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Ryūnosuke Akutagawa, el maestro del cuento japonés que enseñó a los lectores a desconfiar de cada testigo

Penelope H. Fritz
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Ryūnosuke Akutagawa
Ryūnosuke Akutagawa
Photo: Unknown authorUnknown author / Public domain, via Wikimedia Commons
Nacimiento1 de marzo de 1892
Kyōbashi, Tokio, Japón
Fallecimiento24 de julio de 1927 (35)
OcupaciónEscritor

Cada verano, en el aniversario de su muerte, un pequeño grupo se reúne en Tabata, el barrio de Tokio ubicado en una ladera donde Ryūnosuke Akutagawa vivió y escribió, para recordarlo. Llaman a la fecha Kappa-ki, por el espíritu acuático que tanto le gustaba dibujar y por la novela satírica Kappa, que terminó unos meses antes de morir. En el verano previo al centenario de su muerte, la reunión fue más concurrida de lo habitual: según el calendario budista, se cumplían cien años de su memorial, y unas cuatrocientas personas acudieron a escuchar a su nieta, Teruko Akutagawa, hablar de los recuerdos familiares sobre él y sobre Kan Kikuchi, su amigo de toda la vida.

De aquella reunión salió con un nuevo nombramiento. El distrito de Kita, en Tokio, la designó directora honoraria de un museo dedicado a su abuelo, cuya apertura está prevista para ese centenario. Mientras tanto, los traductores siguen volviendo a Akutagawa. The Essential Akutagawa, de Tuttle y traducido por Richard Medhurst, reúne veintidós relatos, entre ellos la primera versión en inglés de su sarcástica recreación del héroe popular Momotarō. Hell of Solitude, de Prototype y traducido por Ryan Choi, se aventura aún más lejos, con relatos menores, poemas y ensayos breves.

El libro de Choi comienza con un prólogo de la traductora Polly Barton, quien señala que, fuera de Japón, su nombre suele provocar miradas de desconcierto o el vago recuerdo de un premio literario que lleva su nombre. Es un destino extraño para quien suele ser llamado el padre del cuento japonés moderno y para un escritor cuyas tramas han viajado más lejos que las de casi cualquier otro autor japonés de su siglo.

Nació con el nombre de Ryūnosuke Niihara el 1 de marzo de 1892 en Irifune, en el distrito tokiota de Kyōbashi, hijo de un comerciante de productos lácteos. Unos meses después de su nacimiento, su madre, Fuku, sufrió un colapso mental y el niño quedó al cuidado de su tío, Michiaki Akutagawa, cuyo apellido adoptó. En su nuevo hogar abundaban los libros, y creció leyendo clásicos chinos y a Mori Ōgai y Natsume Sōseki. Nunca logró librarse del temor de haber heredado la enfermedad de su madre.

Primero estudió en la Primera Escuela Superior y luego en la Universidad Imperial de Tokio, donde se especializó en literatura inglesa. Allí se relacionó con un grupo de futuros escritores que incluía a Kikuchi y Masao Kume. En 1914 reactivaron la revista literaria Shinshichō y, al año siguiente, Akutagawa publicó Rashōmon, un breve y sombrío relato sobre un sirviente despedido que roba a una anciana que arranca cabello de los cadáveres entre las ruinas de la gran puerta de Kioto. Sus amigos no quedaron impresionados. Sōseki sí: cuando La nariz apareció en 1916, el novelista más famoso de Japón le escribió al estudiante para elogiarlo, y Akutagawa se convirtió de pronto en un nombre conocido.

Lo que vino después fue una década de asombrosa variedad. Muchos de sus relatos más conocidos reelaboran historias de la colección medieval Konjaku Monogatarishū y otras fuentes antiguas con una mirada escéptica y plenamente moderna: Yam Gruel (1916), sobre un funcionario menor cuya obsesión de toda la vida termina por causarle repugnancia una vez satisfecha; Hell Screen (1918), donde un pintor sacrifica todo, y a todos, para terminar una imagen del infierno budista. También escribió para niños, y The Spider’s Thread (1918), una fábula moral sobre un pecador que intenta salir del infierno por un único hilo de seda, todavía se lee en las escuelas japonesas, al igual que Toshishun (1920) y Minecart (1922). Se oponía al naturalismo confesional que dominaba las letras japonesas y prefería construir una ficción trabajada, pulida e irónica.

Antes de dedicarse por completo a la escritura, enseñó inglés en la Escuela de Ingeniería Naval de Yokosuka. En 1918 se casó con Fumi Tsukamoto y tuvo tres hijos, entre ellos el actor Hiroshi Akutagawa y el compositor Yasushi Akutagawa. En 1921, el periódico Osaka Mainichi Shinbun lo envió a China durante cuatro meses como corresponsal. De aquel viaje surgió la crónica Shanghai yūki, que NHK adaptó más tarde como A Stranger in Shanghai (2020), con Ryuhei Matsuda en el papel principal, y que perjudicó su salud. Nunca se recuperó del todo.

Poco después de regresar publicó En el bosque (1922), el relato que más ha contribuido a su fama fuera de Japón. Un samurái yace muerto en un bosquecillo de bambú, y un leñador, un sacerdote, un bandido, la esposa del samurái y, por medio de una médium, el propio difunto ofrecen cada uno su versión de lo ocurrido. Los relatos se contradicen entre sí y Akutagawa nunca revela cuál es verdadero. Akira Kurosawa combinó el cuento con el marco de Rashōmon para su película Rashomon (1950), y desde entonces la idea de testimonios incompatibles se conoce como el efecto Rashomon, incluso entre quienes nunca han leído el relato.

Los últimos años fueron cada vez más sombríos. El insomnio, los problemas estomacales y las alucinaciones lo consumieron, y su obra tardía se volvió introspectiva y autobiográfica. Kappa (1927) lleva a un paciente psiquiátrico a una tierra de espíritus acuáticos cuyas costumbres se burlan de las humanas. Los engranajes, escrito durante sus últimos meses, sigue a un escritor acosado por ruedas dentadas translúcidas que aparecen en los límites de su campo visual. A fool’s life, una serie de breves fragmentos numerados, parece un autorretrato trazado a fogonazos. Esa primavera también polemizó en la prensa con Jun’ichirō Tanizaki sobre si un relato necesita una trama. El 24 de julio de 1927 se quitó la vida con una sobredosis de barbitúricos en su casa de Tabata. Tenía treinta y cinco años, y en su última nota habló de una vaga inquietud ante el futuro.

En 1935, Kikuchi creó el Premio Akutagawa en su memoria, y sigue siendo el galardón a autores debutantes más seguido de la literatura japonesa. Los escritores jóvenes lo tomaron como modelo; Osamu Dazai lo idolatraba y su muerte lo dejó profundamente afectado. Hoy los lectores llegan a su obra por distintas vías: la película de Kurosawa, las antologías escolares, la selección de Penguin Classics a cargo de Jay Rubin, con prólogo de Haruki Murakami, o la serie de manga y anime Bungo Stray Dogs, donde un personaje que lleva su nombre combate junto a versiones ficticias de sus contemporáneos. El nuevo museo le dará un hogar permanente en Tabata. Sus relatos, breves, sobrios e inquietantes, no necesitan presentación para surtir efecto. Basta con leer uno para empezar a dudar de la versión de los hechos que te acaban de contar.

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