Ciencia

El James Webb encontró metano en un planeta gigante que ni arde ni se congela

Peter Finch

Un planeta del tamaño de Saturno se mantiene a una temperatura casi familiar, alrededor de 79 grados centígrados. El telescopio espacial James Webb descompuso la luz que cruza su atmósfera y encontró metano, con señales más débiles de amoníaco y dióxido de carbono. Importa porque los gigantes suelen vivir en los extremos, y este se niega.

Los gigantes gaseosos que conocemos bien caen en uno de dos grupos. En nuestro sistema solar, Júpiter y Saturno giran lejos del Sol y se quedan helados. Afuera, los más fáciles de estudiar son los júpiteres calientes, mundos que orbitan tan cerca de sus estrellas que su atmósfera brilla a miles de grados. TOI-199b no entra en ninguno: rodea una estrella a más de 330 años luz una vez cada cien días, lo bastante lejos para seguir templado.

Esa órbita lo explica todo. Un mundo que ni se asa ni se congela guarda en su aire una química que los planetas extremos destruyen o tapan. El metano, en especial, suele romperse con el calor de un júpiter caliente. Encontrarlo intacto acá da una mirada rara a lo que contiene de verdad la atmósfera de un gigante cuando su estrella no la cocina.

La lectura llegó al mirar el paso del planeta frente a su estrella. Durante ese tránsito, una parte de la luz estelar atraviesa la capa alta de la atmósfera y los gases dejan ahí su huella. El Webb separó la luz en sus longitudes de onda y reconoció el metano con alta confianza. También aparecieron amoníaco y dióxido de carbono, mucho más tenues.

El resultado es una primicia. Apenas se conoce un puñado de gigantes templados, y a ninguno se le había examinado la atmósfera con este detalle. La composición de ese aire cuenta cómo y dónde se formó el planeta, si juntó su gas cerca de la estrella o lejos y migró hacia dentro con el tiempo.

El caso no se cierra. El metano es firme, pero el amoníaco y el dióxido de carbono siguen siendo indicios, no ingredientes confirmados, y no se conocen las proporciones de cada gas. Una sola tanda de medidas en tránsito revisa solo la piel exterior de una atmósfera, no su fondo, y un planeta no vale por toda una clase. El propio equipo toma el metano como el dato sólido y el resto como razón para seguir observando.

El análisis salió de un grupo dirigido por Renyu Hu, de Penn State, con Aaron Bello-Arufe como colíder en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, y se publicó en The Astronomical Journal a finales de mayo. El equipo ahora planea apuntar el Webb hacia otros gigantes templados para saber si la química de TOI-199b es común o rara, el inicio de un pequeño catálogo de mundos que nuestro sistema solar nunca armó.

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