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La Otra Missy se sostiene de milagro gracias a una Lapkus que se roba cada escena

Tyler Spindel dirige esta comedia de Netflix (2020) que brilla solo cuando su protagonista toma el control.
Martha O'Hara
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Imagina la escena: David Spade, con un tobillo dislocado, colgado de una ventana de baño tras escapar de una cita desastrosa. Esa es la imagen que abre La Otra Missy, una comedia romántica que Netflix estrenó en 2020 bajo la dirección de Tyler Spindel. El filme, producido por Happy Madison, sigue a Tim Morris (Spade), un ejecutivo recién soltero que comete el error de invitar a la mujer equivocada a un retiro corporativo en Hawái.

La premisa es simple: confusión de identidad, caos y situaciones incómodas. Pero donde La Otra Missy podría haber sido una comedia ágil y divertida, se queda en un ejercicio predecible con momentos de gracia salvados por el elenco. La película se basa casi exclusivamente en la química entre Spade y Lauren Lapkus, quien interpreta a Missy, la «otra» mujer del título. Lapkus roba cada escena en la que aparece. El personaje que construye —feroz, impredecible, dispuesta a todo— salva momentos que el guion habría dejado caer sin ella, y es el único motivo genuino para seguir viendo.

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El problema radica en la estructura: La Otra Missy se apoya demasiado en el cliché del hombre que descubre que la mujer «equivocada» es, en realidad, su alma gemela. La trama avanza con giros previsibles y diálogos que rara vez elevan el material más allá de lo convencional. El retiro corporativo en Hawái, por ejemplo, podría haber sido un escenario rico para explorar la dinámica entre Tim y Missy, pero se reduce a una serie de gags repetitivos y situaciones forzadas, como cuando Missy hipnotiza al jefe de Tim para ganarse su favor. Es una idea absurda que, en lugar de sumar originalidad, solo subraya lo poco creativo del guion.

Donde la película sí acierta es en el desempeño de Lapkus. Su personaje, Missy, es un huracán de excentricidades: desde darle a Tim un tranquilizante y despertarlo con una situación íntima incómoda hasta montar espectáculos públicos que humillan a su acompañante. Lapkus logra convertir lo grotesco en algo encantador, al menos por momentos. Spade, en cambio, parece estar repitiendo fórmulas de comedias anteriores. Su actuación es sólida pero sin chispas, como si estuviera cumpliendo un contrato más que creando algo nuevo.

La dirección de Spindel es funcional pero anodina. No hay estilo visual distintivo, ni planos memorables, ni ritmo que compense la debilidad del material. Las escenas en Hawái tienen todo para verse con vida propia, pero la cámara las trata como decorado de catálogo, sin interés por el lugar ni por lo que los personajes hacen en él.

Y aquí está la paradoja que La Otra Missy no quiere examinar: cuanto mejor funciona Lapkus, más visible resulta todo lo que el filme no sabe hacer. La hipnosis del jefe Jack Winstone —una escena que en el papel sirve solo para empujar el argumento— se convierte gracias a ella en el momento más vivo de la película. Pero ese mismo éxito delata la dependencia total de la producción en su interpretación. Chris Pappas y Kevin Barnett escribieron un guion que solo funciona si alguien con el talento y la valentía cómica de Lapkus decide rescatarlo en el rodaje. Esa no es una estrategia; es un accidente afortunado.

El elenco secundario tampoco aporta mucho. Nick Swardson, Geoff Pierson y Sarah Chalke cumplen sus roles sin dejar huella. Cada uno ocupa su casilla sin desbordarse: el amigo que hace de cómplice, el jefe a conquistar, los colegas que son fondo de pantalla. Nadie en ese grupo existe fuera de lo que la trama necesita de ellos en cada escena, lo que refuerza la sensación de que La Otra Missy es una película hecha para cumplir un formato, nada más.

El guion no ayuda. Las situaciones cómicas son previsibles, y los intentos de añadir capas emocionales caen en lo meloso sin convencernos del todo. El final, aunque intenta ser redentor con un giro emocional, se siente forzado y poco orgánico. La escena en la que Tim le confiesa sus sentimientos a Missy después de una serie de malentendidos es un ejemplo claro: predecible y desprovista del peso emocional necesario para justificar ese viraje sentimental tardío.

La producción, anunciada en enero de 2019, prometía más de lo que finalmente entregó. Con David Spade a la cabeza y Happy Madison Productions detrás, había expectativas de una comedia de situación que empujara algo los límites del género. El resultado se parece más a un ejercicio de marca: una comedia de enredos que podría haberse filmado en cualquier año de la última década sin que nadie lo notara. Happy Madison ha producido comedias que, a pesar de sus limitaciones, encontraron su público y siguen pasando de mano en mano; La Otra Missy no tiene esa chispa ni esa suerte.

El filme fue recibido con críticas mayormente negativas cuando se estrenó en mayo de 2020. Los críticos señalaron de forma reiterada la falta de originalidad del guion y la realización sin ambiciones de Spindel, y reconocieron casi unánimemente el trabajo de Lapkus. Pero hay algo más incómodo que esa recepción deja implícito: el filme pide al espectador que celebre a una actriz que se las arregla a pesar de su material, y eso es un elogio muy pobre para una comedia romántica. El quiproquó de identidad es uno de los tropos más viejos del género; usarlo bien requiere precisión en la escritura, no solo energía en el rodaje.

La Otra Missy deja en el espectador la sensación de haber visto una actuación sobresaliente encajada a la fuerza en una película que no la merece. Lapkus y Spade tienen instantes de química genuina, y la escena final —Tim confesando sus sentimientos con torpe sinceridad— casi convence. Casi. En el fondo, el filme cuenta la historia de un hombre que aprende a valorar lo inesperado, pero fue rodado por personas que, en cada decisión de producción, eligieron exactamente lo contrario.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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