Margaret crece sin afiliación religiosa porque su madre es cristiana y su padre judío, y esa falta de etiqueta la incomoda frente a sus compañeras. Para una tarea escolar investiga distintas creencias y visita diferentes lugares de culto, mientras Sylvia la lleva a los servicios de Rosh Hashanah con la esperanza de acercarla al judaísmo. La película no toma partido ni le exige a Margaret una respuesta. Prefiere dejarla preguntar, y ahí está su mayor acierto: trata la duda religiosa de una niña con el mismo respeto que cualquier otro asunto serio.

No todo funciona igual. La película quiere abarcar demasiado, y algunas líneas secundarias se quedan en el boceto. Laura Danker, la compañera a la que Margaret envidia por su desarrollo y de quien las demás chismean, aparece más como pieza del tema que como persona. El ritmo también se resiente a ratos en los cambios de la comedia al drama, y el momento en que Margaret descubre que Nancy mintió sobre su primer periodo pasa tan rápido que pierde fuerza.

El libro de Blume ha sido celebrado y también cuestionado por hablar sin rodeos de sexualidad y de religión. La película conserva esa franqueza y la maneja con tacto: llama a las cosas por su nombre sin convertirlas en sermón. Por eso una historia ambientada en los setenta no suena a pieza de época, y por eso el humor y la emoción conviven sin estorbarse.

No es una película que quiera reinventar el relato de formación. Se conforma con tomar en serio a una niña de 11 años, con sus miedos pequeños y sus preguntas grandes, y casi siempre le alcanza.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

  • Elle Graham — Nancy Wheeler

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