Críticas

«Petróleo sangriento»: Daniel Day-Lewis y la bestia que devora todo lo que toca

Martha Lucas

Algunas películas argumentan que la ambición destruye el alma. «Petróleo sangriento» hace algo más extraño y más perturbador: observa a un hombre que consigue todo lo que quiso y demuestra que el querer era toda su vida, que nunca hubo nada debajo. Daniel Plainview extrae petróleo, construye un imperio, entierra cada lazo humano que pudo haberlo frenado, y termina la historia solo en el piso de su sala de bolos privada, murmurando que ya terminó. Tiene razón. Ganó.

Paul Thomas Anderson abre con un silencio que casi ningún filme comercial americano se atrevería a sostener: unos quince minutos sin apenas una palabra, un prospector solitario arrancando plata y luego petróleo del suelo mientras las cuerdas de Jonny Greenwood chirrían en la banda sonora como algo que se fuerza a abrirse. Es una declaración de intenciones. Esta será una película sobre superficies y profundidades, sobre lo que los hombres excavan y en qué se convierten al excavar, narrada con la paciencia de un director que confía en que una imagen puede cargar un tema que ningún diálogo podría.

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Daniel Day-Lewis entrega una de las actuaciones definitivas del cine en lo que va del siglo, y lo hace sin pedir nunca que el público lo quiera. Su Plainview es un embaucador con un talento genuino, un padre que usa a su propio hijo como herramienta, una voz —ese barítono rotundo que recuerda a John Huston— capaz de convencer a un pueblo entero de aceptar un oleoducto y, momentos después, convertirse en puro desprecio. La interpretación es monumental pero nunca suelta: cada gesto tiene un blanco. Es imposible imaginar la película existiendo sin la gravedad específica que él le imprime a un hombre que es, en última instancia, solo apetito y ningún fondo.

Frente a él, Anderson coloca a Paul Dano como Eli Sunday, un joven predicador cuya fe es su propio tipo de negocio. El verdadero tema de la película emerge en sus choques: el petróleo y la religión como iglesias rivales del sueño americano, cada una prometiendo salvación, cada una funcionando a base de actuación y miedo. El bautismo forzado y la confrontación final en la sala de bolos son las dos mitades de un mismo argumento sobre quién tiene derecho a poseer el alma de un hombre, y la respuesta que da el filme es oscura, a ratos casi cómica, y sin ninguna concesión.

Petróleo sangriento (2007), dirigida por Paul Thomas Anderson
Petróleo sangriento (2007)

La fotografía de Robert Elswit convierte el desierto californiano en algo bíblico e implacable: cielo blanqueado, erupción negra. El incendio de la torre de perforación que le roba el oído a H.W. es una de las imágenes más poderosas del cine reciente, y le valió a Elswit el Premio de la Academia. El montaje de Dylan Tichenor deja respirar las escenas hasta un límite casi insoportable, y entonces corta en el momento exacto de la crueldad. La partitura de Greenwood —disonante, anacrónica, más cerca del horror que del drama de época— es el motor secreto que no deja que el espectador se acomode en la comodidad de un filme de época.

Adaptada libremente de la novela de denuncia social de Upton Sinclair, «¡Petróleo!», la película conserva los pozos y descarta la política. Sinclair quería una acusación sistémica; Anderson quiere el retrato de un alma vaciándose. Lo que sobrevive en la traducción es la certeza de que la riqueza americana se construyó sobre una soledad fundamental: el desprecio de Plainview por los demás no es una falla del capitalista sino su expresión más pura.

Perdura porque no ofrece ningún consuelo. No hay arco redentor, no hay lección aprendida, solo la revelación lenta de que el hombre estaba vacío desde el primer fotograma. La línea que todos citan —la del malteado, el drenaje, pronunciada en el momento en que Plainview por fin deja caer toda pretensión— se convirtió en abreviatura de la cultura popular, pero separada del meme es genuinamente aterradora: el sonido de un ser humano que consumió todo lo que tenía a su alcance y sigue con hambre. Encuesta tras encuesta de la crítica la ubica entre los mejores filmes del siglo.

«Petróleo sangriento» no es una película cálida, y no tiene ningún interés en serlo. Es una obra fría, formalmente valiente, sobre el precio de conseguir exactamente lo que pediste. Se gana cada centímetro de su reputación. Cine esencial: de esas raras películas modernas que ya parecen grabadas en piedra.

Dirección

Paul Thomas Anderson

Paul Thomas Anderson

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