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Adiós a Las Vegas, la historia de amor que se niega a rescatar a nadie

Liv Altman

Hay un momento, muy temprano, en que Ben Sanderson decide que va a beber hasta morir y la película, sin más, le toma la palabra. No llega ninguna intervención. Ningún amigo monta un rescate. Adiós a Las Vegas se levanta sobre esa renuncia: mira a un hombre que se desarma a sí mismo y a una mujer que lo ama de cualquier forma, y ni una sola vez les pide volverse alguien más conveniente. Mike Figgis convierte lo que pudo ser una sombría advertencia de utilidad pública en algo mucho más extraño y conmovedor: una historia de amor entre dos personas que acuerdan, con plena conciencia, no salvarse una a la otra.

Nicolas Cage interpreta a Ben, un guionista de Hollywood que ya perdió el trabajo, el matrimonio y la dignidad cuando lo conocemos; solo le queda el apetito. Cage se entrega al papel con una honestidad física que todavía estremece: el temblor de las manos, el brillo húmedo de un hombre permanentemente tres tragos más allá de la coherencia, el encanto que se prende a ratos como un letrero descompuesto. Es una actuación sin una pizca de vanidad, y le valió el Oscar al mejor actor. Tres décadas después sigue siendo la vara con la que se le mide.

Elisabeth Shue, como Sera, aporta la otra mitad de la película y, podría argumentarse, su actuación más valiente. Sera es una trabajadora sexual de Las Vegas que recibe a Ben, y Shue rechaza cada cliché que el papel invita a transitar: la juega atenta, graciosa, lastimada y por completo dueña de sus decisiones. El lazo que se forma entre ambos no es redentor ni se trata realmente de sexo; es un pacto de aceptación. Él le dice que nunca, bajo ninguna circunstancia, podrá pedirle que deje de beber, y ella acepta. Shue fue nominada a mejor actriz, y le sostiene la mirada a Cage escena por escena.

Elisabeth Shue como Sera en Adiós a Las Vegas
Elisabeth Shue como Sera, el papel que le valió una nominación al Oscar.

Figgis, que venía de la música y del videoclip, filma todo esto en un Super 16 granulado, de manera que el neón se desborda y los cuartos se sienten calientes y cerrados, alumbrados por lámparas de mesa y por el destello del casino. Compuso él mismo buena parte de la banda sonora, un jazz brumoso de madrugada, y la película se mueve a ese ritmo antes que a golpes de trama. Y, sobre todo, se niega a juzgar. No hay voz moralizante, ni sociología, ni sermón en el tercer acto; la cámara se queda a la altura de los ojos de dos personas y deja que la ternura y el horror compartan el mismo encuadre.

Esa negativa a desviar la mirada tiene un origen. La película adapta la novela semiautobiográfica de John O’Brien, quien se quitó la vida poco después de enterarse de que su libro se volvería película. Figgis ha dicho que el rodaje cargaba la sensación de trabajar a partir de una especie de nota de suicidio, y ese peso está en cada plano: no es una historia sobre la adicción observada desde una distancia segura, sino contada desde adentro.

Lo que mantiene viva a Adiós a Las Vegas mucho después de que se retirara la ola del drama de prestigio de mediados de los noventa es justamente su falta de consuelo. No cree que el amor cure nada; cree que el amor puede ser real aun cuando no pueda. La película consiguió cuatro nominaciones al Oscar —el premio de Cage más las candidaturas de Shue, de la dirección de Figgis y de su guion adaptado—, pero su prestigio descansa menos en las estatuillas que en lo enteramente que se entrega a su premisa, sombría y generosa.

Es, hay que advertirlo, una película dura, y no la indicada para una noche frágil. Pero también es uno de los romances más honestos que dio el cine estadounidense en su década, y la mejor película sobre la bebida precisamente porque no trata realmente de beber: trata de lo que las personas son capaces de aceptar una en la otra una vez que dejaron de fingir que se las puede componer. Imprescindible, con una advertencia incluida.

Los datos. Dirigida y escrita por Mike Figgis, a partir de la novela de John O’Brien. Con Nicolas Cage, Elisabeth Shue, Julian Sands y Valeria Golino. Fotografía de Declan Quinn. 111 minutos. United Artists / MGM, 1995.

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