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«El Francotirador»: Cimino contó Vietnam sin mostrar el combate

Jun Satō

«El Francotirador» empieza en una acería y termina en la mesa de una cocina; entre las dos filma casi todo menos la guerra. Michael Cimino dedica la primera hora a una boda, un bar y una montaña —las superficies de un pueblo de Pensilvania— para que la violencia, cuando llega, caiga sobre gente que ya conocemos. Robert De Niro, Christopher Walken y John Savage son tres amigos que parten a Vietnam enteros y regresan rotos.

Es una película de guerra sin una sola batalla. El combate queda fuera de cuadro; Cimino conserva el antes y el después, los rostros, los cuartos. Esa paciencia es el método entero. Cuando suenan los primeros disparos ya no vemos soldados: vemos a Michael, Nick y Steven.

La boda antes de la guerra

La boda es el verdadero plano de presentación. Rojos y dorados, una iglesia ortodoxa, cerveza y una orquesta, una secuencia que casi cualquier director habría cortado a la mitad. Cimino no lo hace. Deja correr la cámara hasta que el salón se siente habitado, hasta que las amistades tienen textura, hasta que unas gotas de vino tinto sobre un vestido blanco se leen como una advertencia que nadie en cuadro alcanza a ver.

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Un solo sonido

Vietnam llega sin contexto: sin mapas, sin política, sin discursos. Una jaula a medio hundir en el río, una mesa de madera, un revólver que pasa de mano en mano. Las escenas de la ruleta rusa son las más célebres y las más debatidas, y operan menos como dato que como imagen: la guerra reducida a un solo sonido, el clic de la recámara vacía y el estallido de la cargada. El rostro de Walken hace el resto.

El Francotirador (1978), de Michael Cimino
El Francotirador (1978)

El tercer acto es la película de guerra más callada que se haya filmado sobre el regreso. Michael vuelve a un pueblo que no cambió y descubre que él sí. En la montaña, con el rifle en alto sobre un venado, deja ir al animal. El gesto resume todo: un cazador que ya no puede disparar.

Los rostros y el oficio

Las actuaciones explican que siga viva. De Niro sostiene el centro desde la quietud; Walken ganó el Óscar por una desaparición lenta detrás de sus propios ojos; Meryl Streep le da a Linda más vida interior que el guion. John Cazale —muy enfermo durante el rodaje y muerto antes del estreno— hace de Stan con una bravuconería asustada que la cámara parece llorar de antemano. El Steven de John Savage regresa el menos entero de todos.

Vilmos Zsigmond lo fotografió con teleobjetivos y luz natural: la acería en cobre, las montañas en azul frío. La «Cavatina» de Stanley Myers, una sola guitarra, carga el duelo que los diálogos callan. La cinta es larga y lenta a propósito, y sus críticos tienen parte de razón: la ruleta rusa no tiene base documentada y la política está ausente. A Cimino nunca le importó el registro de los hechos, sino lo que la guerra le hizo a un rostro, a un matrimonio, a una cacería.

Robert De Niro en El Francotirador (1978)
El Francotirador (1978)

Por qué perdura

Ganó cinco premios Óscar, entre ellos mejor película y mejor dirección, y cierra con un grupo de sobrevivientes que canta «God Bless America» en esa misma mesa: sin ironía y sin triunfo, lo que hace la gente cuando ya no queda nada por decir. Vincent Canby, en The New York Times, vio limitada su mirada pero genuino su cariño por las vidas obreras; el New York Daily News la llamó valientemente innovadora; Variety anticipó, con razón, que a Cimino había que seguirlo de cerca. El seguimiento terminó mal, con «La puerta del cielo». La película queda.

Nuestra opinión

Una película de guerra sin batalla, una epopeya hecha de superficies: el vestido, la mesa, el arma, la canción. Pide tres horas y las justifica. Pocas películas estadounidenses de su tiempo envejecieron con menos disculpas.

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Michael Cimino

Michael Cimino

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